Jueves, 27 de abr de 2017
Valledupar, Colombia.

En Sagarriga de La Candelaria todo andaba bien. El año había culminado y sus habitantes estaban felices por lo bondadosas que habían sido las lluvias; la cosecha de maíz fue tan buena que no se tiene noticias desde entonces de otra igual o superior.

Hasta los burros se volvieron garañones. Las grandes raciones de grano que les proporcionaban sus dueños eran colocadas en mochilas de fique con el hocico del animal adentro y en forma de jáquima para sujetar la parte de arriba de modo que la boca estaba en contacto permanente con el alimento, y así los obligaban a agotar todo el contenido. Estaban  gordos, ociosos y deseosos de continuar con la perpetuidad de su género, el rebuzno de uno era contestado inmediatamente por otro y a éste le contestaba otro, y a éste otro, otro, así que era un rebuznar permanente.

En el pueblo parecía que se estaba llevando a cabo un concurso del burro que mas fuerte rebuznara. Además, los niños y algunos adultos le apostaban al burro que expulsara el gas más estruendoso, esto era un bombardeo permanente, donde los apostadores estaban atentos para decidir cual burro era el ganador. Había preferencia por aquellos que a la terminación del rebuzno, remataban con una retreta de gases explosivos.

Los puercos gordos abundaban por las calles, caminaban lentos como si no pudieran con su propio peso. Parecía que en cualquier momento sus extremidades no iban a soportar la carga y se iban a romper; o que una de sus nalgas se iba a desprender con el torpe movimiento. En las esquinas y sitios de tertulia sólo se hablaba de las latas de manteca que producían cuando sus propietarios los sacrificaban.

Las gallinas morían de infarto. Eran tan regordetas que cualquier movimiento brusco les producía la muerte; los gallos henchidos de deseo, al tirarse del árbol donde dormían para esperar abajo a la hembra que iba cayendo para cubrirla, morían en su intento. Algunos, debido al exagerado peso, no alcanzaban ni siquiera a abrir las alas en su descenso; caían como  bolas de plomo, y morían al instante.

El pueblo se llenó de pájaros. Los muchachos se cansaron de matar con sus caucheras, turcutúes, tierrelitas, tapa tierras, guarumeras y torcazas; al golofio y a la flotica ni bolas le paraban. El grano que no alcanzaban a digerir los burros y los cerdos, era abundante y cuando los pájaros escarbaban en las excretas no daban abasto para comérselo.

Los patios de las casas estaban repletos de tusas, así que el papel higiénico dejó de venderse en la tienda de José Manuel Baute, ya que tenía poco uso.

La cantina del negro Córdoba agotaba su existencia constantemente, y era el lugar preferido para matar el tiempo en discusiones y conversaciones que no llegaban a nada productivo.  La cosecha de maíz fue tan buena que la gente no tenía en que gastarse la plata, por eso se dedicaron al ocio y a la vagancia, y a algo en qué gastar la plata, le apostaban al burro que expulsara el “peo” más estrepitoso y al muchacho que matara más pájaros con su cauchera. Los morbosos hacían apuestas diferentes: le jugaban al burro más “mandón” y a aquel que cuando golpeara su abdomen  con  el pene erguido, el golpe fuera más resonante;  al escuchar el golpe gritaban en coro: “nojodaaa”…

Las mujeres se volvieron piernonas y caderonas de tanto pilar y pilar maíz. Por las tardes se escuchaba en los patios el “bam, bam, bam, bam”.  Era un movimiento armónico; como lo hacían en dúo, cuando una mano de pilón caía sobre el pilón donde estaba el maíz,  la otra subía, así que nunca llegaban a tropezarse. Semanalmente, la camioneta Dodge Power de Míster Neuman, salía repleta de maíz pilado y cientos de latas de manteca de puerco.

Sagarriga de La Candelaria estaba gozando de una paz total y duradera hasta sus hombres se volvieron obesos por la inactividad.

Como de costumbre la camioneta de Míster Neuman entró al pueblo por su carga de la semana, era un sábado 15 de febrero de 1957, los muchachos que se adelantaban en el carreteable para esperarla y darse su paseíto en la parte de atrás, estaban nerviosos por el pasajero que llegaba al pueblo. Era un hombre de piel negra, bembón, de brazos largos, ojos rojizos y de pequeña estatura.

El conductor Victoriano Vaga, apenas entraba al pueblo, hacía sonar el pito del carro incesantemente, imitando al bramido de un toro, para que los vendedores estuvieran atentos y la pesa del maíz y la manteca de puerco fueran más rápidas.

El extraño pasajero se dirigió directamente a la tienda de José Manuel Baute, que era el vendedor mayorista.  Los muchachos del pueblo se bajaron, pero no le perdieron de vista.  Cuando éste se encontraba dentro de la tienda preguntó por la esposa del tendero y al encontrarse frente a ella, se presentó: dijo que su nombre era Francisco Redondo; que era su pariente, que venía de Camarones- Guajira en busca de trabajo.  Además le manifestó que era carpintero y su especialidad era la construcción de casas de cinc y de tejas, que también construía asientos, camas y todos los trastos que le mandaran a construir.

La señora de José Manuel Baute, a pesar de todas las explicaciones que le dio el recién llegado nunca entendió porqué eran parientes. Como era una mujer bondadosa, le restó importancia a la parentela y lo ubicó en un cuarto casi abandonado que tenía en la parte trasera de su casa, allí se instaló el forastero donde también montó su taller.

Francisco, a pesar de su original figura, en poco tiempo se ganó la confianza y el aprecio de los lugareños, que por cariño lo llamaban “chico”. Más adelante, y debido al color de su piel, su baja estatura y sus largos brazos, a sus espalda le decían “macaco”.

Para esa época, todas las casas de Sagarriga de la Candelaria eran de palma amarga y de bahareque.  En un principio, algunos de sus clientes lo contrataron para reparar asientos viejos, mesas cojas; y de vez en cuando hacía puertas por encargo; trabajos ocasionales que no generaban muchas ganancias.

La tragedia que viviría Sagarriga de la candelaria, empezó un sábado, treinta días después de la llegada de Chico. Una de las casas de propiedad de una familia adinerada del lugar, ardió en llamas misteriosamente y a pesar del esfuerzo que hicieron los habitantes del pueblo e incluso el mismo Chico, no pudieron apagarla, el día siguiente muy temprano Chico se presentó donde el afectado y le ofreció sus servicios.

Poco tiempo después de que la camioneta de Míster Neuman trajera los materiales, la casa quedó construida.  Y sin embargo, otra casa corrió la misma suerte y Chico de nuevo ofreció sus servicios.  Esta escena se repitió una y otra vez, y siempre el constructor era Chico.

Un rumor fue extendiéndose. Todos en el pueblo sabían que el pirómano era Chico “el quema casa”, como lo llamaban últimamente, pero no se atrevían a denunciarlo porque nadie tenía pruebas; nadie lo vio hacerlo.  Lo cierto es que gracias a Chico –el carpintero que se ingenió la forma de tener trabajo permanentemente–, ahora todas las casas de Sagarriga de la Candelaria son de ladrillo, cemento y techos artificiales.

 

Arnoldo Mestre Arzuaga

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La narrativa de Nondo
Arnoldo Mestre Arzuaga

Arnoldo Mestre Arzuaga (Valledupar) es un abogado apasionado por la agricultura y la ganadería, pero también y sobre todo, un contador de historias que reflejan las costumbres, las tradiciones y los sucesos que muchos han olvidado y que otros ni siquiera conocieron. Ha publicado varias obras entre las que destacamos “Cuentos y Leyendas de mi valle”, “El hombre de las cachacas”, “El sastre innovador” y “Gracias a Cupertino”.

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