Lunes, 19 de feb de 2018
Valledupar, Colombia.

Parqueadero del Guatapuri Plaza (Valledupar)Valledupar era entonces como una caja de cartón sin armar. Grande como pueblo, hermosa en su señorío, tierna y apacible desde la tardecita y mágica como ella sola. Desde siempre, la novena era la novena, adornada por “el mercadito” y hecha canto en los versos trasnochados de parranderos que acariciaban la noche y soñaban desde el aire.

El Valle era un pueblo de tiendas. Crecí con la mía al alcance de la mano. Era la de Don Emilio Araos, un hombre especial y por más que avanza la vida, el recuerdo de aquel mostrador se mantiene intacto, con los agradecimientos al señor Suárez quien lo conservó, por siempre, después que la adquirió. Ah! Paletas de rosa, de piña, de guanábana y las de tamaquita. Emocionaba el paisaje: bolsas de media y una libra, apilonadas en orden estricto, de abajo arriba y de arriba abajo, en el armario que más parecía un altar. Me iba del sector y al penetrar los territorios del barrio “el cerezo”, me encontraba de frente con La Boston, tremenda tienda del señor Vidal y Héctor Plata.

Recuerdo muy bien que el ahora periodista Trillos, era dependiente con Robinson, el Tene Daza y uno de los muchachitos del Cachaquito Pérez. A plena entrada del brazo horizontal del callejón de Pedro Rizo se erigía como una de las más emblemáticas y era dable avistar allí a los gentleman del momento: Silva, el señor Mogollón, mi Tío Tomás Rodolfo Acosta, los amos de la sastrería Colombia, entre otros.

Más arribita, al cruzar por “La Sorpresa”, la cacharrería del abuelo de Aba y Rey Carvajal, por el lado izquierdo me daba la mano con “La proveedora”, grande como ella sola y si era por la derecha era preciso toparme con el supermercado de Fermín Medina, en el que se encontraba de todo. Luego seguía el merenderito y después “La Miscelánea” al lado del almacén Gladys, de Fermín Chinchilla. En esa cuadraba están también el almacén Arauca, de Pío Contreras y el almacén La Fe, del papá de Enriquito, Hugo y William Díaz. A media caña, estaba La Viña, la primera delicatesen que tuvimos, del imaginativo y paisa Colí Botero.

En otros lares, el panorama no era menos frugal: la Onu, frente a la vieja cárcel del Mamón o sea la casa de la Cultura hoy, el Venecia en la plaza Alfonso López, el Todo en la novena con 16B, que entonces era la 12B, la favorita mucho más allá y las visitas frecuentes a donde Newman, cada vez que la señora Micaela Quintero llegaba a Valledupar, a comprar potasa para hacer jabón. La Canoa, la quince letras, el Brasil donde siempre estuvo, en la trece de entonces diecisiete hoy. Es que nuestro pueblo siempre fue jardín florecido para las tiendas. El mostrador se imponía y sobreabundaba.

Vigentes siempre, los versos del grande Carlos Huertas:

“Es difícil olvidar aquellos hermosos tiempos. Cuando suelo recordarlos me duele y suspira el alma…”

Llegar a cualquiera de esas tiendas, era encontrarse al buey mariposo, a Rafael Escalona o cualquiera de los personajes que adornaban el espectro urbano de la hermosa villa comarcal, como dijera el gran Pía una noche de farra.

Aprieta la vida, avanza el tiempo y decae la juventud pero mejora el servicio. De aquellos ventorrillos sofisticados, llegamos a los almacenes de cadena y a los centros comerciales. Cada vez que se llega al Guatapurí Plaza, retornan cascadeantes los recuerdos del viejo teatro San Jorge, el Caribe y el Cesar, transformados en modernas salas, con la comodidad de los buenos tiempos y de la frescola de Rodry es posible encontrar los multihelados del mejor nivel. De las ostras y los mejillones de Nacho el Químico, pasamos a la oferta de exquisiteces icoporadas hechas coctel. Y claro, no es menos cierto que las arepas y los chicharrones de la queridísima Pepa Baquero, ahora se consiguen como hamburguesas y otras formas de comida rápida.

De aquellos baratillos, como el almacén de los pobres, el terremoto o los todo cien, se promueven las rebajas en los almacenes ancla como forma magistral para atraer clientes. Y de las andanzas del Dañao’ al lado de las fritangas, como entretención de los niños, cada centro tiene su mini parque de atracciones. Bien lo afirmó el pulmón de oro, Poncho Zuleta, en su canción los tiempos cambian.

Igual que aquella vez, cuando nuestro Valle sintió la revolución con la llegada de la primera peluquería Mary, a cinco pesos cada motilada –por el servicio de aire acondicionado- mientras que Severiche y el inovidable Pedro Meza, continuaban con la tarifa de 1,20 y 2 pesos, respectivamente.

Largo trecho hay del viejo chevelle de Pinto, Paba o Elías Gutiérrez, a la variedad de opciones de hoy día en cuanto a servicio de taxi se refiere. Lo único que no se consigue en esos centros comerciales es una buena chicha, de las rosadas, que se vendían y se venden a veces, en las tiendas de nuestro Valle eterno. ¡Que vivan las galletas de cresto! ¡Viva el dulce de maduro!

 

Alberto Muñoz Peñaloza

Valle del Cacique Upar

@AlbertoMunozPen

Cosas del Valle
Alberto Muñoz Peñaloza

Alberto Muñoz Peñaloza (Valledupar). Es periodista y abogado. Actualmente desempeña el cargo de director de la Casa de la Cultura de Valledupar y su columna “Cosas del Valle” nos abre una ventana sobre todas esas anécdotas que hacen de Valledupar una ciudad única.

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