Sábado, 25 de mar de 2017
Valledupar, Colombia.

No sé cuál era su verdadero nombre. Es posible que se llamara Eusebio. Todos en el pueblo le decían con cariño, compa chello, y él, gustoso, aceptaba este remoquete.

Era un hombre negro, o tal vez no. Su color era acanelado, pero sus facciones negroides, nariz chata y labios gruesos (como bemba siempre abierta y descolgada), su pelo impermeable parecido al alambre esponjoso que se usa para brillar los utensilios de cocina, confirmaban su ancestro africano.

Alguna vez lo vi, no recuerdo exactamente dónde. Era yo muy niño. Pero sí recuerdo perfectamente sus rasgos. Sus ojos, dos lagunas inmensas, reflejaban mucha tristeza, su mirada limpia y cristalina, libre de odios y deseos malsanos; caminaba lento como si algo entre sus piernas limitara su normal andar. Sumado a ello, en la parte baja de cada una de sus extremidades, encima de sus tobillos afloraba una inmensa ulcera o llaga abierta, que limitaba su movilidad.

Pocos años después, cuando empecé a entender muchas cosas, supe que el infeliz anciano sufría de una hernia que se le había desarrollado tanto que ya no podía ocultar dentro de sus pantalones. Parecía que llevara un estropajo verde colgado de la parte superior de uno de sus testículos. Algunos niños del pueblo en forma burlesca le gritaban: “Compa Chello, cierra el portón que se te va a salir la potranca del corral”. Esto no parecía alterarle, seguía con su andar dificultoso, como si la ofensa no fuera para él. Claro, aun guardo algunos recuerdos…

Cuando llegaba a nuestra casa, aparecía silencioso, como buscando algo, tal vez alimentos, mecatos, atención, cariño o, simplemente otra voz diferente a la suya, pues vivía completamente solo y apartado. Mi madre lo saludaba: “Cómo está, Compa Chello?”. Él agachaba la cabeza para ocultar sus grandes ojos, porque no se atrevía a mirarla, y con su voz gemidora y rústica le contestaba: “Bien, niña Ana”.

Después, mi madre retirándose daba la orden a la muchacha de servicio, a la que  veíamos mis hermanos y yo como parte de la familia (e incluso su hijo creció con nosotros como uno de los nuestros):

–Manuela, dele una arepa a Compa Chello.

–Sí, niña Ana, como usted ordene –contestaba Manuela, pero a sus espaldas murmuraba entre dientes: Este viejo e´mierda, todos los días viene es a “mamarse” el desayuno aquí y a ponerme oficio.

Compa Chello comía en silencio, porque hablaba solo lo necesario. Después se iba sin que nadie notara su partida. Esto se repetía casi todas las mañanas.

Si bien era cierto que algunas personas se burlaban de él, otras lo miraban con respeto, compasión y hasta con temor. Se decía que Compa Chello tenía un pacto con el diablo, porque era poseedor de una fuerza increíble, y sólo la demostraba cuando tomaba su trago preferido, el ron de caña que mucho le gustaba.

Se tomaba una botella en dos tragos, entonces sacaba a flote su vigor, se abrazaba a cualquier árbol que tuviera cerca y de un solo impulso lo desterraba, sacando sus raíces al aire. Parece que esto le encantaba, porque inmediatamente se abrazaba a otro y repetía la operación una y otra vez hasta quedar totalmente agotado, luego se tiraba al piso y dormía plácidamente su borrachera.

Serían como las seis de la mañana cuando una aglomeración apostada al frente de nuestra casa, me despertó. Salí y lo que vi me dejó confundido: todo el cerco de madera que rodeaba y protegía nuestra vivienda estaba en el suelo, parecía como si una pelea de toros en celo se la hubiera llevado por delante o una maquinaria pesada con su cuchilla gigante la hubiera derribado.

Había llovido por la noche y los maderos mostraban la parte que tenían enterrados, también se podía apreciar con claridad la tierra volcada.  A la absorta muchedumbre se le iba sumando más y más personas que llegaban curiosas para apreciar el espectáculo. Nadie daba crédito a lo que veían. Todos sabían muy bien quién era el causante. Manuela, la señora del servicio, habló duro para que la escucharan todos:

–Se lo tengo dicho a la niña Ana. Que no le dé comida a ese hombre, miren lo que ha hecho; son cosas del mismo diablo, ¡uy!, Ave María Purísima.

Entre la multitud alguien gritó: “Él la arregla. Se pone así solo cuando está borracho”; “No le digan nada al inspector”, “Él la dejará hasta mejor que como estaba”.  Al rato, todos se fueron retirando así como llegaron. En el lugar quedamos solo los miembros de la familia. Mi padre estaba de viaje. Por lo tanto, mi madre sólo pensaba en la reacción que pudiera tener a su regreso.

Al día siguiente muy temprano, de nuevo nos despertó un ruido. Esta vez alguien golpeaba el suelo como excavando.  Salimos todos, y en esta ocasión sí vimos lo que pasaba:  Compa Chello, estaba haciendo huecos y arreglando la cerca.  A pesar de nuestra presencia ni se inmutó. No levantó el rostro, siguió trabajando como si no estuviéramos allí.  Mi madre, nos hiso una señal girando suavemente su cara hacia un lado para que nos retiráramos.  Más tarde le ordenó a Manuela que le llevara el desayuno al sudado viejo y ésta cumplió la orden, pero de mala gana se le colocó a un lado y le dijo:

–¡Cogé, nojoda!  Pa’que tengai más fuerza y la volvai a tumbá.

Cuando manuela se retiró, Compa Chello se acercó donde estaba el alimento, lo tomó y comió en silencio, como solía hacerlo. Después, sacó un tabaco de la mochila que llevaba colgada al hombro, lo prendió y lo fumó lentamente, como calculando el tiempo que tenía para hacer la digestión. A la hora del almuerzo se repitió la escena, y Manuela no perdía oportunidad para ofenderlo.

Ya estaba cayendo la noche cuando el viejo terminó la labor. Nuevamente se apostó la multitud al frente de nuestra casa para observar el trabajo y alguien murmuró:

–¡Esto no lo pudo hacer un solo hombre! Compa Chello trabaja con los monitos; ellos son los que le hacen el trabajo.

El misterioso hombre se retiró con su andar dificultoso, sin pronunciar palabra alguna. Cuando iba a cierta distancia, giró el cuello hacia atrás, miró a mi madre por un instante, con sus ojos limpios, como pidiendo excusa y se difuminó en la sombras hasta quedar diluido en la noche. Enseguida, los de la casa intuimos que no volveríamos a verlo más.

 

Arnoldo Mestre Arzuaga

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