Martes, 22 de ago de 2017
Valledupar, Colombia.

Jairo Varela Martínez, director del grupo Niche

 

El miércoles 8 de agosto de 2012 murió, en Cali, Jairo Varela Martínez. Cuando se revisa en su conjunto la obra musical de este músico chocoano, nos encontramos con que Varela es uno de los más talentosos cultores en la historia de la música salsa.

Como bien lo resaltó un comentarista del diario bogotano El Tiempo, que escribe bajo el nickname de richard11061, con la muerte de Varela “se fue todo un icono de la música” hispana contemporánea, que nos dejó como herencia un monumental legado cultural. En esa misma frecuencia parece estar sintonizada Maryory Astrid Páez Ávila, una comentarista de YouTube, que sentenció en ese canal el día de su muerte: definitivamente el maestro Varela dejó “uno de los legados más importantes de la historia musical colombiana”.

Jairo Varela es uno de los dos grandes cultores (el otro es Julio Ernesto Estrada Rincón) que han labrado un sello de identidad para la salsa colombiana. De su mano las agrupaciones de este género musical en el país salieron definitivamente de la segunda fila, para subir a la tarima a ocupar un lugar, al lado de las agrupaciones puertorriqueñas y neoyorquinas.

El Grupo Niche, que creó y dirigió Varela, le dio a la salsa colombiana, que ya era conocida internacionalmente, una cédula de ciudadanía que atestaba su mayoría de edad. Esa madurez musical le permitió a nuestra salsa viajar por el mundo sin llevar consigo el permiso de los adultos y la autorizó a entrar a los escenarios de la rumba, con una tarjeta que la acredita como invitada de honor. Ese paso fue posible porque Jairo Varela, como compositor (así lo resaltó otro comentarista de El Tiempo), se destacó siempre por producir piezas musicales de “excelentes letras, ritmo e instrumentación”.

Que Jairo Varela obtuvo un lugar destacado en el salón de las glorias de la música salsa es un asunto en el que coinciden hoy legos y doctos en la materia. Por eso no es extraño de encontrar coincidencias entre los apuntes de los comentaristas desprevenidos, que dejan sus opiniones en las colillas destinadas a las glosas del público por los periódicos y los cronistas especializados, que escriben notas para éstos. Por ejemplo, la crónica póstuma que apareció en El País de Cali destaca que con Varela se vivieron en Colombia “los años más gloriosos de la salsa”. Ese aspecto es reafirmado desde otro ángulo por Álvaro Gómez, quien fuera el primer mánager de Niche. Gómez dijo a El Colombianode Medellín: “Jairo Varela fue para la música lo que Pambelé fue para el boxeo. Él nos enseñó a ganar, a ser grandes. Marcó un camino para muchos jóvenes que entendieron que se podía vivir de la música”. Para él, Jairo Varela alcanzó un espacio en la música colombiana, porque con su música “miles de colombianos se enamoraron, se enrumbaron, dedicaron y se entusaron”. De su lado, Juan Mesa sostuvo en Musica.about.com que “el grupo Niche es el mayor símbolo de la salsa colombiana”.

Debo reconocer que nunca antes el deceso de una figura ligada al mundo del espectáculo y la cultura popular me había generado tanta saudade. Mi tribulación deriva su origen en dos razones. La primera tiene que ver con las contribuciones que hizo este músico al desarrollo de mi imaginario personal. Gracias a las composiciones de Varela, a pesar de los múltiples problemas que me tocó afrontar durante esa etapa de mi vida, mi adolescencia fue alegre y feliz. Animado por sus canciones aprendí a bailar, tomando un palo de escoba por el talle. Su música festiva me mostró el sendero amable y grato por el que transita el goce. Las canciones de su álbum de 1988 me permiten evocar con ensoñación el mejor año de mi vida escolar, que quedó grabado en mi memoria a través del rostro de una mulata graciosa, caprichosa y arisca, que fue mi primer amor —con mayúscula— sin haber sido nunca mi novia.

Por eso, cuando quiero regresar la máquina del tiempo para situarme en un instante del pasado que quisiera repetir, cierro los ojos y dejo que me invada la voz de Tito Gómez. Con ella mi cabeza se va llenando de música y lo oigo cantando unos versos de una factura poética poco común en las canciones de salsa: “Estoy viviendo un sueño / me siento único dueño del amor / Una mirada bastó, así sucedió / ausentes las palabras mi cuerpo vibró / Cuando su mano tomé / el cielo miré / el brillo de sus ojos / sus labios besé / así como se fue / así vendrá / en alas de dicha que el viento traerá”.

Los especialistas en poesía dirán que esa canción es un conjunto de versos elementales, plagados de tropos emotivos, que son lugares comunes en los sonetos de poetas aprendices. De pronto hasta tengan razón. Pero como bien lo sentenció Juan Gossaín en un noticiero matutino de RCN: “Los poetas fracasados son excelentes escritores de letras para boleros”. Si bien es cierto que Jairo Varela como poeta estuvo lejos de alcanzar la talla de Rubén Darío, de Pablo Neruda, de Amado Nervo, de Juan Gelman o de Mario Benedetti, como creador de letras para canciones de salsa fue un individuo que desde el primer momento abandonó el montón, para situarse entre los grandes letristas de ese género musical.

El buen tratamiento del lenguaje, la plasticidad de las metáforas que encontramos en muchas de sus canciones y la manera como abordó el tratamiento del amor, son elementos que nos permiten considerar que José Arteaga tiene razón cuando afirma que Varela “implantó en su orquesta un concepto romántico de la interpretación” de la salsa sin ser propiamente un salsero romántico (El Tiempo).

El segundo motivo que me llena de pesadumbre es el hecho de escribir sobre Jairo Varela de manera póstuma. Un poco por pereza o un poco por ocupaciones, que vienen a quitarme parte del tiempo que dedico a mi pasatiempo favorito: escribir crónicas que ningún periódico publicará, la escritura de esta nota se aplazó en varias ocasiones. Desde hace más de dos años la idea de escribir sobre el Grupo Niche y sobre el sitial de Jairo Varela en el firmamento de la salsa me había rondado el espíritu. Hubo momentos en que la nota, de principio a fin, le dio varias vueltas a mi cabeza, pero por razones que sería extenso enumerar, la dejé ir con la soga en los cachos, esperando el momento propicio para tirarla definitivamente del lazo y llevarla a la madrina. Hubo otros momentos en que me senté a escribirla, pero la falta de inspiración o de claridad sobre la materia me obligaron a abandonarla sin concluir siquiera el título.

En todo caso, el destino ha querido que mi nota sobre el aporte de Jairo Varela al universo de la salsa no sea la nota soleada y colorida que siempre quise escribir, sino una suerte de lamento que para nada rinde homenaje a un hombre que le regaló a mi espíritu un gran porcentaje de sus alegrías pasadas y venideras. Eso es lo que me produce congoja.

Quien ha escrito esta crónica sobre Jairo Varela y el Grupo Niche no es el individuo alegre y festivo que se ha divertido con su música, sino el hombre triste que lamenta su muerte. En conclusión, aquí no hay ni sombra de la nota que siempre imaginé y quise escribir sobre un músico que, con su estilo, me hizo apreciar la salsa desde otra perspectiva y le regaló a los colombianos un cuarto de los éxitos que conforman la discoteca salsera nacional. Por eso considero que resulta acertada la postura del diario El País, que sostiene que bajo la conducción de Varela el grupo Niche se convirtió en “el máximo exponente de la salsa” nacional.

 

Una mirada somera a la historia de la salsa para situar el aporte de Jairo Varela

Un día, hablando con un educador chileno y dos historiadores quebequenses, afloró el tema de la salsa en medio de una conversación sobre la identidad latinoamericana contemporánea. La cuestión comenzó porque uno de los colegas quebequenses preguntó sobre el país de origen de la salsa. Después de que habíamos explorado los lugares comunes y las generalidades que rodean la historia de dicha música lancé una hipótesis que generó una carcajada sonora que opacó de súbito el ruido del motor del carro. “La salsa es una música folclórica que apareció en la ciudad de Nueva York en los años 60, creada por inmigrantes latinoamericanos, con los mejores fragmentos de las músicas festivas de los países del Caribe hispano”, dije en serio y en broma.

El contertulio chileno acotó incrédulo: “Suena un poco rara esa hipótesis que sugieres, pues ninguna música que haya nacido en la Gran Manzana puede ser música folclórica. En cuanto a la salsa, ¿no es ésta acaso una música cuya cuna se disputan hoy con igual ardor cubanos y puertorriqueños, como para que agreguemos ahora un nuevo lugar de origen a la lista?”.

Sin perder de vista el meollo de su pregunta le respondí con un argumento que le escuché un día a mi amiga Marcela Navarro, una periodista barranquillera bastante docta en eso de la cultura musical popular hispano-caribeña del último tramo del siglo XX. Recogiendo las palabras de Marcela le dije, en un tono profesoral: “Hombre, si bien es cierto que los primeros intérpretes de salsa son músicos de origen cubano, puertorriqueño, dominicano y en general caribeños, tampoco es menos cierto que los primeros discos de salsa que se produjeron, se grabaron y comercializaron en Nueva York”.

Mientras yo exponía mi argumento, uno de los contertulios quebequenses buscaba en su iPhone la entrada deWikipedia que reseña la historia de la música salsa. Dicha nota recoge una larga controversia sobre esta música, animada por cultores del género, analistas de cultura musical y gente de medios. Cuando terminé de hablar, mi colega quebequense comenzó a leer, con su español atípico, unos apartes de la nota de Wikipedia: “La palabra salsa para designar la música hecha por los latinos en Estados Unidos comenzó a usarse en las calles de Nueva York a finales de los años sesenta y principios de los setenta”. Este género musical resultó “de una síntesis de influencias musicales cubanas con otros elementos de música caribeña, música latinoamericana y jazz, en especial el jazz afrocubano”.

Si bien la definición de Wikipedia no me daba toda la razón, tampoco le quitaba piso a mi respuesta. Para tener una idea más amplia sobre el asunto miramos otros sumarios históricos, contenidos en otras páginas electrónicas. Según la página Hotsalsa, que se precia de ofrecer —en mayúscula— una “Historia oficial de la salsa”, “lo que llamamos hoy en día música salsa es una mezcla de ritmos afrocaribeños como el son montuno, el mambo, la bomba y la plena. El movimiento que originó esta nueva música comenzó en Nueva York —en El Barrio, y el South Bronx, la llamada “Caldera del Diablo”— cuando un grupo de jóvenes músicos comenzó a mezclar sonidos y ritmos intentando crear un nuevo ritmo que conservara el ‘sabor’ que tenían otros ritmos afrocaribeños”. De acuerdo con dicha página, “la salsa debuta en el hotel Saint-George de Brooklyn, donde los Lebrón Brothers, de origen puertorriqueño, entusiasman al público” con la originalidad de dicho ritmo.

Con la idea de ampliar nuestro horizonte miramos el resumen histórico de la página Salsa-in-Cuba. Sin nombrar el lugar donde se originó dicho género musical, en dicha página se afirma que “en los años ‘60, una oleada de ritmos de origen cubano se fusionan con el jazz. Izzy Sanabria, diseñador gráfico en los estudios de Fania, los une a todos bajo una misma denominación para eliminar confusiones y vender el concepto más fácilmente”. Siguiendo la lógica del mercadeo, Sanabria eligió el término salsa para llamar al nuevo género.

Paradójicamente Sanabria dice que “todo eso es una mentira y una falacia”, pues “la historia de la salsa tiene tantos y tantos errores y espacios vacíos, que el escritor llena sus vacíos con especulación”. Según él, el término salsa “se usaba en Nueva York cuando las agrupaciones estaban ejecutando sus legendarias descargas, y entonces la gente les gritaba —para azuzarlos—: ‘Salsa, salsa, lo que viene es salsa’, que en nuestra jerga quiere decir ‘que tiene sabor’ y ‘así fue como yo empecé a llamar la música’ “. Según Celia Cruz, así lo resalta Salsa-in-Cubaen otra de sus entradas, “salsa es una manera diferente de nombrar la música cubana”. Por su parte Tito Puente sostenía que “la salsa, como ritmo o música, no existe. La música que llaman salsa es la que he tocado desde hace muchísimos años: se llama mambo, guaracha, chachachá, guaguancó. Todo es música cubana. La salsa se come; no se oye, no se baila”.

Después de revisar —a vuelo de pájaro— varias páginas de Internet consagradas a la historia de la salsa, todos estuvimos de acuerdo en una cosa a la hora de concluir nuestra discusión: la salsa es un producto de origen caribeño, que se ha convertido, con el paso del tiempo, en un sello de identidad para el hispanoamericano contemporáneo. Sin importar de qué país provengan, los hispanos se sienten identificados —si bien es cierto, unos menos que otros— con la música salsa. Ésta, al lado del merengue, son por excelencia los ritmos que animan generalmente una buena fiesta latina.

Otro aspecto en el que coincidimos es que, después del comienzo de la década de 1980, la salsa dejó de ser un fenómeno asociado con los hispano-caribeños de Nueva York: cubanos y puertorriqueños particularmente, pues desde mediados de la década de 1970 hay suficientes evidencias que nos permiten hablar de salsa panameña, salsa dominicana, salsa venezolana, salsa colombiana y hasta de salsa peruana. Durante el curso de los años 80 y 90, como lo resalta la página Salsita03, el país donde se produjo “la expansión de la salsa con mayor vigor es Colombia, con Joe Arroyo, el grupo Niche y la orquesta Guayacán”.

Sé que las conclusiones que evoco son un poco arriesgadas, pues cualquier sociólogo o antropólogo cultural, especialista en cultura musical urbana de la América Latina contemporánea, puede sugerir que esas afirmaciones no están fundamentadas en ningún tipo de sustento empírico y acusarme de estar generalizando a partir de la consulta de notas publicadas en páginas de Internet, que carecen de valor científico. En ese caso estoy dispuesto a exponerme a la crítica, pues una ligera consulta bibliográfica nos mostrará que la salsa como fenómeno cultural de masa es un asunto poco estudiado y sobre este campo, si bien es cierto que hay un buen número de especialistas, ninguno de ellos ha alcanzado el grado aún de autoridad en la materia.

En todo caso, la revisión documental nos muestra tres cosas. En primera instancia nos permite atisbar la existencia en la América hispana de 6 grandes tradiciones musicales: la tradición cubana, armada alrededor de la herencia hispana y africana; el tango, fuertemente marcado por una tradición europea, que expone la mentalidad de las sociedades urbanas sureñas; la ranchera, una música mestiza que articula el imaginario social de la sociedad mexicana que nace con la revolución, en la que es evidente la nostalgia por lo rural; la cumbia, que se articula alrededor del mestizaje de las tradiciones africanas y amerindias, que subyacen en las capas populares urbanas y rurales del Caribe colombiano; el merengue dominicano, cuyo tronco rítmico no puedo precisar con claridad, y la salsa, que es una fusión de los ritmos del Caribe hispano con los ritmos musicales estadounidenses, particularmente de origen africano.

El segundo aspecto que sale a relucir en la documentación consultada nos muestra a la salsa como un género que conduce a la unificación de la identidad hispanoamericana en la costa este de los Estados Unidos. Con la salsa emerge y se consolida el concepto de lo latino como un sello identitario, que comienza a identificar a los hispanos de toda América, que antes de eso se veían a sí mismos —y eran vistos— como un grupo disperso, sin una identidad definida. Eso explica bien por qué la Orquesta Harlow grabó en 1977, bajo la dirección de Larry Harlow, el LP La Raza Latina, en el que hay una canción cuyo coro canta jubiloso: “La salsa representando la raza latina”.

Sobre ese aspecto es diciente el punto de vista de Izzy Sanabria, consignado en una entrevista publicada por la página Herencia Latina. Según Sanabria, al “documentar sobre la historia de la salsa nos vamos a encontrar que los periodistas de los grandes diarios de Nueva York ignoraron este movimiento artístico, cultural y popular, que estaba llevando a cabo una nueva generación de latinos que básicamente hablaba en inglés. Estos jóvenes fueron los hijos de los primeros puertorriqueños que emigraron a Nueva York para comienzos de los años treinta (...). Es entonces cuando se constituyen los primeros barrios latinos, los cuales a su vez gestaron las grandes concentraciones humanas con una cultura homogénea, con expresiones, aspiraciones y el folclor (...). Para los años sesenta hay un sorprendente ascenso de una generación —podría ser la tercera— de jóvenes latinos totalmente nacidos en los Estados Unidos. Ellos cambian la poesía, el teatro, la moda, la música —latinizan todo”.

La apreciación de Sanabria es compatible con la percepción de los responsables de la página Perumusicos Salsa Peruana, que sostienen que la salsa se instauró a partir de la década del 70 como representación latinoamericana en los Estados Unidos, llegando incluso a las más altas esferas y escenarios de Nueva York. El mismo concepto es retomado desde una óptica un poco más elaborada por el investigador Rafael Quintero,1que sostiene que “la salsa es la expresión musical de los pueblos afrocaribeños y de los latinos en general”. Quintero destaca que por largo tiempo los cubanos quisieron quitarle piso conceptual a la salsa como manifestación musical, “para reclamarla como música del pueblo de Cuba”, ignorando que ésta le había dado “sentido de representación colectiva” a las comunidades hispanas que habitan en las ciudades de la costa este de América del Norte.

Con el tiempo los cubanos terminaron admitiendo que “el sonido de la salsa era un salto y una ruptura que llevaba más allá de la música tradicional y del sentir típicamente nacional cubano”. En otras palabras, la salsa “había levantado una corriente sonora que pertenecía a una comunidad globalizada”, que la había adoptado como sello distintivo. Si bien es cierto que la salsa hoy en día es eso: el sello de identidad de una comunidad globalizada, tampoco es menos cierto que ella, como producto cultural, es la suma de una serie de “identidades regionales” que han terminado por dar identidad colectiva a un segmento de la población global.

Finalmente, en lo que toca a las figuras cimeras de la salsa hay que decir que si Panamá tiene a Rubén Blades, Venezuela a Oscar de León, República Dominicana a Johnny Pacheco, Puerto Rico a Héctor Lavoe, Nueva York a Willy Colón y Cuba a Celia Cruz, Colombia tiene a Jairo Varela. Sobre el trabajo de Varela, elocuente resulta la apreciación de Walter Germán Magaña en Herencia Latina,la página virtual de mayor rigor en el tratamiento de la cultura salsera. Magaña resalta que “bajo la dirección de Jairo Varela la agrupación, conformada por talentosos músicos (el Grupo Niche), ha logrado consolidarse y mantenerse como una de las mejores orquestas colombianas de salsa, compitiendo con las mejores bandas de Puerto Rico y Nueva York”.

Con respecto a la irrupción de la salsa en la sociedad colombiana hay una discusión sobre su punto de entrada. Algunos dicen que fue Cali, otros dicen que fue Buenaventura y otros dicen que fue Barranquilla. En mi opinión definir el lugar de entrada de la salsa al país no es un asunto importante, pues Colombia ha sido un país que se ha destacado después de la década de 1920 por ser un gran consumidor de música del caribe insular hispano. De otra parte, como lo sostiene el profesor de la Universidad del Valle Alejandro Ulloa, la salsa es un ritmo cuyo nacimiento hay que situar 10 o 15 años antes de su popularización en América latina.

La declaración del director cubano Machito, quien sostuvo en una entrevista que salsa era, más o menos, lo que él había tocado durante cuarenta años (entre 1930 y 1970) antes de que el género musical se denominara así, es un elemento que apoya la tesis de Ulloa. Si le damos validez a la teoría de Ulloa, la presencia de la salsa en Colombia comenzó pues antes de la presentación, en 1968, de Ricardo Rey y Bobby Cruz en los carnavales de Barranquilla, en el mes de febrero, y en la Caseta Panamericana en diciembre en Cali. En tal sentido se podría sostener, como lo resalta el periodista Ernesto Armenteros, en su blog de El universal, que desde bien temprano en los años 60 “la salsa se definió como un elemento de identidad popular urbana” de sectores sociales marginales de “ciudades como Barranquilla, Cali, Cartagena y Buenaventura”, que la adoptaron como música propia.

Cuando el Grupo Niche apareció, al comienzo de la década de 1980, la salsa ya se había implantado en Europa y Japón. En Colombia el movimiento salsero estaba consolidado en algunas ciudades, pero los grupos musicales de corte salsero no tenían mucho vuelo, aunque un considerable número de orquestas habían seguido los pasos de Fruko y sus Tesos y de los Latin Brothers, un par de orquestas que comenzaron a hacer salsa desde el comienzo de los años setenta. Después de ese momento, entre las orquestas que han tratado de consolidar un nombre en el medio salsero nacional están Los Nemus del Pacífico, la Orquesta Guayacán, La Misma Gente, Los Niches, Son de Cali, Los Titanes y el Grupo Galé.

Mucho de los entendidos en materia de salsa coinciden en señalar a Julio Ernesto Estrada, el director de Fruko y sus Tesos, como el iniciador de la salsa en Colombia. Al respecto Ernesto Armenteros resalta que “el legado de Fruko y sus Tesos en la salsa colombiana es innegable (...). Fue la primera agrupación en tocar salsa dura, con arreglos agresivos, una sonoridad impecable y unos cantantes de calidad”. El encuentro de Estrada —que había comenzado como mensajero de discos fuentes y tocaba el timbal en Los Corraleros de Majagual— con la salsa se produjo en uno de los viajes de Los Corraleros a los Estados Unidos. Allí “Fruko se percató del nuevo sonido que había aparecido en la ‘Gran Manzana’ y quiso de inmediato ponerlo de moda en Colombia”. Fue así como a su regreso al país “creó la orquesta de Fruko y sus Tesos”.

A Fruko se le debe también el lanzamiento al estrellato de tres de las voces históricas de la salsa colombiana: Piper “Pimienta” Díaz, Joe Arroyo y Wilson Saoko. En cuanto a Varela, éste redefinió la personalidad de la salsa en el país, sacó a la salsa romántica del motel, la alejó de la trivialidad lírica y la acercó a la poesía, mostrándonos al mismo tiempo que desde la salsa se podía cantar de manera coherente al amor, sin tomar prestadas las letras de las baladas eróticas y sin asumir posturas pusilánimes.

 

Enoin Humanez Blanquicett

 

Acerca de este artículo: El reportaje “Jairo Varela, el que consolidó la identidad de la Salsa colombiana”, escrito por el periodista Enoin Humanez Blanquicett, es un extracto de un estudio-reportaje más amplio publicado previamente bajo el título: “Jairo Varela, el compositor que consolidó la indentidad de la Salsa colombiana y le puso contenido a la salsa romántica”.

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