Sábado, 25 de mar de 2017
Valledupar, Colombia.

Viví en Barcelona entre el 2 de Enero de 1970 y el 30 de Diciembre de 1972, acosado por la ruina de mi padre, bananero, a quien los designios del capital extranjero -la United Fruit Company trasladò sus negocios de compra-venta del banano a otra parte de Colombia- lo  llevaron a esa ruina, y por lo tanto debía de trabajar para sostenerme allí.

Llegué en un barco de la desaparecida Compañía Española, llamado “Virginia de Churruca”. Durante ese período fui caddy en el Club de Golf de San Cugat del Vallés, ayudante de cocina en un café restaurant, cercano a la Universidad de Barcelona, camarero de bebidas en un hotel cinco estrellas de Comarruga, en la costa mediterránea, ayudante de cocina en Ginebra y estudiante de la Escola D´Art Dramatic ”Adriá Gual” de Barcelona, donde me formé como dramaturgo.

Salí de Barcelona en un avión español que me llevó a Madrid, donde abordé otro de “Avianca”, el cual me trajo a Barranquilla, ciudad donde arribé el 30 de diciembre a las ocho de la mañana.  Y volví a Barcelona en enero de 1977 en un avión de “Air Bahamas” que hizo escala en Nassau y aterrizó en Luxemburgo. Regresé a Colombia en Junio de 1977, luego de pasar unos días en París. En auto-stop conocí media Europa.

En mi primer período barcelonés traté a Gabriel García Márquez por intermedio de un profesor de la Escola “Adriá Gual” llamado Avelí Artís Gener, quien exiliado a México regresó en esos años del 70 a Barcelona donde dictaba escenografía y era amigo personal del novelista colombiano, ya que habían trabajado juntos en varios filmes mejicanos. Se sabe que Gabo, antes de radicarse en Barcelona, vivió una temporada en México. Y luego, definitivamente lo hizo en México. Pero era también una petición expresa de mi padre, al despedirse de mí en Ciénaga: “En Barcelona, busca a Gabo. Él te podrá ayudar”. Deduje que eran amigos. Y ahora lo sé con fidelidad.

Artís Gener, apodado “Tizner”, era además caricaturista, y como tal, publicaba sus cartones en un diario de la ciudad. Fui con él a su apartamento de Sarriá, en la calle Caponata, 6. Esa tarde, Gabo nos brindó unos tragos de whisky y aún bailamos “La cumbia cienaguera”, muy popular en México en los años 50; de la autoría de Andrés Paz Barros, y  que es el himno informal de mi tierra natal, Ciénaga, antiquísima aldea india, conocida como “Cienagua” por los primeros descubridores hispanos, situada al norte de Colombia, sobre el mar Caribe y al sur de un inmenso lago salobre, la Ciénaga Grande, que figura en su novela “Cien Años de Soledad”, y a 50 kms al sur-oeste de Aracataca, donde nació el Nobel de 1982. Persona a quien, visitaba regularmente los viernes de cada semana, después de las tres de la tarde, por concesión del escritor.

Allí conocí a su esposa, mujer cálida y afectuosa, y a sus hijos aún adolescentes. En diferentes ocasiones me tropecé con un antiguo condiscípulo en la Facultad de Sociología de la Universidad Nacional, en Bogotá, año de 1963: el escritor Oscar Collazos, quien fingió no conocerme. Collazos era en aquel entonces lector de la Editorial Seix Barral de Barcelona. En otra oportunidad fui presentado al gran novelista peruano Mario Vargas Llosa. En "la Escola", había conocido en 1971 al también escritor Carlos Fuentes quien en una conferencia dictada por él en el aula de la misma, presentó su obra de teatro “El Tuerto es rey”, que por esos días se representaba en un teatro barcelonés, bajo la dirección del director de la Escola, Ricard Salvat. En la obra, hacía el papel principal la esposa del autor, Rita Macedo, a quien yo había visto en un filme mejicano, ”Rosenda”. En ese momento desconocía si el escritor mejicano era amigo del colombiano, entonces ya muy reconocido, a raíz del gran éxito editorial de su novela citada. Luego comprobé que eran muy cercanos en amistad.

Debo consignar que la lectura de la obra de teatro de Fuentes influyó en la escritura de mi celebrada farsa trágica “El Cuadrado de Astromelias”, de la cual diré algo más adelante.

En esos momentos, los mas importantes de mi vida creativa, supongo, yo no era sino un joven blanco, delgado, narizón, decían que tenía un pelo muy hermoso, el cual era abundante, siendo yo un tanto nervioso, y con muchas ganas de escribir, hacer teatro, pintar y ver un mundo distinto del que hasta entonces había visto: estudiante en Santa Marta y Cartagena, amén de Bogotá. Hijo y nieto de bananeros adinerados de Ciénaga. Llevaba guardado un viejo cuaderno con cuentos pergeñados en esos sitios, entre 1957, 58, 59 y 61 y 62. Pintor aficionado, por vocación y amor, periodista sin remuneración, gestor cultural, y anticuario, actividad que tenía para ganar unos pesos, en momentos en que el dinero hacía falta en mi casa paterna, desde que la United Fruit Company había decidido trasladar la antigua “Zona Bananera de Santa Marta”, situada en los municipios de Ciénaga y Aracataca, a la región selvática de Turbo, en el norte de Antioquia, por presiones de inversionistas de Medellín. La Zona Bananera llevaba el nombre de la ciudad capital del departamento del Magdalena, en donde pertenecen ambas municipalidades.

Aunque mis dos abuelos fueron muy ricos, mi padre no acrecentó nunca el patrimonio heredado, y al momento de la ruina de la Zona Bananera -en donde yo pasé mi feliz infancia- se hallaba él, padeciendo una profunda depresión. Para poder viajar a Europa, hice acopio de dineros propios y no de mis padres. Tenía yo, entonces, 29 años al viajar.

Durante estos dos años más o menos en los que traté a Gabo (a quien nunca le dije así, puesto que yo lo llamaba Gabriel), le regalé un cuadro pintado por mí, y le dejé para su análisis, mi primer libro de cuentos, y dos obras de teatro, escritas en Barcelona, sus títulos “Historia de un piano de cola” y “Marta Cibelina” y “El Cuadrado de Astromelias”. El libro de cuentos contenía algunos cuentos refundidos y provenientes de otro, corregido en Bogotá, que iba a ser editado allí en 1961 pero no fue posible, con el título de “Sin Brujas ni espantos”, por un condiscípulo en Sociología.

El volumen de cuentos de Barcelona contenía los siguientes relatos:  “Las Queridas del diablo”, La Cama berrochona”, Chambacú-Press, Pianísimo, Cuadrado de Astromelias, Historia de un piano de cola, La Flor de Oro, Los Asesinos del Mar, La Conquista de Pocigueyca, Carnet de Baile, Guión para un sueño, Los Gatos. El título del volumen fue “Historia de un piano de cola”. El cuaderno era marca Competidor, No. 2030, y estaba dedicado “A mis padres”.

Mis cuentos habían sido revisados por el novelista catalán Jordi Coca, a quien conocí como un empleado del Museo del Teatro, situado entonces en el Palacio Guell, calle del Conde del Asalto. No. 8.Tanto a Jordi como a la joven secretaria del mismo, Teresa Mattas, los conocí por intermedio de otro profesor de la Escola, hombre memorable en mi vida, y reputado crítico de teatro, Xavier Fábregas (q.p.d.),a quien rememoro con afecto y agradecimiento. Xavier me dijo que allí en el Museo yo podría redactar mis obras, las que fueron pasadas a máquina por la adorable Teresa Mattas, esa secretaria de quien hago mención, igualmente con afecto inmenso. A Teresa le dediqué mi farsa “Escarpín de Señora”, escrita y corregida en ese ámbito también memorable, ya que es una obra del genial arquitecto Antonio Gaudí.

Refiriéndome a mis piezas de teatro, haré mención extraordinaria de un ser que me guió en ese sentido, el dramaturgo cubano Manuel Reguera Saumell, profesor de la Escola. Manuel, quien acababa como yo de arribar a Barcelona, pero él, luego de infinitos sufrimientos, causados por el oprobioso régimen de Fidel Castro. Para salir de Cuba, mi maestro tuvo que realizar trabajos forzados durante cuatro años en una mina. Tal como él me lo relató, con honda pena.

Manuel me hacía observaciones durante sus clases magistrales de dramaturgia acerca de mejorar mis piezas teatrales, apenas unos esbozos rudimentarios pergeñados en Bogotá. El me dijo que en una obra que leyó había tantos elementos anecdóticos que podrían salir dos obras más, las que a veces, según él, no tenían ritmo y otras observaciones técnicas muy pertinentes. Manuel me regaló unos apuntes suyos tomados durante un taller de dramaturgia que recibió en La Habana, dictado por el dramaturgo checo Tencher, que conservé durante  muchos años hasta que alguien en Ciénaga me los sustrajo de mi casa. Afortunadamente, en mi memoria conservo el bagaje de esos apuntes, los cuales he utilizado, directamente de mi memoria en mis clases en Bogotá, Valledupar, Barranquilla, Santa Marta, Ciénaga y Caracas, enseñando a escribir con técnica un teatro cada vez más seguro..

Una vez corregidas, las dos obras escritas en Barcelona, al amparo de Manuel, se leyó en clase mi farsa “Marta Cibelina”, siendo felicitado por el director  Salvat, quien encontró ecos de Brecht en algunos “gags” en ella, y que en realidad provenían del cine, pero que en esta obra servían como “distanciamientos”..... Salvat dio la orden de montarse como “workshop” dicha obra, pero jamás se cumplió. ¿Qué sucedió? No lo sé.

“Tizner” decidió, entonces, que yo debía conocer al célebre novelista colombiano residente en Barcelona, lo que finalmente ocurrió después de un impase: Gabo había firmado una declaración en contra de Franco, Jefe del Estado español a raíz del sonado caso de Heberto Padilla, poeta cubano, y tuvo que emigrar unos meses a Colombia, radicándose en Barranquilla con su familia.

Entretanto, mis cuentos iban a ser evaluados por Pere Gimferrer, lector de la Editorial “Seix Barral”, por mediación de Jordi Coca, quien me acompañó a su oficina situada en Provenza, 219, telefono: 2150820. Allí, este buen señor, gordo y monumental, con un rostro de bebé, nos atendió con mucha amabilidad, hasta nos brindó una taza de café negro, que en España era un lujo. Pero más tarde, al ir yo solo y  por una respuesta, Gimferrer, sin darme ninguna explicación, apenas me vio entrar me tiró a la cara mi libro de cuentos y me dijo:” Adeus si au”... ¿Por qué este extraño y grosero comportamiento de Gimferrer?

Si un libro escrito por un autor novel fuese una torpeza no es ésta la forma civilizada para decirlo. Habría otras maneras. Le pregunté a Jordi Coca, el porqué, pero nunca supo darme una respuesta. Hoy mis investigaciones podrían darme una solución: la editorial ”Seix Barral” en principio era propiedad de la familia de Carlos Barral, escritor o gestor cultural catalán, quien aparece en una fotografía reproducida en el libro” El olor de la Guayaba” de Plinio Apuleyo Mendoza, sobre la vida de Gabo. Allí en la foto, Barral de pié preside una comida en honor a Gabo, Cortazar, Fuentes, y otros escritores españoles y suramericanos. Los escritores españoles invitados al ágape pertenecían a una generación de jóvenes provenientes de familias adineradas que, por ideología o por reacción, o por lo que fuese, tenían en común algo: ser de izquierda o ser liberales, la “gauche divine”, –llamados en general “rojos” en España- y aún estar inscritos en el prohibido partido comunista y sus variantes.

Gabo en su juventud se inscribió como comunista en una ciudad del norte de Colombia. Por ello pienso que la información que se dio de mí en “Seix Barral” fue que era miembro de los que causaron en 1928 y en mi tierra natal, la “masacre de las Bananeras”, evento histórico  inserto en su novela. Con absoluta seguridad puedo afirmar que Gabo mantenía estrecha amistad con el poeta Jaime Gil de Biedma, y con los novelistas Juan Goytisolo y Juan Marsé, miembros de este grupo, caracterizado por las extravagancias y excentricidades de varios de ellos, como el capo de todos Gil de Biedma. Amigo entrañable de Carlos Barral El anfitrión.

El tiempo, ese gran juez inexorable, me ha permitido suponer que la desfavorable recepción a mis cuentos por parte de Gimferrer, amén de abrupta, fue inopinada, inmerecida y sospechosa ya que algunos de estos cuentos han sido calificados como de excelente factura, tildándolos de antológicos en Colombia y el exterior por reconocidas figuras literarias.

Por ello pregunto: ¿Quién dio malos informes sobre mí? ¿No siendo un antisocial, sin antecedentes judiciales en mi hoja de vida impecable, qué sería lo que se dijo de mi? Nunca lo he sabido. Pero sí hago conjeturas, no probadas. Y si algo se dijo, ¿quién lo hizo? Tampoco lo supe. ¿Por qué mis cuentos fueron arrojados al suelo por el lector estrella de esta editorial? Un enigma. Ya resuelto.

En la fecha, mis cuentos han sido recogidos en antologías departamentales y regionales. En Antologías nacionales no he podido llegar por estar diseñadas por las editoriales comerciales, con fines puramente mercantiles.

Durante estas dos temporadas barcelonesas, 1970 y 77, nunca vi ni tuve ocasión de tratar a Rafael Humberto Moreno Durán, quien se firmaba como autor, con la sigla “RH”. y sus apellidos Moreno Durán. Pero una foto de su juventud permitió descubrir en el escritor a un ayudante de una galería de arte en Bogotá donde yo enmarcaba mis cuadros. Los años cambiaron la fisonomía del mismo RH. En una novela hace mención sin dar nombre de algunos de mis cuentos, antes de salir a la luz pública. Pero en una postal que conservo del escritor, él hace alusión a mi temporada en Barcelona, la que califica de “feliz”. Tampoco vi ni conocí a Pedro Gómez Valderrama, a la sazón Embajador de Colombia en Moscú y antiguo condiscípulo de Gabo en la Universidad Nacional y amigo íntimo de él.

Ahora regresemos a Gabo. Al volver a su casa para conocer su opinión sobre mis cuentos, él me dijo: "mejor dedícate a la pintura”. Una forma irónica, que otros miembros del llamado “Grupo de Barranquilla” han usado para desestimular a los presuntos escritores que acuden en su consejo. Como estoy citando a Alfonso Fuenmayor, amigo de Gabo y miembro del grupo, quien igualmente decía siempre: ”Mejor dedícate a la panadería” a posibles escritores -según una crónica de Lola Salcedo, aparecida en Revista “Huellas”, Barranquilla, Números 63,64,65,y 66,sin fecha.

Gabo aludía al cuadro realizado por mí y obsequiado a él. O sea deja eso, sigue pintando.

Ahora bien, releyendo su obra encontré:

Referencias a mis cuentos y a mis obras de teatro, sucesivamente en: “El Otoño del Patriarca”, 1986, página 171: ”llevando a cuestas los pianos de cola para los bailes de máscaras de las haciendas de café, pues él había visto también el desastre de los treinta pianos de cola destrozados en un abismo y de los cuales se había hablado y escrito tanto en el exterior aunque solo él podía dar un testimonio verídico”.

Luego, al pedirle a Gabo que me firmara un ejemplar de su famosa novela escribió: “Cien  años de Soledad, para Guillermo, en memoria de la ciudad fantasma, de los pianos de cola y del galeón de embuste-embuste, con un gran abrazo de su paisano, GGM.1972”.

Una sinopsis de mi susodicho cuento es: un rico bogotano encarga a Francia un piano de cola a mediados del siglo XIX para su hija. El piano llega sin novedad a Cartagena. Al pisar tierra colombiana empieza un azaroso viaje a través del río Magdalena pasando por cañones de montañas, en medio de revoluciones, saqueos y maltratos al piano. Al final, el piano llega a Bogotá, unos lustros más tarde, cuando ha muerto este señor y su hija está casada. Nos reservamos el final. El cuento fue escrito en el verano de 1971 en el pueblo de  Puigcerdá, donde hay un campo de golf. Y allí  serví de caddy.

Un ejemplar del cuento fue enviado por mi, vía  aérea, para su pretendida  publicación en “El Tiempo” de Bogotá, sin obtener ninguna respuesta.

En cambio, uno de mis cuentos, el titulado “Carnet de Baile”, enviado a Gonzalo González “GOG”, director de Magazín Dominical de “El Espectador”, por igual vía, fue publicado por este medio, en una fecha no precisada, ya que nunca obtuvimos el ejemplar. La noticia la obtuve de mi hermano Edgard, quien me la comunicó en un casette de audio. El cuento, según él, fue publicado con el título de “Las chismosas”. ”GOG, periodista nativo de Aracataca y pariente de Gabo, me comparaba con su famoso primo. No tengo el documento. Pero esto debió molestar en Bogotá: ciudad de envidiosos.

En el mismo libro citado (“EL Otoño del Patriarca”), Gabo hace una paráfrasis, proveniente de uno de los “Gags” cinematográficos de “Marta Cibelina” (Bogotá, Editorial Iris, 1982.). Es cuando una “cachaca” llega a Ciénaga, vestida con ropas anacrónicas de 1940, estando en 1963 y al ser recibida en una casa del pueblo, se quita unas finas pieles de martas siberianas o cibelinas, y las coloca en una silla. Lo que provoca una lucha feroz entre un gato de la dueña de esa casa y las martas. Es sabido el gusto de las señoras bogotanas de la época, por las pieles Gag que Gabo trasforma así :“Leticia Nazareno irrumpía como no se hubiera atrevido él mismo en la galería abigarrada del mercado, de pájaros y legumbres perseguida por el alboroto de los perros callejeros que les ladraban asustados a los ojos de vidrio atónitos de los zorros azules”. (Página 183).

De mi obra de teatro “El Cuadrado de Astromelias” (Bogotá, Iris Impresores) y (“Fondo de Cultura Económica, Madrid,1992,”Teatro Colombiano Contemporáneo. Antología”), utiliza la noticia de la subasta de una bella negra esclava contenida en esta obra. Cito a Gabo: “donde otro miércoles de otra época de la patria antes de él había rematado en subasta pública a una senegalesa cautiva “(la misma página 183 del referido libro).

Y en su relato largo, “Crónica de una muerte anunciada”, emplea la noticia mía acerca del nacimiento de gemelos simultáneamente y probables héroes carismáticos “que quien sabe cuantos virgos desflorarían y cuanta gente no vendrían a avasallar”, frases provenientes de mi cuento “Las queridas del diablo” (Medellín, 1989 ), cuyo argumento fue apropiado en México para una telenovela interpretada por Jorge Rivero. Gabo usa estos gemelos para recrear a los hermanos asesinos de Nassar, la víctima propiciatoria del drama trágico que es esta noveleta.

Una sorpresa ocurrió en 1972. Mis obras de teatro citadas, que estuvieron compitiendo con relativo éxito en un concurso de teatro español, el de Alcoy, figurando “Marta Cibelina” y “El Cuadrado de Astromelias” como finalistas del mismo, estaban depositadas en el Fondo de Autores Inéditos  del Museo del Teatro por insinuación de Xavier Fábregas. Allí, haciendo una selección personal, las encontró el joven director de teatro Juan Manuel Gisbert, quien se decidió por “Marta Cibelina” en atención a su contenido político. Pero esta obra fue vetada por los severos censores del régimen del Generalísimo Franco. Y entonces, optó por “El Cuadrado de Astromelias”. Descartando de paso, las obras de varios dramaturgos españoles muy importantes que también leyó y  esperaban turno para un montaje futuro.

Gisbert -hoy celebrado autor de cuentos para niños- era director de un prestigioso grupo de teatro experimental, auspiciado por el Gobierno americano, el “Gogó”. En esos días, eran mejor considerados en Barcelona los grupos independientes experimentales de teatro que las grandes compañías comerciales, y que estuviera en cartelera un suramericano en Barcelona, en tiempos de represión a los autores nativos, era mirado con recelo y malquerencia por mis pares hispanos. En el momento del estreno (2 de Noviembre de 1972), dijo en el Museo del Teatro mi ángel de la guarda, Teresa Mattas, “que entre los críticos y dramaturgos catalanes se fraguaba un “boicot”, consistente en silenciar mi obra, en los diarios y revistas de la ciudad, por el motivo ya enunciado. Se dijo incluso, que el más feroz crítico catalán, Joan de Segarra, me iba “a dar rejo”.

La obra estuvo autorizada para ser representada los días 2,3 ,4 y 5 de dicho mes, en seis funciones. El día del estreno la noticia apareció en los diarios “Tele-Expres” y “Diario de  Barcelona”, pero antes, “La Vanguardia Española”, ya había anunciado su estreno. El último día de las funciones autorizadas, llamé a Gabo y le comenté del boicot, entonces él en un gesto noble, me dijo: “Iré a esa función”. Y así fue. Estuvimos él, Mercedes y su hijo Gonzalo en el Teatro de Estudios Norteamericano en la Vía Layetana.

Al concluir la función, y en medio de los atronadores vivas y bravos que se escuchaban en la platea y los palcos, Gabo me dijo:

-Yo no sé nada de teatro, pero no me gustó la obra.

Gonzalo replicó:

-Pero a mí sí.

Al día siguiente (6 de Noviembre), “El Noticiero Universal” publicó una columna de Julio Manegat, escritor y crítico literario muy reputado, había ganado un premio nacional de crítica –quien escribió: “Guillermo Henríquez, en unas notas que suscribe en el programa, dice que pretende llevar al teatro los postulados estéticos del llamado “realismo mágico”, ese realismo mágico que podremos encontrar en más de cuatro narradores hispanoamericanos y cuyo  actual máximo exponente es Gabriel García Márquez. Bajo esta premisa de intención escénica, Henríquez ha construido una obra densa, crispada, alucinante en algunos momentos”.

“La anécdota en definitiva es solo el punto de partida, el grito de enlace, el trampolín de la ansiedad que mueve la pluma del escritor para acercarnos a una situación, dolorida y amarga, que se extiende a todo el continente de la América Latina. La huella de culturas, la fuerza de la tierra, la magia de las raíces mas hondas, se han dado la mano aquí, en esta pieza breve, en esta tensión, cuyas palabras bellamente escritas, son símbolos que arañan y obligan a la meditación”. De esta manera, el supuesto boicot quedaba liquidado.

¿Qué era lo que contra mi persona se tramaba entonces? ¿Una confabulación de escritores colombianos en Europa contra mí? ¿O era solo una protesta de españoles resentidos por el silencio al que los obligaba Franco? ¿Estaban en el complot los miembros de “la Gauche divine”? Desprevenido, como siempre he sido, con algo de pueril ingenuidad, no supuse que esas palabras suscritas por mi en el programa de mano del estreno iban a causar escozor en ciertos círculos latinoamericanos de Barcelona. Siento que, además, me había metido en un mundo cerrado latinoamericano en el cual un desconocido no podía entrar, ese mundo del “realismo mágico”, que tanto dinero producía entonces.

Además, no analicé bien los fines estéticos últimos de mi obra, la que ahora califico como ejemplo de un anti-macondo teatral, precisamente. Porque no solo me equivoqué al rotular mi obra de teatro dentro del “realismo mágico”, pues nunca lo fue, sino que no me di cuenta que siendo una obra revolucionaria y trasgresora era, por otra parte, una antitesis de éste. Por ello, en algún momento de mi obra, “Manuela” -personaje central del drama- le dice a su hermana Guadalupe: “Aboquemos el problema -el hambre- pero no inventemos nuevos santos”. O sea, dejemos de lado el “realismo mágico” con sus nuevos santos, sus nuevos íconos y mitos, que también hacen daño, y pongámosle un poco de raciocinio, a nuestros pensamientos de gentes del tercer mundo. Era pues mi obra, un Anti-macondo.

Porque el “realismo mágico” fue aceptado, en Europa-no, mucho en Francia-y USA, sólo como la novedad de un continente primitivo, donde las personas tienen pensamientos mágicos para interpretar la realidad y mi obra en todo momento, está reclamando esta ausencia de racionalidad, en el hombre latinoamericano. Que fue lo que disgustó a más de un escritor del patio, porque en síntesis toda mi obra, tanto la teatral como la narrativa, incluidas mis tres novelas inéditas, muestran racionalidad.

 

Guillermo Henriquez

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Acerca de este escrito: Este artículo es la primera parte de unas vivencias contadas en primera persona por el escritor y dramaturgo colombiano Guillermo Henriquez (Ciénaga, 1940). Autor teatral con 17 obras registradas, cinco publicadas: “El Cuadrado de Astromelias”, Bogotá, 1980. Estrenada con éxito de público y crítica en 1972, Barcelona. “Marta Cibelina”, Bogotá, 1982, finalista como la anterior en “I Premio de Teatro de Alcoy”, España, 1972. “Escarpín de Señora”, Barranquilla, 1984. “Detrás del Abanico”, Barranquilla, 1984. “Academia de Baile”, Barranquilla, 1986.

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