Sábado, 24 de jun de 2017
Valledupar, Colombia.

Desconocer lo rico de nuestro folclor, es como querer tapar el sol con las manos. Sus personajes son únicos, sus leyendas son exclusivas y propias de nuestra gente, por la actividad pecuaria, que era el principal medio de subsistencia, encontramos siempre nuestros primeros exponentes alternando los oficios del campo con el arte de tocar el acordeón, o cualquier otro instrumento del típico trío del conjunto vallenato (acordeón, caja y guacharaca).

También por la influencia negroide, y sumado esto a prácticas ancestrales, están ligados con la hechicería y la magia negra; es por eso que el mismísimo Satanás, fue vencido en franca lid por Francisco El Hombre, pero no hay que olvidar que años antes, en un encuentro concertado, unos Atanqueros derrotaron a Francisco, propinándole una muenda a notas y bajos, que lo obligaron a irse muy temprano para no ser la burlita del pueblo.

Así es como alrededor de muchos acordeoneros se han creado mitos y leyendas. Otro tanto ha sucedido con muchos cajeros, se habla de algunos que empleaban la brujería para dejar pegados en el asiento a su rival, otros que en plena competencia se les rompía el cuero de la caja e inmediatamente se valían de un pañuelo para remplazarlo y producir el mismo retumbo.

Pedro Urbaez, más conocido como Pedro Batata, por su musculatura voluminosa de los brazos y las muñecas, fue un típico exponente en los inicios de nuestro folclor, donde la supremacía sobre el adversario se entendía como alianza con Satanás.

Nació en alguna parte de la península de la guajira a principios de 1870. A la edad de cincuenta años, era reconocido en toda la comarca por dos hechos: ser un cajero de mucho brío, preferido por los mejores acordeoneros y porque nunca sus pies conocieron zapato alguno, sus pisadas quebrantaban las espinas de las tunas como si fueran galletas de soda y trituraban los bruscales y las bejuqueras secas del suelo sin inmutación.

En una ocasión que andaba de casería por las sabanas de Cotopri fue mordido por una culebra cascabel, con mala suerte para el reptil porque esto le causó la pérdida de sus colmillos que quedaron prendidos en la corteza rucha de su áspero talón.

Era tartamudo y vivió en Atanquez gran parte de su vida, donde llegó de paso, cuando iba en busca de los brujos nevadinos para que su caja recibiera los conjuros que le permitieran vengarse de una mala jugada que le habían hecho unos amigos de Fonseca, en asocio con unas brujas volantonas.

Jamás olvidaría aquella noche y en su mente se repetían las imágenes, las alimentaba para aumentar su odio. Desde el momento en que salió en su burro mojino cargado de yuca, auyama y mafufos, al que acosaba constantemente con el garabato de guayacán que había cortado en la tarde, recordaba que tenía que llegar antes que sus parientes fonsequeros se acostaran.

De pronto, en pleno camino, le sorprendió una luz intensa, se fue acercando y a tiro de piedra pudo ver lo que pasaba sobre un costado del camino por donde tenía que pasar, dentro de aquella luz parecida a una llamarada de alcohol se dejaba oír un palmoteo y los gritos placenteros de una fiesta; al acercarse más pudo ver un par de hermosas mujeres que salían a su encuentro, y sin reacción alguna suya, dejó que tomaran su jumento del pisador y lo condujeran al centro de la fiesta, los rostros de allí eran de mujeres lindas que lo miraban con expresiva simpatía, alguna de aquellas beldades le trajo un copón rebosado de vino con un ligero sabor a hierbabuena.

Entonces, su voluntad comenzó a separarse de su espíritu, y quedó al garete libre de los hechos. Se sentó y comenzó a reírse, entonces le quitaron el sombrero, le sirvieron un pedazo de pudín, y hasta una de las damas se quitó su collar y se lo colgó al cuello en medio de una risa total.

Después, el mundo se le fue yendo despacito hasta cuando todo le quedó turbio como un enorme borrón. Lo despertó el sol del día siguiente, cuando ya estaba alto, sentía que daba vueltas en un torbellino sin fin, pero, poco a poco, fue tomando conciencia de su propia existencia, el mundo maravilloso de la noche anterior, había desaparecido.

Su burro estaba allí riéndose sin risa, pues le habían sacado un boquete a su belfos superiores, dejando sus dientes al descubierto en una carcajada muda y eterna, a su lado estaba la copa en que bebió el vino, solo que ahora era una vieja bacinilla escarchada, que aun contenía residuos de meados, del pudín servido tenia residuos de boñiga fresca en la comisura de sus labios y en los espacios entre dientes, como collar lucía una sarta  de cagajones de burro secos, se dio cuenta entonces de que las brujas existían y por las muestras de sus mofas, hasta había bebido de sus orines.

El suceso que procuró mantener oculto se supo aun hasta en los pueblos más apartados, por el correo de las mismas brujas burlonas, con la credulidad de unos, la duda de otros y la cherchera de todos.

En Atanquez formó un grupo musical con varios acordeoneros: con Cristóbal Luqués, Félix Carrillo MIndiola, Agustín Moreno y Abraham Maestre, en su trashumancia anduvo por las regiones de El Paso y Rincón Hondo, era el cajero preferido de Pedro Nolasco Martínez (padre de Samuelito Martínez) quien tenía mucha resistencia para tocar el acordeón y en una noche cansaba dos y tres cajeros, lo que no sucedía con Batata que resistía toda la noche, hasta el amanecer.

Según la tradición oral el toque de Batata apagaba las lámparas de petróleo, lo mismo que los mechones, cuando lo hacía en recinto cerrado, la percusión de su tam, tam, tam, sacaba de su escondite a las tuquecas, alacranes, ciempiés y ratones, los cuales no aguantaban las vibraciones resonantes de su caja.

 

Arnoldo Maestre Arzuaga

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Datos bibliográficos: Rodolfo Ortega / Tradición Oral.

La narrativa de Nondo
Arnoldo Mestre Arzuaga

Arnoldo Mestre Arzuaga (Valledupar) es un abogado apasionado por la agricultura y la ganadería, pero también y sobre todo, un contador de historias que reflejan las costumbres, las tradiciones y los sucesos que muchos han olvidado y que otros ni siquiera conocieron. Ha publicado varias obras entre las que destacamos “Cuentos y Leyendas de mi valle”, “El hombre de las cachacas”, “El sastre innovador” y “Gracias a Cupertino”.

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