Lunes, 20 de nov de 2017
Valledupar, Colombia.

La familia de BoteroColombia sólo tiene tres clases de hijos: el hijo bueno, el hijo malo y el hijo tácito. Todos encuadramos en esa escueta definición.

Los padres se esmeran en la educación de sus hijos, largo tiempo de trasnocho, en consejos consuetudinarios para conservar la moral, escuelas de primer orden, tutores y mentores, universidades privadas y posgrados y doctorados en las mejores universidades del mundo para crear un hijo bueno. Va a los ministerios, a la presidencia, a las cortes, al congreso cuando se decide por la política, y a las gerencias de las compañías sobresalientes cuando se queda en la actividad privada… ¡No son más de cien mil personas! Casi siempre sus padres perdieron el tiempo con sus consejos.

El hijo malo es hijo del pueblo. Si va al cuartel, es como recluta (es una gran escuela de hijos malos el cuartel, porque toma al hijo del pueblo, lo lleva a la ciudad, de la que se enamora y nunca regresa al pueblo, y cuando se retira del servicio militar, solo sabe disparar).  En política, irán al congreso con artimañas, y a las asambleas. En la empresa privada, serán los dueños de las cooperativas de empleo, de los cultivos ilícitos, de la minería ilegal, del contrabando, o serán jefes de grupos delincuenciales. Nunca obtendrán un doctorado-No son más de un millón de personas.

Álvaro MaestreEl hijo tácito no tiene una descendencia específica, aunque normalmente es hijo del pueblo, que no lastima nunca, que no miente, que no engaña. Si se decide por la política, irá a las comunas como edil, al concejo de cualquier pueblo pequeño y escasamente a diputado de algún departamento pobre, A la empresa privada irá como celador, portero o jardinero y, a lo sumo, como capataz en las grandes construcciones de los hijos buenos o malos.

Para ellos, he hecho este poema:

 

LOS TRES HIJOS DE LA PATRIA

 

¡Eres grande todavía!

Solo estás adormitada,

te han sedado tus hijos,

tus hijos traidores,

tus hijos maulas,

tus hijos ingratos.

La viveza extraña de tus hijos,

que te venden tu alma,

que corroen, como hienas carroñeras,

tus entrañas,

que te roban el alma

y te desalman,

que derraman tu sangre

y te desangran,

que beben tu vino

y te emborrachan

y tu agua pura,

y la que queda,

la enturbian o la desaguan.

 

Pero eres grande todavía,

aunque estés adormitada,

y cansada de dolor, nunca te duermes

y en vigilia eterna te la pasas,

como la madre buena,

como la madre Santa,

que sufre cuando el hijo se le apaga,

y no importa si es bueno o malo el hijo,

lo que importa es que es hijo,

y no otra vaina.

 

Y como tú, está sedado tu hijo bueno,

¡Tu hijo bueno, que te ve hundir

y no hace nada!

que ve que te envilecen,

y no pronuncia siquiera una palabra,

que ve que te condenan las Potencias,

 

(Las ocho potencias desgraciadas)

y acepta la condena,  con pusilánime resignación

¡Y no hace nada!

y comulga con la penitencia

que te mata a tus hijos y a tu alma,

que mata al juez,

y al cura,

y al policía,

y al comediante,

y al campesino

y al inocente niño,

y que abre hueco nuevo al cinturón

y que arrasa tus campos y tus aguas,

y al mágico conejo

y las gráciles torcazas

y que pone el desierto en las montañas

y engendra hijos de seis dedos

y de brazos oblicuos y que echan babas,

de padres que ayer fueron normales,

y teratológicos abuelos del mañana,

que hongos biófagos te siembran en tu suelo,

que arrasan con tu flora y con tu fauna

y tu hijo bueno, no hace nada.

¡Nada!

 

No, no es del hijo bueno la esperanza,

ni del bueno, ni del vil,

porque son pocos los buenos, por fortuna

y por fortuna, son también, pocos los maulas.

 

Es de ti, del hijo tácito,

del hijo promedio,

del hijo abundante,

del que no chupa la sangre de la patria

y le crispa la obediencia vigilada,

del hijo que maneja los tractores,

del hijo que ordeña las vacadas,

del que recoge el fruto y no los prueba,

del que en la comba de la mano asienta el agua,

del carpintero,

que recicla los cadáveres de la tala,

del que pega los ladrillos en la tapia,

del que maneja el taxi

con un título profesional,

que consumió la mitad de sus pestañas,

del ama de casa, que contempla

como se desvanece la esperanza,

del raso en la milicia y en la armada,

que han puesto el pecho en la batalla

Y en  cuyo pecho, excepto de su luz,

no brilla nada,

del campesino, que siembra  los campos de la patria

y del obrero…ese nuevo miembro,

ese nuevo nombre de los manumisos.

De ustedes espera la patria,

que se afine la voz y las gargantas

para que sea Colombia,

nuestra patria,

¡Nuestra al fin!

Amada y respetada,

y despierta y vigilante y libre

y clara, como la luz de las mañanas.

[Maracaibo]

 

Álvaro Maestre García: (Villanueva-Guajira. Colombia 1951) De profesión carpintero, ha sido acusado de depredador del medio ambiente, pero él defiende la teoría de que los carpinteros no son depredadores sino ecologistas: un carpintero recicla los cadáveres de la tala. (Ver http://maestresalvaro.blogspot.com/). De él dice Silvia Betancourt “que hace puertas que son puertos para el amor. Comenzó a estudiar economía y desertó para refugiarse en la carpintería. Ha publicado “El Triunfo de la Palabra” (2004) y “Tejido de Viento”, una Antología en Venezuela y aparece en una Antología de los poetas del Caribe en Méjico. Tiene un libro inédito de sonetos (El Descaro Abismal de Confesarlo) y La Segunda Huida, en poesía. Su obra ha sido publicada en la Revista Puesto de Combate, la Revista Letras y la Revista El Parque. La Huida Definitiva es su primera novela.

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