Lunes, 11 de dic de 2017
Valledupar, Colombia.

El arte es un instrumento para interpretar  la modernidad, pues establece críticas frente a la misma. La novela, por ejemplo, es un género en formación y liberado de toda convención, que en Colombia ha presentado cierta tendencia temática hacia el fracaso, marcada por un pesimismo radical, una apuesta por mostrar la inmensa soledad que acoge a nuestra procedencia, cuyas raíces tal vez estén en el desencanto centenario de haber sido coaccionados por una cultura devastadora que exterminó una ideología local, que bajo la máscara de la evangelización mostró su potencia destructora y a nosotros como producto del exterminio; una catástrofe  que nos llevó a corroborar nuestra enorme imposibilidad de enfrentar la modernidad sin desencanto.

Como respuesta al fracaso, seguimos explorando la posibilidad de encontrar en el hibridaje cultural la mejor salida a la crisis, mediante la búsqueda de valores auténticos. Sin embargo, nuestra realidad sigue siendo evaluada desde patrones europeos, desconociéndose que esta nación es resultado de contrastes culturales, consecuencia del mestizaje, que dio paso a  una nueva raza, con una visión de mundo que no encaja en patrones de pensamiento elaborados desde afuera. De ahí que haya surgido una nueva conciencia colectiva cargada de un poder cultural que se desborda hacia lo exótico, lo desmesurado y lo grotesco, que muchas veces tiene consecuencias en fenómenos de violencia desarrollados a lo largo de la historia.

Nuestra realidad se confunde con la ficción literaria, de tal manera que es común encontrar en cualquier población los mismos hechos cotidianos que se novelan. Un buen ejemplo es la obra garcía-marquiana, donde hay elementos que desbordan la realidad desde el tipo de contrastes que proyectan, sin que dejen de ser estéticos. Vacas paseándose por el salón presidencial en El otoño del patriarcaLa cándida Eréndida y su abuela desalmada; un héroe que podía dormir en su caballo mientras galopaba, en El General en su laberinto y los derroches de dinero en parrandas vallenatas y comilonas desmedidas de Aureliano Segundo en Cien años de soledad.

Ya Eduardo Galeano en "Las venas abiertas de América latina", expresa como a partir del auge de cultivos como el café, banano y caucho se empieza a gestar en forma exagerada un nuevo estilo de vida basado en el derroche. Personas comunes y corrientes, se convierten en antihéroes que crean como paradigma la ostentación de poder, sustentado en un capital económico amasado en forma rápida, que genera al mismo tiempo la acumulación de un capital simbólico que le permite entronizarse como un modelo social a seguir.

De igual manera, nuestra cultura nacional goza del privilegio de la exageración, pero con profundas consecuencias en la manera de percibir la realidad, que se enmarca en procesos de violencia, muchas veces conducidos por el deseo de vivir en la comodidad, sin tener mayor imperativo categórico que los valores de cambio.

En las décadas  de los Setenta y Ochenta, fueron comunes los casos en los que narcotraficantes usaban inodoros de oro, poseían zoológicos dentro de sus haciendas y construyeron barrios enteros para la gente más pobre. Ellos produjeron cambios drásticos en la sociedad, a  medida que las masas populares los siguieron como posibilidad de mejorar sus condiciones económicas, convirtiéndolos en ídolos, instaurando una cultura de lo ilegal detrás de una caridad confundida con la legalidad.

Estos excesos en la manera de vivir son consecuencia de la búsqueda incansable de mostrar que seguimos atados al deseo de realizar nuestra propia experiencia a pesar de la velocidad con que hemos tratado de nivelarnos con Europa.  Es por eso que detrás de esa modernización subyace el amor por lo mítico, por lo salvaje, como si hubiéramos tenido que madurar a la fuerza y siguiéramos después de adultos asombrándonos con la ciencia de los juguetes. Por eso, la exageración se convierte en uno de los símbolos que mejor identifican nuestra cultura representada en un pueblo que vive con asombro lo mágico y a través de un escritor lo refleja  en forma crítica, mediante  la novela como escape ante el  mundo degradado a que está avocado.

 

Oscar Ariza Daza

@Oscararizadaza

Bitácora
Oscar Ariza Daza

Oscar Andrés Ariza Daza. Licenciado en Idiomas, Magíster en Literatura Hispanoamericana y estudiante de doctorado en literatura. Profesor investigador de la Universidad Popular del Cesar. Escritor y columnista del Diario El Pilón.

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