Viernes, 18 de ago de 2017
Valledupar, Colombia.

No pretendo con este escrito hacer apología al delito, ni mucho menos exaltar a un hombre que con sus actos delictivos, escandalizó y atemorizó a la sociedad vallenata de entonces.

Mi único talente es que las nuevas y venideras generaciones conozcan la historia verídica  de un “personaje” muy singular que nació, vivió y murió en esta ciudad, y a quien el compositor Wilson (Wicho) Sánchez compuso una canción muy popular y pegajosa, hasta el punto que una de sus estrofas fue tomada como estribillo por una famosa orquesta argentina, poniéndose de moda en toda hispano América. Además, fue amigo en su tiempo con personas que son hoy ilustres funcionarios públicos, eminentes profesionales y prósperos hombres de negocios.

Miguel Alberto Palacios Romaro nació el 27 de febrero de 1941 en el barrio la Guajira de esta ciudad, era el quinto de seis hermanos, muy enfermizo en su niñez, fue después de superar al tufo negro (dengue) cuando su madre se percató que su cuerpo se había llenado de pintas. Sorprendida, exclamó: “¡Dios mío, el tufo negro me dejó a Migue como un buey mariposo!” Así que, desde ese momento, llevaría ese remoquete para siempre.

Era un hombre descomunal, podía medir uno con noventa de estatura, de cuerpo atlético  y fornido, vestía siempre uniformado con ropas de dril y camisas mangas largas  que abotonaba hasta los puños, para ocultar las pintas de sus brazos.

Gracias a su figura gigantesca y a su gran fuerza, adquirió fama en la ciudad como gran trompeador (bueno para las trompadas). En sus peleas solía coger a los hombres por las muñecas, quitarse el cinturón y castigarlos a cuero limpio, de la misma forma que un padre castiga a un hijo.

Se convirtió en el terror de los porteros de los espectáculos públicos, de este modo para la temporada de carnavales tenía entrada libre en todos los salones de baile, los encargados de las porterías se hacían a un lado despavoridos al verlo llegar. Su entrada era triunfal y aplaudida por los bailadores, quienes interrumpían el baile para darle la bienvenida. La orquesta que amenizaba el evento suspendía su intervención para dar paso al animador, quien anunciaba su llegada.  Para conservar su fama, protagonizaba un escándalo cada fin de semana.

Una noche del 23 de noviembre de 1968 sucedió lo que tarde o temprano tenía que suceder: después de divertirse hasta muy tarde de la noche en un sitio de lenocinio, cuando se dirigía a su residencia fue abaleado a pocas cuadras del establecimiento donde se encontraba por desconocidos que se ocultaban en la oscuridad, gravemente herido fue trasladado a la ciudad de Barranquilla donde falleció.

Hoy solamente lo recuerdan las personas mayores, más que todo cuando en una parranda cualquier cantante espontaneó interpreta la canción que lo hizo famoso.

“En el Valle suceden tantas cosas,

Son cosas tan raras no deberían de suceder

Una tarde que resolví bañarme, cuando salí a la playa

Casi que me mata un buey”.

“Por los tiros que me hizo ese animal

Me imaginé que era un ser de la otra vida

Pero cuando me le fui acercando

Me pude dar cuenta que era el buey de la Guajira”

 

Arnoldo Mestre Arzuaga

La narrativa de Nondo
Arnoldo Mestre Arzuaga

Arnoldo Mestre Arzuaga (Valledupar) es un abogado apasionado por la agricultura y la ganadería, pero también y sobre todo, un contador de historias que reflejan las costumbres, las tradiciones y los sucesos que muchos han olvidado y que otros ni siquiera conocieron. Ha publicado varias obras entre las que destacamos “Cuentos y Leyendas de mi valle”, “El hombre de las cachacas”, “El sastre innovador” y “Gracias a Cupertino”.

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