Sábado, 21 de oct de 2017
Valledupar, Colombia.

Kajuma en su tallerEncontrarse con el artista Kajuma no es algo fácil. No sólo porque no dispone de un teléfono celular al que se le pueda contactar, sino que, además, tiene un ritmo de vida que impide verlo en cualquier momento.

Con el estimado pintor José Luis Molina, siempre receptivo a la hora de compartir estos momentos de diálogo artístico, me propuse llegar a su casa de manera incógnita. Quería sorprenderlo en su rutina creativa y así conocer al hombre que, a través de sus cuadros, ha sabido agitar la vida cultural de Valledupar a lo largo de más de 40 años.

Durante un instante, pensé que no lo lograría. Las puertas y ventanas de su casa en el barrio Dangond permanecían cerradas con candados de un tamaño inusual. Señal de un viaje lejano o de un encierro imperturbable. Los gritos de mi amigo pintor –y los míos un poco más recatados- no sirvieron para romper el silencio de la casa.

Así pues, el retiro parecía inevitable. Decidimos consultar a los vecinos y, ellos, acostumbrados a las concisas desapariciones del pintor, nos aconsejaron volver un poco más tarde o bien dejar un número de teléfono para que Kajuma en persona nos devolviera la llamada.

El encuentro se materializó en la tarde. El artista me sugirió por teléfono que pasara después de las cuatro. Ya no estaban los candados, y una ventana de la entrada yacía abierta, sin embargo, eso no impidió acudir al grito típico de presentación: ¡Ka-Ju-Ma!, exhalado con todo el aire que uno pueda encontrar en los pulmones.

El hombre apareció un poco más tarde, cuando ya estábamos a punto de desistir. El semblante tranquilo y sonriente, se abrochó la camisa, se peinó el pelo con la mano izquierda, sonrió brevemente, y nos saludó con un efusivo apretón de mano (de esos que siguen sintiéndose durante todo el encuentro). El hombre se presentó y enseguida averiguó mi nombre: “¡Tú apellido suena francés!”, me dijo y, después de confirmarle mi procedencia, me presentó con un viento de entusiasmo una serie de diez obras de tamaño variado en las que está totalmente volcado: en cada una de ellas reluce un surrealismo del que ya no parece distanciarse, marcado por un notable color tierra y siluetas de mujeres con curvas despampanantes.

Seguimos hablando en el idioma galo durante breves segundos. El tiempo de evocar algunas experiencias por el continente europeo, momentos inolvidables de aprendizaje, enamoramientos tormentosos, anécdotas de artista, recuerdos que con el idioma francés se ven engrandecidos. Finalmente, volvemos al castellano. Un terreno más cómodo, sobre todo ante la presencia del pintor José Luis Molina que de francés sabe tanto como de chino (o quizás un poco más).

En Bruselas, Kajuma estudió artes plásticas durante cuatro o cinco años, antes de viajar a España y, luego Suecia. “¡Barcelona fue un desmadre!”, me comenta con una sonrisa pícara. El gesto de la mano con el que acompaña su expresión me hace entender el motivo. En esa ciudad del litoral mediterráneo y en la sureña Sevilla, Kajuma descubrió la hermosura española. Mujeres de carácter y de pelo negro. Mujeres enamoradizas. Mujeres que vibran al sonido de las palabras tiernas y susurrantes. Ante nosotros, Kajuna expresa su apasionamiento con elocuencia y nos hace algunas confidencias.

“¡El amor no dura! –comenta Kajuma–. Desaparece. Pero a mí me encanta el principio. Me encanta cuando empiezas a conocer a la persona. Los olores y colores. Luego, todo acaba. Todo se termina, menos el arte”.

Entre una anécdota y otra, Kajuma nos invita a un jugo de uva. “Favorece la circulación de la sangre”, nos dice para persuadirnos y, en cuanto aceptamos, sale corriendo para comprarlo en la tienda de la esquina.

En ese corto tiempo, recorrí el taller con una mirada indagadora. Es, sin lugar a dudas, el más amplío que existe en Valledupar. Mitad casa, mitad taller, el hombre dedica la mayor sala a la creación y deja en el suelo el fruto de su trabajo: los restos de tubos de pintura se apilan como trofeos de una competición sin fin. En algunas paredes, resaltan unos mosaicos al estilo de Gaudí con forma de lagartos y otros animales predilectos del artista catalán

Al instante, Kajuma vuelve con dos bebidas en las manos. Una para José Luis y otra para mí. Él, de pie, visiblemente animado por la visita, reconoce que copió esos decorados de Gaudí y que, más tarde, los visitantes fueron copiándolo. “¡Ellos se pensaban que estaban copiando a Kajuma!”, expresa el pintor con un tono sarcástico. Su humor lo invade todo, es contagioso y sutil. Le respondo en algunas ocasiones y con un aire extrañado le dice a José Luis: “Él también es mamador de gallo”.

El hombre nos explica su rutina laboral. “Yo no tengo mucho contacto con la gente –me explica–.  Hay gente que se la pasa hablando de arte en un parque, pero yo, ¿Qué voy a hacer allá? Para eso me quedo aquí en mi taller a pintar”. Luego, enfatiza los horarios. Pinta desde las tres hasta las 9 de la madrugada, y luego se va a la cama. En la tarde, vuelve a pintar desde las 4 hasta las 11. Horarios que lo desconectan totalmente del mundo. “Así duro 6 meses seguidos y luego paso otros 6 meses saliendo –me comenta con una sonrisa antes de añadir–: A la gente le digo que me he ido a México y en realidad estoy aquí. Para mí, la madrugada y la noche son para pintar. Cuando me encierro, me encierro en serio”.

La pintura se ha convertido en su vida. Kajuma es pintura. De tal modo que no concibe una existencia donde la pintura no esté. Hay que vivirla plenamente, sin límites, dejándose llevar por ese enardecimiento, pero siempre teniendo claro que por encima de la pintura no hay nada. De hecho, Kajuma me habla de artistas plásticos que se dedican a hacer un poco de todo: pintan, cantan, componen y escriben. Para él esto es dispersión. “Hay que intentar hacer una cosa bien”, insiste.

De su Convención natal, poco me cuenta, y es que, con el tiempo, Kajuma se ha convertido en el artista de Valledupar. El testigo de todos sus cambios. El que se ha atado a esta ciudad, el que ha luchado por estar en ella, y el que ha logrado hacer de su arte uno de sus estandartes. Esa voluntad y esa convicción se integran en su firma.

Antes de retirarnos, Kajuma me saluda en francés. “Me sale mejor cuando bebo whisky”, me dice. Le respondo que a mí también me pasa lo mismo. Ahí dejamos el tema. Quizás sea para un próximo encuentro. Quién sabe.

 

Johari Gautier Carmona

Para PanoramaCultural.com.co

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