Lunes, 19 de feb de 2018
Valledupar, Colombia.

Juan Pablo Castro en su casa Visité su casa un día de julio entre semana, era una tarde más gris de lo normal, aunque el bochorno se hacía sentir con fiereza. Me dejé tentar por las invitaciones del pintor Joner Rojano, quien llevaba tiempo comentándome la necesidad de presentarme. “Ya verás, es un tipo que debes conocer”, me repetía con un tono que contribuía al suspense.

Nos subimos a un taxi –un medio idóneo para compartir anécdotas, sobre todo cuando el chófer aporta las suyas– y, pocos minutos después, nos hallábamos en el conjunto cerrado en el que vive Juan Pablo Castro, en el Novalito.

Espaciosa y cuidada, la entrada anunciaba un lugar agradable. Una piscina a un lado, un kiosco en frente. Son detalles que invitan a tomarse las cosas con calma, pero Joner no quiso perder un solo instante, y con ese deber en mente, se precipitó hacia la puerta de entrada para timbrar.

El anfitrión nos acogió con una gran sonrisa y un fuerte apretón de mano y, tras una leve presentación de mi parte, nos invitó a que pasáramos en el interior de su casa. De inmediato me llamó la atención un cuadro de casi dos metros de alto por dos de ancho. “Ésta es una obra de Joner”, explicó Juan Pablo deteniéndose un breve segundo. Los rostros expresivos y cuadriculados de los protagonistas se me hicieron conocidos. Era muy parecido a los retratos que había podido ver en la última exposición de la Casa de la Cultura de Valledupar –que fue, de hecho, la exposición más corta que haya podido ver el arte local–, pero en este caso, se beneficiaban de un color y una iluminación suntuosa. En el arte, como en todo, el decorado tiene su importancia.

Juan Pablo nos guió hacia el interior y me enseñó lo que atesora en su casa con el mayor de los gustos: dos pinturas abstractas de Douglas Mendoza, otra del Mono Quintero, unas incomparables piloneras de Arturo Castro Castro sobre un verde intenso que me generaron mucha impresión –por fin encontraba una obra de Arturo colgada en un muro de Valledupar–, y luego, siguieron otras obras de Celso Castro y unos gallos majestuosos de Kajuma.

De todas las obras, esta última fue la que más me impactó. No sólo por el hombre extraordinario que hay detrás de ella y el símbolo de un artista totalmente rendido a su arte, sino por la belleza en sí de la escena. Eran dos gallos pintados con unos trazos enérgicos y colores tenues que daban una sensación de movimiento y solemnidad. Una pieza de una grandísima calidad que me permitió evocar mi encuentro con Kajuma unos días antes. “Me gustaría conocerlo”, me respondió Juan Pablo con gran interés.

A continuación buscamos un espacio donde hablar. Nos sentamos en el comedor de su casa –convertido en una de las galerías más atractivas de la ciudad– y ahí fue donde pude escuchar la historia de Juan Pablo Castro, un empresario y ganadero que valora el arte como pocos en este departamento. Su relato  nos trasladó a principios de los años 90, cuando, después de haber estudiado administración de empresas en la Universidad de la Sábana, se fue a Estados Unidos unos meses para consolidar su inglés y conocer más del mundo. Su experiencia en Los Ángeles no le gustó, pero le ayudó a cambiar ciertas cosas. “Había unas costumbres que no me convencían –explica Juanpi–. Un consumismo exagerado, bienes usados por famosos y vendidos a precios altos, pero vi que la gente planificaba  y decidí organizar mi vida”.

Al regresar a Colombia en el año 93, Juan Pablo se encontró con su primo Celso Castro en Bogotá. Allí decidió quedarse un tiempo y aprovechar para conocer a artistas y visitar museos.  “Celso no quería volver a Valledupar –explica Juan Pablo–. Lo veía como una derrota”.

En el año 1996, Juanpi terminó sus estudios y resolvió volver a Valledupar. Dos años después, se casaba con su esposa, Ana Emilia, y se instalaba en su nueva casa en Villalba. En ese momento, solicitó ayuda a Celso Castro. Su plan era novedoso para la época –y sigue siéndolo más de 15 años después en Valledupar–: adornar su casa con arte conceptual y empezar una colección de obras de artistas locales. Animado por esa iniciativa, Celso lo condujo al taller de Joner donde descubrió el cuadro “Primavera” y, después de una leve negociación, se la llevó a casa como regalo de matrimonio para su esposa.

Lo cierto es que, pocos días después, unos bogotanos apasionados de arte –que habían visto la obra expuesta en la sala de exposiciones de la Biblioteca Rafael Carrillo– irrumpieron sorpresivamente en su casa con el fin de comprar el cuadro. “Querían comprarlo por 25 millones de pesos”, comenta Juan Pablo sonriendo. Le pregunté si había pensado en venderlo, y el entrevistado reconoce que fue tentado, pero su esposa prefirió quedarse con él alegando que era un regalo irrepetible de matrimonio.

“En realidad, todo esto me gustó –sostiene Juan Pablo–. Pensé que el arte podía ser algo interesante para invertir. Entonces, busqué a Celso y le pregunté que me presentara a más artistas”.

El resto de la historia puede explorarse en el interior de la casa del Novalito. Juan Pablo empezó a conocer más artistas y a comprar obras originales, pero no lo hizo solamente por interés económico. Fue imponiéndose el amor por el arte y la agradable sensación de que, al mismo tiempo que su casa se embellecía, los artistas locales se animaban a crear obras más asombrosas.

Entre las innumerables anécdotas que rodean los cuadros de su vivienda, Juan Pablo Castro recuerda el del artista Arturo Castro con especial cariño. “Vi a Arturo en uno de sus viajes a Valledupar –comenta JuanPi–. Estaba bastante desmejorado, y traté de ayudarlo para que fuera al médico y se recuperara”.

Pocos meses después, Arturo Castro volvía de Bogotá agradecido y con una obra de arte debajo del brazo. “Me la quiso regalar pero yo le dije que se la compraba –explica Juan Pablo–. Luego, acordamos que me haría otra pintura en regalo”. Esta última es la que puede apreciarse en el salón de su casa.

Hoy, Juan Pablo disfruta con intensidad del espectáculo que atesora sus paredes. “Muchas veces me siento en la sala y aprecio el arte”, expresa con tranquilidad. Le encanta la pintura, lo valora, y se alegra de dar oportunidades a los talentos locales. “Yo disfruto del arte comprando cuadros”, me asegura antes de despedirse.

 

Johari Gautier Carmona

Para PanoramaCultural.com.co

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