Sábado, 25 de mar de 2017
Valledupar, Colombia.

La iglesia de Pueblo Bello (Cesar)  / Foto: archivo PanoramaCultural.com.coCon este titular en el  año de 1939, Enrique Bernal Moreno, próspero comerciante antioqueño, residenciado en la ciudad de Barranquilla y columnista del reconocido diario El Heraldo daba comienzo a su acostumbrada columna, refiriéndose a nuestro querido Pueblo Bello.

En su escrito hace un paseo narrativo y alude a ese lugar como el celestial refugio vivencial, describe su agradable clima, sus lomas, las exuberantes sabanas, los jardines, frutales y sus coquetos paisajes de cara a la nevada.

Gracias a este artículo que movió al círculo social frecuentado por Moreno Bernal aparecen en Pueblo Bello distinguidas familias provenientes de la capital del Atlantico, en su mayoría propietarios y distribuidores de registradas marcas de productos comerciales, como Andre Cortés, propietario de caramelos El dromedario; Sergio Villalba,  gerente de café Almendra Tropical, Juan Isasa, representante de la firma Philips, los hermanos Puchini, propietarios de Pastas Puchini, Adolfo Graubar, exportador de hierro prensado al Japón (chatarra) Nestor Ballestero y su cuñado Orlando López, quienes más adelante se vincularon a la ciudad de Valledupar donde montaron una ferretería y eran los distribuidores exclusivos de láminas Eternit.

A pesar de ser personas citadinas, se sometían al duro viaje a lomo de mula. En aquella época no existía carretera alguna entre Valledupar y Pueblo Bello, lo que representaba una experiencia muy dura, sobre todo para sus señoras e hijas, quienes estaban acostumbradas a pasearse en sus modernos automóviles por las calles pavimentadas de la “Arenosa”.

Decidieron entonces estos hombres expertos de los negocios, asociarse para comprar una avioneta con capacidad para seis pasajeros; eran dieciocho socios y cada uno aportó la suma de mil pesos, para un total de $18.000. Entre los socios estaba mi padre Osvaldo Mestre Medina, oriundo de esa localidad, que por su educación y finos modales, se ganó la confianza y admiración de los nuevos inversionistas.

Como en la localidad no había pista de aterrizaje, la construyeron en la calle principal en tres días, con la participación de todos los habitantes. La llegada del avión los tenía emocionados, trabajaron incansablemente con pico, pala y carretilla hasta terminarla.

Se da entonces el gran salto, de la mula al avión, iniciando los viajes de Pueblo Bello-Valledupar-Barranquilla y viceversa. El pasaje costaba de Pueblo Bello a Valledupar quince pesos, de Pueblo Bello a Barranquilla ciento cincuenta pesos y un expreso de Pueblo Bello a Valledupar también ciento cincuenta pesos.

Esta avioneta era piloteada por el capitán De La Rosa, quien pagó su acción en descuentos a destajos que le hacían de su sueldo. El valenciano Miguel Rosado, quien ya trabajaba con Andrés Cortes,  era el encargado de autorizar los vuelos. Con un trapo rojo, hacía señas al piloto para indicarle que no había animales en la pista.

El paisa montañero, les describe “El paraíso” y cuando lo conocen, opinan que éste se quedó corto en su descripción, todos quedan encantados del lugar, casi todos construyeron viviendas recreacionales, compraron fincas e hicieron mejoras hermosas. Don Andrés Cortes instala una colmena para la explotación apícola, produciendo la miel para sus caramelos, también aprovecha las guayabas silvestres para producir la pasta que después enviaba a su fábrica en Barranquilla donde se moldeaba y se le imprimía la marca: “Bocadillos Dromedario”.

Hoy, todos han muerto, pero sus obras están allí. Como ejemplo para las nuevas y venideras generaciones, para que recuerden que a este lugar llegó un día ilusionados por el titular de un periódico, un grupo de hombres emprendedores y futuristas, que al igual que Cristóbal Colon con su América, murieron convencidos de haber vivido en el paraíso terrenal.

 

Arnoldo Mestre Arzuaga

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