Miércoles, 20 de sep de 2017
Valledupar, Colombia.

Portada El origen de los tiempos / Ed. AlfaguaraEl arte se propone, entre muchas otras cosas, criticar los procesos de modernidad y modernización que se generan en la sociedad y con los que, sin lugar a dudas, el ser humano concreta su propia derrota.

Después del renacimiento, la literatura se alejó de los presupuestos platónicos que sugerían que el arte debía ser moralizante y didáctico, y se alistó, más bien a reconocerse como una forma de disfrute y emancipación, mediante el cual es posible configurar un pensamiento libertario en quien lo produce y en quien lo consume. Así, mediante el arte es posible consolidar la memoria de un pueblo y testimoniar, de ese modo, que la única forma que tiene el hombre para mantener su identidad es acercándose al arte y recreando su realidad mediante esta práctica intelectual hasta dejar testimonio de su cultura e ideología.

Por eso, toda obra de arte (aunque no se lo proponga) es una crítica hacia ese fenómeno que ha traído consigo el cataclismo socioeconómico y la decadencia cultural. Y todo, porque a pesar de que la modernidad trajo avances tan significativos (ya conocidos) a su vez ha propiciado la mala repartición de tantos capitales, lo que ha desembocado en guerras y confrontaciones de todo tipo. Y cuando hablo de guerra no me refiero a la confrontación bélica solamente, sino a aquella que como miembros de una misma colonia tenemos que librar para sobrevivir,

El Quijote, por ejemplo, es una muestra de que la literatura (una de las artes) es una posibilidad de plantear la interpretación de diversas realidades hasta conseguir expandir una posición crítica frente a aquellos procesos que consiguen aculturizar al hombre y en cierta medida alienarlo hasta separarlo de la realidad real en la que vive, y situarlo en una mucho más sintética y difuminada. Recordemos el aparte aquel donde Alonso Quijano se enfrenta a unos molinos de vientos que para la época representaban la vanguardia en tecnologización.

Y si tomamos al azar, por ejemplo, las novelas escritas durante el boom latinoamericano, encontramos que todas tienen en común el enfrentamiento entre familias, la lucha de clases, la presencia de guerra, la mala repartición de los patrimonios, la presencia de las dictaduras, las diferencias sociales, la pobreza, las pestes; todo esto, (que gracias a la elaboración estética que hacen los autores no siempre se nos es revelado), a veces nos permite detectar que detrás de esos temas hay una fuerte resistencia por parte de los artistas hacia la pérdida de valores como la amistad, el amor, la solidaridad, el festejo social, y lo más representativo, la paz.  En García Márquez, por ejemplo, la presencia de Melquiades no trajo otra cosa que conflictos, que, a la larga, ocasionaron la destrucción de Macondo. Esto solo por citar un ejemplo de los muchos que sin dudan redundan en la literatura latinoamericana.

Pero ante los avances de la modernización, la tecnologizaicón y la globalización no hay nada que hacer; por ello, la única forma que les queda a los artistas o escritores para contrarrestar esos procesos violentos es mediante el homenaje a temas como el arraigo, el amor a la familia, y al apego por lo autóctono. Ante la lucha agresiva de la sociedad moderna, que decide el camino por todos tomados, tenemos solo la posibilidad de aferrarnos al pasado y tratar en lo posible de plasmarlo para que quede como testimonio de una sociedad que quizá en algún momento fue feliz.

Y qué más prueba de los estragos de la modernidad que la expansión demográfica originada por el auto desplazamiento de familias a la periferia de las grandes ciudades, quienes, por la violencia deben abandonar sus tierras y emigrar a la urbe. Es la modernización la que origina el nacimiento y la implementación de los modelos de producción y económicos con lo que se escinde la igualdad y la justicia. Es por la modernización que llega la industria y al tiempo que crea desarrollo ocasiona un impacto ambiental que nos enferma y mata. Ese dilema, —en que se supone que debemos cambiar felicidad y tranquilidad por  desarrollo y confort—, lo plantea el arte y ante eso no tiene otra opción que una visión romántica, escéptica o pesimista.


Pablo Ramos / Foto: AlfaguaraXXSi analizamos someramente la propuesta de Pablo Ramos podemos descubrir, sin mucho esfuerzo, que  el autor argentino no es ajeno a los problemas sociales que se han originado en América producto de la modernidad. Nos plantea lo muda que es la sociedad que permite que un ser humano conviva por treinta años en un cementerio mientras que otras disfrutan de las comodidades. Es una sociedad que ha acostumbrado a sus niños a ver en la escuela una imposibilidad de ser felices y emigrar a la calle en busca de aventuras que en el caso de El origen de la tristeza no dejan de ser trágicas. Es una sociedad donde la fetidez y la inmundicia pasan a la vista de todos mientras nadie hace algo realmente importante por confrontarlo o evitarlo. Es una sociedad donde los mejores momentos se pasan en una cantina donde se diserta sobre cosas elementales mientras la casa se cae a pedazos y sus miembros viven un mutismo agónico. Es una sociedad que ve cómo los niños conforman microbadas para ser felices con lo que se exponen a la delincuencia y. por ende, a la muerte.

Pablo Ramos nos presenta una realidad vista a través de un infante que recorre su espacio y cuyo interés no va más de masturbarse mientras su familia se acaba por los problemas y las deudas. Creo que nada de eso es gratis. Me resisto a creer que Ramos, quien vivió mucho de lo que le pasó a Gabriel (el personaje central), no quiera decirnos que esta sociedad en la que él estuvo obligado a crecer, lo aventó a la calle para que sobreviviera. No creo que en la psiquis de Ramos no haya una necesidad de “vengarse” de esta sociedad argentina en la que creció, mostrando la decadencia y la tristeza. Me parece que este libro es un testimonio real de que nos hundimos mientras creemos que es un chiste de Garzón; donde disfrutamos montados en un lamborghini el tiempo de espera en un semáforo mientras un niño nos toca la ventanilla para pedirnos una moneda.

Toda la posible felicidad de Gabriel se fue acabando: el incendio del viaducto (hermoso símbolo de pureza), la decepción que se llevó de la escuela donde había llegado con una esperanza equivocada, el intento de suicidio de su madre de quien no sabemos más que su silencio y sus caricias, el asesinato del Tumbeta, el abrazo de Gabriel a la madre de su amigo en el velorio mientras su pene empezó a agrandarse; el acabose del taller de su padre, y con él la disolución de su familia, y por último, el quiebre de su apreciado estaño de peces donde nadaba feliz una parte de la naturaleza. ¿Qué más le puede quedar a un niño que ha perdido el origen de su felicidad? Ante todo lo bello perdido, le queda un recurso: recordar y construir una memoria inmóvil que festeje lo perdido.

Esta obra de Pablo Ramos es, sin duda, un homenaje a la infancia, a los amigos, a la ciudad, a la decadencia, a la casa, al tiempo. Es una pieza narrativa alejada de la retórica  y los tecnicismos; una pieza de arte que nos sitúa casi por adición en la mente de un pequeño que nos va contando su vida, como si nosotros estuviéramos interesados en saber acerca de sus vicisitudes y sus alegrías, pero con las que, de forma extraña, nos sentimos identificados.

Piedra de sol
Félix Molina Flórez

Félix Molina Flórez (Valledupar 1986). Docente, promotor de lectura y bibliotecario. Ha publicado algunos textos poéticos, narrativos y ensayísticos. La columna "Piedra de sol" es un espacio donde se abordan temas relacionados con la literatura, la cultura y las artes en general.

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