Miércoles, 20 de sep de 2017
Valledupar, Colombia.

La sociedad política que el nigeriano Chinua Achebe relata en Un hombre de pueblo, se resume bajo el rótulo de “come y deja comer”.

La sentencia reiterada y ocurrente, también es una afrenta que padece un pueblo con un evidente rezago colonialista, en donde el funcionamiento de las estructuras del poder, se supedita al tráfico de influencias. Tanto así que el colectivo repite el famoso dicho “que después de la independencia no importaba lo que sabías, sino a quién conocías.” Y en el presente inmediato, la sabiduría popular sabe que hay que darse a conocer ante el ministro de Cultura M.A. Nanga, recién llegado a su pueblo de Anata.

El narrador de este sainete es el profesor Odili Samalu, concienzudo crítico de un régimen que a su vez, condena el intelectualismo de influencia occidental. Marcado por la muerte de su madre, Odili se distinguirá por haber estudiado becado toda la vida. Cuando va a hablar con el padre sobre su posgrado, aquel le responderá que deje “esa tontería de la enseñanza y busque un trabajo en el gobierno: que ministros, empresarios y parlamentarios tenían menos estudio que yo.”

Es claro que en el imaginario colectivo la educación no es necesaria para acceder al poder. Incluso el jefe Nanga en la inauguración de una exposición de libros de autores nigerianos, no reconoce a la mayoría de ellos. Odili Samalu en alguna ocasión fue alumno dilecto del jefe Nanga. Por eso despierta su interés en el homenaje que se le brinda en el instituto de Anata. A pesar de los celos del  dueño de la institución, Odili se sentirá incómodo por tal reconocimiento. Hoy día, el ministro de Cultura representa la corrupción en persona. Todos saben que el interés del jefe Nanga en la construcción de una carretera, es para facilitar el transporte de votantes en sus buses particulares.

Sin embargo esta realidad no trasnocha a nadie. El jefe Nanga, es un hombre del pueblo. Y ser un hombre del pueblo significa asumir una actitud paternalista sobre las personas que según el profesor Odili, al seguir rigiéndose por el corazón y no por la cabeza, lo atornillarán en la silla del poder.

El ministro ejecuta a la perfección el arte histriónico de la política; saca del ruedo a sus contendores; corrige a quienes no están vestidos según el protocolo; soborna dignidades; cambia a su esposa por una mujer florero; exalta el nacionalismo en público y en privado, confiesa que prefiere contratar personal europeo en asuntos de infraestructura. “Somos ignorantes y somos niños” afirma un anciano en elecciones. De su frase se deduce la negación a la adultez, a tener una conciencia crítica para elegir un destino común. Como niños ignorantes esperan que el jefe resuelva sus necesidades básicas particulares. Y cuando cada quien piensa en sí mismo, el otro, que es fundamental en el ejercicio de la ciudadanía, se invisibiliza en la mirada.

El profesor Odili Samalu, es nombrado delegado de la zona sudeste de Nigeria del nuevo partido político llamado Asamblea de la Gente Corriente (AGN). Aunque saben que no van a ganarle a los buitres de los dos partidos tradicionales, los miembros deciden esperar su cuarto de hora. La decisión de Odili de pelear el escaño del jefe Nanga, vacío por un escándalo de corrupción, es tomado por éste como una traición íntima. Odili había disfrutado de unos días en su casa de la capital. Intenta sobornarlo con una beca en el exterior, afirmándole que “siga estudiando que el país necesita expertos como él; que el juego sucio de la política se lo deje a los que sabemos como jugarlo.” No obstante la advertencia, Odili continúa en el juego, disfrutando la adrenalina del poder. En su campaña descubre que es casi imposible tener las manos limpias. Desde las multinacionales extranjeras hasta el pueblo raso, todos quieren una tajada del “pastel nacional.”

“Si alguien quiere hacerte ministro, tú dile que no. No es buena vida” afirma repetidamente el jefe Nanga. Esta frase de doble sentido hace parte del humor negro que Chinua Achebe despliega en Un hombre del pueblo para mostrar la infamia de toda una sociedad corrompida. Odili recuerda que cuando su amigo Max  suelta un discurso sobre la corrupción gubernamental, la risa del público es de resignación ante el infortunio… En últimas se ríe para no llorar.

El descaro de los dirigentes es compartido por el mismo pueblo, que riéndose atestigua su tragedia de siempre: “Dejadlos que coman-era la opinión de la gente-; después de todo, cuando los blancos lo devoraban todo, ¿nos suicidamos?” Por supuesto que no. ¿Y qué ha sido del todopoderoso hombre blanco? Vino, comió y se marchó. Pero nosotros seguimos aquí. Así, pues, lo importante es seguir vivos; si lo consigues, superarás el infortunio del presente. Lo más importante, como nos han dicho los ancianos, son los recuerdos; y eso solo pueden tenerlo los que han sobrevivido. Además, si sobrevives, ¿quién sabe?, tal vez te tocará comer a ti mañana.”

 

Luis Barros Pavajeau


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