Martes, 12 de dic de 2017
Valledupar, Colombia.
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Imagen extraída de la portada de Tu rostro mañana, de Javier Marías, comienza con un arrepentimiento: “No debería uno contar nunca nada, ni dar dato ni aportar historias…” Al final de ese primer capítulo desarrolla un velado e inútil consejo: “Callar, callar es la gran aspiración que nadie cumple ni aun después de muerto.”

Es, si esto puede decirse sin caer en la simpleza, la historia de un grupo de elite de espionaje nacido durante la Segunda Guerra Mundial, que trataba de anticipar, mediante la observación de gestos y palabras, lo que una persona podría hacer o no hacer en el futuro (“Presciencia, [en los griegos], era el conocimiento de las cosas futuras, o el saber previo de los acontecimientos a ciencia cierta”). Los fundadores han sido ex alumnos y profesores de Oxford, el grupo trasciende la guerra hasta nuestros días, cuando se convierte en una empresa privada que hace consultoría a empresas privadas y estados relacionadas con guerras, golpes de estado, negocios. Los tres libros de esa novela de 1600 páginas ubican el centro de sus historias en el lenguaje, en el habla, en su misterio.

Lo que se dice no tiene reversa, como una lanza, como una flecha: a lo que no tiene regreso se le teme, pero nadie aprende; en tiempo de guerra, de conflicto, se le teme aún más a la palabra suelta, libre. Cuando en Inglaterra comienzan las campañas para no hablar más de la cuenta, para evitar hablar sin cuidado y con ello ocasionar que el enemigo “pare oreja”, el mensaje va dirigido a toda la población: militares, amas de casa, padres de familia, niños. Los anuncios, algunos unas verdaderas joyas en el arte de los carteles, proponían que el callar podía salvar vidas pues los espías nazis estaban al acecho. Uno de los personajes de la novela analiza así esa campaña: “De pronto a la gente le fue presentada su propia lengua como enemiga invisible, incontrolable, inesperada, e imprevisible; como la peor, la más asesina y la más temible… Se alertó a la gente contra su principal forma de comunicación; se la hizo desconfiar de la actividad a la que se entrega y se ha entregado siempre de manera natural, sin reservas, en todo tiempo y en todo lugar, no solo aquí y entonces, se nos enemistó con lo que más nos define y más nos une: hablar, contar, decirse, comentar, murmurar… Si algo hacen o hacemos todos que no sea una estricta necesidad fisiológica, si algo nos es en verdad común en tanto que seres con voluntad, eso es el hablar.”

Los estragos de hablar sin cuidado, careless talk, se evidencian en una historia que queda en suspenso desde el primer libro y que se resuelve en las últimas páginas del tercero: una joven inglesa recibe una información casual de su amiga de infancia austriaca, que ella convierte en un valioso informe de guerra para los británicos. A partir de allí, gesta una acción que deja como resultado exitoso la baja de un alto oficial alemán y su posterior ajusticiamiento por el Reich. Pero las cosas que ocurren en la guerra tienen otro color y sentido cuando se viven tiempos de paz: ese acto de degradación de un alto militar nazi, desencadena otras muertes que en el momento no se previeron, como los dos pequeños hijos y la esposa de este militar, un hecho que no se pensó en el momento y cuya noticia llega en forma de carta años después, en 1941, cuando ella vivía olvidada de todo, dedicada a sus estudios en Oxford. La joven de 21 años nunca pudo recuperarse de ese zarpazo del destino, de los pliegues del tiempo que delimitan la paz y la guerra, que nos dejan ver el obsoleto rostro de un enemigo después de la guerra, un rostro que, viéndolo en la serena distancia es mucho más que él, pues es mucha la gente y el tiempo y las historias bondadosas y perversas las que forman un rostro.

Ese momento es narrado casi sin interrupciones: “En todas [las guerras] caen inocentes y se cometen errores y frivolidades, y siempre hay políticos y militares imbéciles o desaprensivos, en todas partes. ¿Qué te crees, que yo no he hecho cosas repugnantes, si las miro ahora, o en el futuro, que tal vez me podría haber ahorrado? … Lo son ahora y lo serán más dentro de un tiempo, cuanto más lejanas, pero no lo eran entonces. Y eso es lo que no puede hacerse, mirarlas desde sus circunstancias y en frío. La vista no se vuelve atrás después de una guerra, ¿no lo entiendes? Para poder seguir viviendo.”

Un libro antes, el mismo personaje ha prefigurado esa conversación: “Y qué increíble desperdicio… No sé. Se recuerda y no se cree. A veces me parece mentira haber vivido todo eso. Uno no ve el porqué, sobre todo, al cabo de los años cuesta aún más verlo. Nada de lo grave parece nunca tan grave, al cabo del tiempo. No como para iniciar una guerra.”

Cuando salió publicada la novela, Marías diría en una entrevista en Malpensante: “Frente a esa idea que se ha esgrimido alguna vez de la novela como una forma particular de conocimiento, yo la veo como una forma de reconocimiento. Con esos autores que ven, que se atreven a mirar las cosas como son –pienso en Shakespeare, en Conrad, en Proust-, uno a menudo tiene una fuerte sensación de verdad precisamente porque reconoce lo que dicen. Uno dice: ‘Sí, esto es así, es verdad’. Y no te están haciendo una revelación, no estás accediendo a un conocimiento nuevo. Estás viendo algo que sabías pero que no sabías que sabías. Lo reconoces porque lo has vivido, y a veces son cosas no muy gratas. Proust es quizás uno de los autores más crueles de la historia de la literatura. Cruel en el sentido de que rara vez se engaña: nos dice cosas muy duras, pero quien acepte meterse en esa verdad dirá: ‘Sí. Así es’”.

Por eso leemos, quizás como Faulkner: por cruzar la oscuridad de un campo a media noche con una cerilla que nos dirá lo que ya sabemos: que nos rodea la oscuridad.

Tu rostro mañana parece contado por un narrador descuidado que se pierde en las revueltas de otras historias, desdeñando la que nos tiene agarrados del cuello (un gato maula jugando con el mísero ratón, como dice el tango); los lectores podemos sentirnos defraudados por las excesivas digresiones que pueden extenderse por páginas y páginas para luego retomar ese elusivo, inaprensible centro, entonces nos damos cuenta de que no podemos dejar a un lado una historia tan llena de otras historias; no podemos porque allí están las luces que completan el suspenso, que iluminan lo que creíamos claro en nuestra búsqueda de la estricta anécdota. Entonces esos siete minutos que podemos pasar en un baño para lisiados en una discoteca de Londres donde un medievalista de Oxford sostiene una espada sobre el cuello de su víctima, duran 70 páginas, que nos dejan ver todo lo que quizás no hubiéramos podido ver si se narra en las 5 páginas que requerirán el suceso que nos tiene en vilo. “La vida no es contable, y resulta extraordinario tanto empeño en relatarla… a veces pienso que más valdría abandonar la costumbre y dejar que las cosas sólo pasen. Y luego ya se estén quietas”, dice el narrador en la novela.

El mismo narrador se molesta, cuando un personaje hace exactamente lo mismo que él está haciendo con nosotros, dando la impresión de un escritor que se ha puesto en los zapatos del lector, pero es mentira. Miente, se narra a sí mismo: “No iba a permitir que siguiera errando, con divagaciones, no aquella noche prolongada por su exigencia; que pasara de una cosa principal a otra secundaria y de ésta a un paréntesis y del paréntesis a un enciso, y que, como hacía a veces, no volviera nunca de sus inacabadas bifurcaciones, llegaba casi siempre un momento en que sus desvíos no alcanzaban senda, sino tan sólo maleza, o arena o ciénaga. Tupra era capaz de entretener a cualquiera indefinidamente, de irlo interesando en lo que carecía de interés y era accesorio, pertenecía a esa rara clase de individuos que llevan el interés consigo o lo crean, cómo decir, ellos lo traen y reside en sus labios. Son los más escurridizos de todos, también los más persuasores.”

Para el gusto de la época puede ser un narrador descuidado y algo engreído que no atiende las exigencias del mercado, alguien tal vez fuera de este tiempo de historias rápidas y sustanciosas; él mismo se considera un artesano, un escritor del siglo XVII, un artista de épocas pretéritas que reescribe y pule sus textos, que teclea en máquina de escribir, que se quedó en un tiempo, sin celular, sin computador y sin automóvil, y que añora los días de su papá, el filósofo Julián Marías: la decencia de esos viejos, las viejas formas, el cuidado del lenguaje, la palabra cuidada. “Una manera de estar, de crear, diferente a la riada de profesionales que escriben un libro tras otro intentando asemejarse lo más posible a una máquina productiva y jamás dubitativa”.

A medida que leemos a Marías nos damos cuenta de que los caminos que nos sacan del sendero principal guardan tesoros, por eso le apostamos a leer sus novelas, a sabiendas que es un narrador infrecuente y que nosotros, al fin de cuentas, somos lectores infrecuentes, a los que él elogia siempre que puede, al celebrar a los autores que escribían “para un público que comprendía de manera lenta, dubitativa y paciente”.

 

Benjamín Casadiego


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