Miércoles, 28 de jun de 2017
Valledupar, Colombia.

Mayor y distinta fue la impresión con la que despertó. Al fin pudo distinguir que aquella queja atribuida a algún alma en pena no era más que el canto desafinado de un ave que comenzaba a incursionar en la fatal etapa de la madurez. Entonces sintió desbordar una incontenible explosión de risa y vergüenza a la vez, ante la tontería que lo había aterrorizado en otras madrugadas y que decidió ocultar por el temor de descubrirla cierta.

Después de la primera cantata del animal, permanecía aún acostado riéndose de la falta de armonía en la entonación del canto, ronco y triste como si un profundo dolor lo aquejara.

Desde la otra habitación, su padre creyó que el muchacho enloquecía. Su inexplicable carcajada fuera de contexto, desafiaba el sosiego de la casa, hasta cuando conoció y entendió el motivo del jolgorio. Creyéndolo perturbado, se acercó al oído y le preguntó:

–¿Se puede saber de qué te ríes a esta hora?

El canto carrancho del ave obvió la pregunta y un oportuno señalamiento del niño hacia el lugar de donde venía el sonido, aclaró la causa de su perturbación.

–De que a los gallos también se les sale el gallo, dijo, y de inmediato se transformaron en un festejo compacto que se expandió hasta los límites de la calle.

Santiago habría de descubrir un hecho sin precedentes que le produjo cierta mezcla de alegría y temor. Contrario a lo esperado, cayó en un letargo silencioso y febril, como si algo le hubiera aniquilado fulminantemente su infancia, contemplando a la manera de un buen voyeurista un hecho imperecedero en la memoria de un niño. Esa madrugada sintió curiosidad y extrañamiento por el canto del pollo, el cual, según sus cálculos debía haber afinado su tono. Siguió el rastro del gemido y en lugar del pollo, encontró a una gallina que inflaba su pecho sacando un canto lastimero de sus entrañas. La escena rebasaba para él todos los límites de la credibilidad. Estaba cantando una hembra que se había revelado contra una actividad única de los machos.

Absorto, miraba como el ave se encrespaba y después un gemido que provenía de sus vísceras se expandía por el aire. Trató de sonreír ante su descubrimiento pero el miedo era más grande ante una gallina machorra que había usurpado un territorio antes impensable para él. Allí estaba ante sus ojos un ave dotada de un carácter inexplicable para pelear con los machos y luego celebrar su victoria con su grito lastimero.

El ritual contemplador se volvió un hecho cotidiano donde los cómplices coexistían desde la clandestinidad. Las seis de la tarde y las cinco de la mañana eran instantes de placer y desasosiego ante el espectáculo auditivo que contemplaba. Sin embargo, el secreto sostenido durante muchos meses se vio quebrantado una madrugada cuando con el pretexto de ir a orinar, se ubicó detrás de un árbol de mango a contemplar una vez más a la gallina machorra que adornaba con asombros irrepetibles sus despertares. Ese día no se percató de ser el único contemplador del milagro secreto de la música que a veces apela a lo andrógino para hacerse plausible. Su padre lo había seguido hasta los límites del patio hasta cuando no pudo evitar hacerse evidente ante el horror de sentir cantar a una gallina; el mayor signo de tragedia en una casa. De inmediato, sin mediar conversación, entró en forma desesperada a su habitación de donde sacó una bolsa de maíz que empezó a esparcir cerca de sus pies.

Esperó a que la presa se aproximara hasta su alcance y de inmediato lanzó un manotazo al pescuezo del ave ante la mirada atónita del hijo. Luego la llevó hasta el centro del patio, puso leña sobre ella hasta cubrirla y la roció con gasolina hasta cuando estuvo consumido el último madero.

–El fuego siempre purifica toda acción del mal sobre el espíritu humano, decía convencido al hijo que no terminaba de entender lo que pasaba.

 

Óscar Ariza Daza

@Oscararizadaza

Bitácora
Oscar Ariza Daza

Oscar Andrés Ariza Daza. Licenciado en Idiomas, Magíster en Literatura Hispanoamericana y estudiante de doctorado en literatura. Profesor investigador de la Universidad Popular del Cesar. Escritor y columnista del Diario El Pilón.

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