Lunes, 22 de ene de 2018
Valledupar, Colombia.

Nagisa Oshima Existen cineastas cuya contribución más notable a la historia del cine es atribuible a un solitario “one hit wonder” y Nagisa Oshima (1932- 2013) cabe con injusticia en la anterior descripción, aunque de ninguna manera esto sea atribuible a una exigua o mediocre trayectoria, muy por el contrario, el trabajo artístico del realizador japonés es vasta, pero prácticamente desconocida en occidente y desdeñada en oriente.

Nació en Kyoto en 1932, hijo de clase privilegiada y heredero de la posguerra: herencia palpable, rugosa y respirable en cualquiera de las veintiséis cintas que conforman su legado. Una entusiasta y militante trayectoria como estudiante en la facultad de Derecho en la Universidad de Kyoto lo estigmatizó más allá del campus.

Fue más político que litigante, más manifestante que colegial. Debatió en las aulas tanto como desafió a las autoridades universitarias, que vieron con agrado su éxodo al campo cinematográfico en 1954. Después de algunos años de aprender el oficio estructural del celuloide en la célebre productora Shochiku, LTD, debutó y sorprendió con el largometraje “A town of love and hope” (1959), primera incursión tras cámaras que consiguió la proeza de asegurarle el financiamiento de “Cruel Story of Routh” tan sólo un año después.

Su obra podría considerarse como un arquetipo de congruencia porque llevó sus convicciones políticas y obsesiones sociales a cualquier extremo imaginable. Criticó la devastación moral nipona sin anestesia de por medio, metió las manos a las entrañas del tejido políticamente correcto de la sociedad exhibiendo sin pudor sus malolientes vísceras. Un penetrante hedor de rencor imperialista es identificable en los diálogos de sus protagonistas. Sus guiones denotan un semblante donde la opresión, el desconsuelo, el hartazgo, la pornografía violenta y una polémica siempre injustificada son el parpadeo constante.

En 1968 realizó la magistral cinta de humor negro titulada: “Death By Hanging”, recio reproche al Estado por el ejercicio impune de tomar vidas, de asfixiarlas. Un condenado a muerte es colgado en la horca acusado de asesinato y violación, con la salvedad que la muerte se niega a recibirle. Oshima jamás se muestra contenido: ataca con devastador pincel artístico, con pulso firme; sabe que no puede conducirse por la vida del susurro cuando se emplea a la pena de muerte como móvil de una historia que contar. La colonización coreana, los excesos militares, el castigo colindante con el abuso.

Durante la Segunda Guerra Mundial, en Japón se extendió la leyenda medieval de los colgados; aquellos desventurados que fueron sometidos a la horca y que, en desprecio a sus crímenes, la muerte se negaba a recibirlos. Los escupía para condenarlos a vagar, muertos en vida, condenados a jamás descansar. Vampiros errantes. Esta cinta es una gloriosa metáfora de injusticia criminal.

El imperio de los sentidos de Nagisa OshimaOcho años después llegaría la polémica “In the Realm of the Senses” (El Imperio de los sentidos, 1976), que significó su vigésimo segundo trabajo como cineasta, y aunque no podría considerarse su obra maestra porque no representa con elocuencia la complejidad de su talento, es sin duda la cinta más trascendente, la que lo rescatará por siempre del olvido.

El guión retrata una historia de obsesión maniática de adulterio y prostitución cargada de erotismo compulsivo. Los planos secuencia nos muestran una de las piezas más logradas de pornografía artística de todos los tiempos. El cineasta desdeñó en todo momento escatimar literalidad para mostrar escenas de sexualidad explícita. Sabía que su cinta estaba condenada a la censura incluso desde su concepción, por lo que tomó precauciones y consiguió editarla en Francia, país que entonces gozaba de apertura inusitada en terrenos de libertad de expresión gracias a que la nouvelle vague (encabezada principalmente por François Truffaut, Jean-Luc Godard y Claude Chabrol), construía una novedosa autopista donde a la creación cinematográfica se le permitía rebasar por la izquierda.

Kishizo Ishida y Sada Abe encarnan una dupla erótica cargada de fantasiosa teatralidad. Dos escapistas del horror militar que desafían las insalvables tradiciones sociales, usando para ello un sorprendente arsenal patológico cortesía de monsieur eros.

La cinta “Merry Christmas Mr. Lawrence” (1983), protagonizada por David Bowie, fue la única pieza de su catálogo realizada en idioma inglés. Todos recordamos a Takeshi Kitano en el inolvidable papel del oligofrénico Sargento Hara. Con su última cinta, “Taboo”  (1999) abordó con descaro el conflicto homoerótico provocado por el samurai andrógino Sozaburo Kano, dando al traste con uno de los mitos más sagrados e incólumes de su cultura: los Samuráis.

Aniquilador de tabús (la mayoría de las historias convertidas a la postre en cintas fueron inspiradas en hechos reales, de tal suerte que los sociópatas y héroes por igual fueron arrancados de la nota roja de la aparentemente apacible sociedad de la posguerra), crítico de cine, editor, guionista y considerado autor de culto en cualquier parte del mundo, menos en su patria. Militante incómodo. Documentalista sagaz. Cineasta experimental. Provocador de tradiciones. Productor independiente. Defensor de marginados, homosexuales y pervertidos. Detractor de la censura, y la piedra en el zapato del Partido Comunista Japonés, podrían ser algunos de los apelativos disponibles para describir con holgura la trayectoria de un creador sin ambiciones de gloria, pero con un talento exquisito para echar mano del perfil más obsceno de la sociedad japonesa, y dicho sea de paso, legarle al mundo una amplia ventana con vista a la ignominia, pero con una panorámica de descomunal y privilegiada belleza plástica.

 

América Pacheco

@amerikapa

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