Lunes, 29 de may de 2017
Valledupar, Colombia.

Nuestro personaje es un señor enjuto y jorobado, de vestimenta pasada de moda y holgada debido a su flacura, gafas de carey con lente grueso, cabello largo peinado con estricta severidad, como quien trata de ocultar calvicie por ser considerada sumamente vergonzosa. Caminaba como a quien los años le habían robado la alegría, sin impacientarse por nada debido a que tenía todos sus días planeados perfectamente, todo lo tenía escrito en una planilla muy grande, desde levantarse e ir a pagar los impuestos de una de las empresas en las que trabajaba, hasta el beso que le daba a su mujer después del desayuno y cómo no, hacerle el amor dos veces por semana en la misma posición y durante los mismos diez minutos.

Los vaivenes de su profesión de contador le habían robado su propia vida y la pizca de irracionalidad que el humano necesita. Incluso se podría afirmar que había olvidado cómo sonreír, en su lugar, una extraña mueca hacia presencia en ocasiones como simple gesto de amabilidad fingida para poder sobrevivir en el frio mundo de sus últimos veinticinco años. Nada le molestaba, ni se dejaba sorprender por mayor cosa, ni siquiera era malgeniado, no se le conocía virtud ni defecto que llamase la atención, no provocaba nada, no se relacionaba con nadie más allá de una enorme pared que el mismo había construido para los demás, su señora también era contadora y no tenían hijos por pura avaricia.

Y hasta aquí nada parece extraño, en la descripción de este personaje no hay nada fuera de lugar, es decir, todo el mundo piensa que un contador debe ser así, parece que existiese en todo el mundo la imagen de cómo deben comportarse los hombres según la investidura de sus oficios, incluso asintiendo despectivas consideraciones hacia algunos: el abogado es un mentiroso, el político un corrupto, el filosofo un drogadicto y perdedor, el bailarín afeminado y el contador un ser aburrido, gris, ensimismado, y cansado de robar para que otras personas se hagan más ricas.

En muchos casos la condición humana invita al hombre a preguntarse por lo que hace, pero en el caso aquí descrito la pregunta es por qué un hombre decide ser infeliz. Porque para él y para nadie es un secreto que ser contador es sinónimo de vivir una vida llena de soledad interior plagada de responsabilidades inútiles, de papeleo, trabajando para y a favor de déspotas ávidos de más y más dinero o simples tinterillos psicorigidos y estirados con un mediano puesto de rango. Para qué las personas eligen ese tipo de status social privándose de las delicias emocionales del ser, que incluyen tanto las desventuras como las más innombrables euforias.

Pero nuestro señor sin percatarse de su absurda existencia caminaba una vez más a la hora exacta en la que había presupuestado salir, tarde, porque su trabajo no tenia horario, y aun así en medio de su desprevenido paso por la vida no pudo evitar trastabillar, ni casi salirse de sus zapaticos de material al ver a su mujer con otro en el restaurante de enfrente, pareciese que ella ignoraba que su esposo trabaja en la compañía de donde él salía desprevenido aquella noche. Él mucho más joven, o al menos de la misma edad que él, pero con una notable juventud en sus ojos, como de quien si había vivido una vida plena. Esto, particularmente, lo enfureció. Ella, vestida de otra manera, donde los pesados trajes de oficina eran reemplazados por una pequeña falda que dejaba ver las piernas sedientas de sol de una mujer insatisfecha.

Pudo quedarse callado como tantas veces lo hizo al ser desafiado por una emoción que aparecía sin ser llamada en un rincón de su cuerpo, pero estaba casi resulto a correr hacía donde estaban los locos amantes, detenido al advertir la presencia de un pequeño niño. Y los detalles que permanecían desapercibidos en su mente empezaron a desfilar como ráfagas, toda la vida pensando que su mujer trabajaba igual de duro que él, y sobretodo que ese año y medio que ella estuvo en el exterior, no era más que una excusa para que en su vientre se terminará de gestar aquel bastardo que ahora también odiaba. Y como poseído por un machismo jamás conocido por él, quiso matar de la peor manera a los traidores, quería picarlos y dárselos a los buitres, cómo podía ser cierta tal desventura en su organizada vida. Todo era nefasto, la sonrisa de ella jamás vista, tan radiante, tan llena de vida, comparado con aquel hombre él no era nada más que un gancho para colgar ropa, ropa pasada de moda. Poco a poco, la ira fue mermando y pareció que empezaba a entender a su mujer, no podía culparla por querer ser feliz, por responder al instinto más humano de desafiar lo que ya establecido, lo correcto, lo que ya está dicho. Y así fue como dejando de lado las ideas asesinas machistas, tan recurrentes en nuestro país, decide hacer lo que todo niño piensa cuando pelea con sus padres, comprar el pasaje de bus hacia el sitio más lejano posible, donde empezar una nueva vida, yéndose solo con lo necesario.

Esta es otra de esas historias que nadie compra, la de un colombiano más del montón, que sufre, que es derrotado, pero de los pocos que elige un buen camino, pudo haber sido famoso por asesinar a su esposa, escogió darle un cambio rotundo a su vida y probablemente (aunque lo ignore) renunciar a salir en las primeras planas de los periódicos y noticieros.

 

C. James Ortega

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