Domingo, 24 de sep de 2017
Valledupar, Colombia.

El río Guatapurí en su nivel más bajo (marzo 2014)En el centro del balneario de Hurtado, en el extremo norte de Valledupar, el mensaje de una pancarta nos transporta a la época en que el río Guatapurí era un río caudaloso, un lugar donde podían surgir las más encantadoras leyendas, así como la de Rosario Arciniégas que se transformó en sirena al bañarse un viernes santo.

“Ahora te encuentras en el río Guatapurí: Disfrútalo! Que lo único que dejes, sólo sean tus huellas”, clama el aviso de Corpocesar con un fondo azulado y verdáceo –sentimiento y conciencia–, con el fin de tocar la fibra de quienes pasean o amanecen en ese rincón del valle.

Pero la realidad de hoy es diferente. Disfrutar del río se ha convertido en algo improbable y remoto, algo así como un deseo nostálgico de volver a la esencia de un valle donde la naturaleza brota sin que el humano sea su depredador inmediato.

Poco después del puente metálico, a escasos metros del avión que nos traslada a los peores tiempos del narcotráfico en el departamento del Cesar, el nido del río se ha convertido en un tétrico espectáculo de piedras y rocas desperdigadas en el horizonte.

Ahora se puede cruzar el río sin mojarse, saltando de una piedra a otra, sin necesidad de quitarse los zapatos. La orilla es una suerte de cala arenosa sin trazo definido. Ahí, en una de las terrazas improvisadas con sillas de plástico, trabaja Oscar, originario de San Agustín (Huila).

“El río ya se secó. No es lo que era –expresa con nostalgia–. Nada que ver con lo que conocí hace veinte años”. El hombre se interrumpe, divisa el río Guatapurí, comprueba la triste escena de unos niños buscando un lugar profundo donde bañarse, y añade: “En unos años, todo esto desaparece. Aquí, ya se nota el cambio… ¡A la gente le da lástima llegar acá!”.

A pocos metros, el fotógrafo Daniel Gutiérrez comparte las mismas inquietudes. Con su bicicleta en la mano, bordea la orilla con calma y se acapara de la vista del agua. Es algo que hace con frecuencia. Cada día se despierta temprano para recorrer el río y airearse. Pero, esta vez, su preocupación es mayor: “Nunca he visto el río tan seco como ahora”, manifiesta con una voz afligida.

La curiosidad y la inquietud se instalan. ¿Qué ha ocurrido para que este símbolo de la vallenatía, ese recurso natural inagotable, esté a punto de secarse? El calor es enorme, estamos en pleno verano, y el calentamiento global podría ser una respuesta fácil. Sin embargo, en otros años eso no impedía que el nivel de agua estuviera más alto.

“El problema son las zanjas –explica Fernando, un vendedor con más de diez años de presencia en la orilla–. Están terminando con el río. Hay más de una veintena de zanjas y los dueños de cada finca le echan mano al río como se les antoja. Ellos desvían una gran parte del río y nadie dice na´”.

Libre servicio y poco control de las autoridades ambientales o municipales. Es un comentario que muchos hacen. Y el estado actual del río parece darles la razón. Las acequias están mejor nutridas y protegidas que el mismo río. Todas ellas se ven rebosantes de agua, mientras que al río sólo le llegan las sobras.

Una señora de nombre Antonia, que tiene más de 15 años de estar trabajando en esta parte, recuerda el espectáculo de hace pocos días. “Vinieron aquí unos militares del batallón con un secretario de ambiente a quitar las piedras de esas acequias, pero la misma noche, o el día siguiente, volvieron a colocarlas una a una donde estaban”.

Nada ha cambiado, pese a las intenciones y los alardes. El río sigue siendo como un buffet libre, sin dueño, pero con una infinita lista de interesados, y en pocos días (o en pocos meses), el festín se acabará.

El ambientalista y abogado Tomás Darío Gutiérrez ve el resultado directo de una combinación letal de factores: los veranos prolongados (que seguirán intensificándose), la falta de control sobre las acequias y el crecimiento desbordado de la ciudad.

“Hay que tener en cuenta que antes de llegar a Valledupar, ya han salido [del río] dos acequias grandes, que hay que controlar –expresa Tomás Darío–, y que, ahora, el río Guatapurí está alimentando una ciudad de 500.000 habitantes”.

 

Johari Gautier Carmona

Para PanoramaCultural.com.co

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