Sábado, 25 de mar de 2017
Valledupar, Colombia.

Gabriel García Márquez (centro) junto con Rafael Escalona (derecha)En los primeros días del mes de diciembre de 1949 llega por primera vez el joven periodista y escritor de cuentos Gabriel García Márquez a la provincia vallenata, exactamente a la  población de La Paz.

Llega invitado por el escritor y médico, Manuel  Zapata Olivella (Lorica- Córdoba, 1920- 2004), quien vivió en ese pueblo en los años de 1949 y 1950.  Los dos habían compartido meses antes el oficio de escritor en el Diario El Universal de Cartagena, pero, además de la amistad y su acercamiento ideológico, los unía la admiración por las crónicas en los cantos de Rafael Escalona.

En homenaje al invitado, Zapata Olivella y distinguidos contertulios  organizan una parranda en la finca  Olimpo de propiedad de Gabriel Zequeira. Los acordeones de la dinastía musical de los López amenizan la fiesta y en el canto el recién graduado bachiller Dagoberto López Mieles, compañero de estudio de Rafael Escalona en el Colegio Loperena y en el Liceo Celedón de Santa Marta.

Ese día García Márquez refrenda su admiración por las canciones de Escalona, quien no estuvo en la parranda, y personalmente se conocen tres meses después en la ciudad de Barranquilla (20 de marzo de 1950). García Márquez ya  era periodista de El Heraldo y escribía su columna Jirafa.

En ese encuentro nace la entrañable amistad entre el compositor y  el escritor, hasta el punto de ser éste uno de los más admiradores y difusores de los cantos de Escalona. En una columna en 1950,  escribe: “No hay una sola letra en el vallenato que no corresponda a un episodio cierto de la vida real, a una experiencia del autor. Un juglar del río Cesar no canta porque sí, ni cuando se le viene en gana, sino cuando siente el apremio de hacerlo, después de haber sido estimulado por un hecho real”.

Las visitas a Valledupar de Gabriel García Márquez fueron frecuentes; el pretexto,  promocionar la ventas de libros, pero en realidad venía a consolidar la amistad con el compositor Rafael Escalona y viajar juntos por la ruta de los pueblos de sus ancestros maternos para sentir las revelaciones de cuentos, mitos y leyendas.

Entre el compositor y el escritor, había una historia en común: Clemente Escalona, padre del compositor, fue coronel de la guerra de Los Mil Días; igual  que Nicolás Márquez, abuelo del escritor.

García Márquez afirmó en una entrevista, que en las muchas conversaciones que tuvo con el coronel Clemente, evocó la imagen de su abuelo que murió esperando la pensión, y en uno de esos instantes, concibe la imagen de la novela ‘El coronel no tiene quien le escriba’.

Algo similar había sentido en 1950, cuando regresa con su madre a vender la casa en Aracataca, y en ese retorno encuentra un pueblo polvoriento que parecía de fantasmas, y al ver que su madre Luisa Santiaga entra a una botica, donde está una señora cosiendo, ambas se abrazan y lloran sin decirse una sola palabra. En ese momento le surgió la idea de contar por escrito todo el pasado de aquel episodio, que es el eje central de  ‘Cien años de soledad’.

El joven escritor y el compositor se hacen compinches de viajes y travesuras. Dasso Saldívar, quien después de investigar veinte años, publica con el sello de Alfaguara, ‘El Viaje a la semilla’, Biografía de Gabo (1997). De este libro, dijo en el 2002, García Márquez: si yo lo hubiera leído antes, no público ‘Vivir para contarla’. Lo que me hizo pensar que era la sutil confesión de su mal de Alzheimer. Ya antes había dicho que los escritores comienzan a escribir sus memorias cuando no recuerdan nada.

En el ‘Viaje a la semilla’ Dasso Saldívar nos cuenta  (pp. 26-27): “Un día, mientras se tomaban unas cervezas en la única cantina del pueblecito de La Paz, vecino de Valledupar, se toparon con un hombre alto y fuerte, con sombrero de vaquero, polainas de montar y revólver al cinto. Escalona, que era su amigo, se lo presentó a García Márquez. El hombre le tendió una mano segura y afectuosa al escritor mientras le preguntaba: “¿Tiene algo que ver con el coronel Nicolás Márquez?”. El escritor le dijo que era su nieto. <Entonces, recordó el hombre con una antigua complicidad familiar, su abuelo mató a mi abuelo>.

Se llamaba Lisandro Pacheco, y, ciertamente, el abuelo de García Márquez, Nicolás Ricardo Márquez Mejía, había tenido que matar en un desafío a su abuelo, Medardo Pacheco Romero, hacía cuarenta y cinco años en la población guajira de Barrancas. Por precaución, Escalona le sugirió a Lisandro que no removiera esa historia, que Gabriel no sabía mayor cosa de la misma, y, amparado en su afición y conocimiento de las armas de fuego, le sustrajo el revolver de la funda con el pretexto de probar puntería: descargó la recámara, dejó una sola bala y dijo: “Voy a ver qué tal puntería tengo hoy”. Lisandro, complacido, lo animó a que hiciera todos los disparos que quisiera, y, de pronto, los dos se enzarzaron en un mano a mano de tiro al blanco. Cuando invitaron a García Márquez a que probara puntería, este se negó, pero entre cerveza y cerveza siguió presenciando la competición.

La cautela del ya célebre compositor de música vallenata fue innecesaria: los dos nietos se hicieron tan amigos que estuvieron de parranda tres días y tres noches en el camión de contrabandista de Lisandro Pacheco, bebiendo brandy caliente y comiendo sancocho de chivo en memoria de los abuelos muertos. Durante varios días, viajaron por pueblos de los departamentos del Cesar y la Guajira: El Copey, Valledupar, Manaure, Patillal, Urumita, Villanueva, San Juan del Cesar, Fonseca, Barrancas, Riohacha y el Manaure guajiro. En este viaje definitivo, García Márquez completó su trabajo de campo  de lo que catorce años después sería  Cien Años De Soledad, y de paso Lisandro Pacheco le presentó a varios de sus hijos naturales que su abuelo Nicolás Márquez había dejado desperdigados antes, durante y después de los años erráticos de la guerra civil de Los Mil Días”.

 

José Atuesta Mindiola

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