Sábado, 24 de jun de 2017
Valledupar, Colombia.

“Macondo no solo es un invento literario universal, que cautiva por igual a un japonés, un islandés y un venezolano, sino una parte sustancial de la identidad del ser colombiano”. Revista Semana

Sobre Gabriel García Márquez, su vida y su obra, correrá mucha tinta; de todos los colores, olores y sabores, incluido el de la guayaba o de la misma ¡mierda!. En una crónica se dice de él que “Es el colombiano más importante de todos los tiempos. En vida, con su obra le dio identidad a una nación. Su muerte debería poner a pensar a sus compatriotas quiénes somos y para dónde vamos. Dibujó un lugar que se convirtió en el símbolo mágico de una nación. Pero también dibujó un destino tremebundo, resumido en una de las frases finales más célebres de la literatura, que constata el último sobreviviente de un pueblo borrado de la faz de la tierra por el viento: "las estirpes condenadas a cien años de soledad no tienen una segunda oportunidad sobre la tierra".

Quien sí debe tener una segunda oportunidad, por lo menos sobre la tierra colombiana, es el mítico Macondo, descrito y pintado en la obra “Cien años de soledad”, gracias a Gabo podemos reconstruir cada una de sus casas, calles y patios. Fue tal la precisión “geográfica” y topográfica de Gabo que fácilmente se puede pensar en dar una nueva oportunidad a las estirpes condenadas a cien años de soledad y recuperar del mismo viento a este pueblo borrado “de la faz de la tierra”. Tenemos medidas, orientaciones y claras instrucciones para que los colombianos nos atrevamos a fijar en un espacio y en un tiempo a Macondo y sus personajes. Veamos algunas descripciones y señas dadas por el mismo Gabo: “Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y caña brava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo. Todos los años, por el mes de marzo, una familia de gitanos desarrapados plantaba su carpa cerca de la aldea, y con un grande alboroto de pitos y timbales daban a conocer los nuevos inventos…. “.

Y en cada una de esas casas podemos encontrar espacios destinados a la invención y la recreación, conocemos su ubicación interna, su inquilino y su servicio: “José Arcadio Buendía pasó los largos meses de lluvia encerrado en un cuartito que construyó en el fondo de la casa para que nadie perturbara sus experimentos”. Tenemos ahí a José Arcadio, con su laboratorio y sus afanes, en el fondo de la casa, revisando imanes y tratando de hacer diamantes de agua. Pero veamos cómo era este “rudimentario laboratorio”: “ -sin contar una profusión de cazuelas, embudos, retortas, filtros y coladores- estaba compuesto por un atanor primitivo; una probeta de cristal de cuello largo y angosto, imitación del huevo filosófico, y un destilador construido por los propios gitanos según las descripciones modernas del alambique de tres brazos de María la judía”. Podemos imaginarlo abstraído en sus asuntos, asustado de la atracción de los metales o compungido por la pérdida de su valioso diamante convertido en simple agua de río.

Igualmente, y en una simbiosis perfecta, Gabo nos describe, además de casas y lugares, personajes para que no quede duda alguna que su deseo profundo fue, desde siempre, ver a su Macondo en un lugar de la geografía colombiana: “Al principio, José Arcadio Buendía era una especie de patriarca juvenil, que daba instrucciones para la siembra y consejos para la crianza de niños y animales, y colaboraba con todos, aun en el trabajo físico, para la buena marcha de la comunidad. Puesto que su casa fue desde el primer momento la mejor de la aldea, las otras fueron arregladas a su imagen y semejanza. Tenía una salita amplia y bien iluminada, un comedor en forma de terraza con flores de colores alegres, dos dormitorios, un patio con un castaño gigantesco, un huerto bien plantado y un corral donde vivían en comunidad pacífica los chivos, los cerdos y las gallinas. Los únicos animales prohibidos no sólo en la casa, sino en todo el poblado, eran los gallos de pelea”. Con esto bastaría y sobraría para recrear a Macondo en un sitio del cual sí tengo memoria: Aracataca. Ya tenemos casas, personajes, laboratorios, animales, ríos, salitas, cuartos, flores y disposición de cada una de las chozas.

Pero, nos preguntaremos, cómo eran los pisos, la vestimenta, las mujeres y los olores. Pues también los encontramos gracias a la diligencia de Gabo: “La laboriosidad de Úrsula andaba a la par con la de su marido. Activa, menuda, severa, aquella mujer de nervios inquebrantables, a quien en ningún momento de su vida se la oyó cantar, parecía estar en todas partes desde el amanecer hasta muy entrada la noche, siempre perseguida por el suave susurro de sus pollerines de olán. Gracias a ella, los pisos de tierra golpeada, los muros de barro sin encalar, los rústicos muebles de madera construidos por ellos mismos estaban siempre limpios, y los viejos arcones donde se guardaba la ropa exhalaban un tibio olor de albahaca”. Quedan claras las sensaciones de los visitantes, olores de albahaca en ropa blanca junto a viejos arcones rústicos y entre muros de “barro sin encalar”.

Pero, seguramente, dirán algunos, con esos datos no se puede colegir muchas cosas como la posición de las casas y el trazado de las calles. Se equivocan de cabo a rabo, pues, en ese aspecto, Gabo, o José Arcadio, no sé, fue muy diligente: “José Arcadio Buendía, que era el hombre más emprendedor que se vería jamás en la aldea, había dispuesto de tal modo la posición de las casas, que desde todas podía llegarse al río y abastecerse de agua con igual esfuerzo, y trazó las calles con tan buen sentido que ninguna casa recibía más sol que otra a la hora del calor. En pocos años, Macondo fue una aldea más ordenada y laboriosa que cualquiera de las conocidas hasta entonces por sus 300 habitantes. Era en verdad una aldea feliz, donde nadie era mayor de treinta años y donde nadie había muerto”. En consecuencia era una aldea sin cementerio, así de fácil, por lo menos en sus primeros días. Además de estos testimonios se deja en claro que en Macondo “Desde los tiempos de la fundación, José Arcadio Buendía construyó trampas y jaulas. En poco tiempo llenó de turpiales, canarios, azulejos y petirrojos no sólo la propia casa, sino todas las de la aldea. El concierto de tantos pájaros distintos llegó a ser tan aturdidor, que Úrsula se tapó los oídos con cera de abejas para no perder el sentido de la realidad. La primera vez que llegó la tribu de Melquíades vendiendo bolas de vidrio para el dolor de cabeza, todo el mundo se sorprendió de que hubieran podido encontrar aquella aldea perdida en el sopor de la ciénaga, y los gitanos confesaron que se habían orientado por el canto de los pájaros”.

No es suficiente, dirán aún algunos, falta saber su entorno, sus proximidades y cercanías, sus cuatro puntos cardinales que nos permitan pensar en la refundación de Macondo. La verdad es que eso no lo sabía a ciencia cierta José Arcadio Buendía, poco diestro en la orientación terrestre o el manejo de la brújula, pero para eso estaban los gitanos: ”ignoraba por completo la geografía de la región. Sabía que hacia el Oriente estaba la sierra impenetrable, y al otro lado de la sierra la antigua ciudad de Riohacha, donde en épocas pasadas -según le había contado el primer Aureliano Buendía, su abuelo- sir Francis Drake se daba al deporte de cazar caimanes a cañonazos, que luego hacía remendar y rellenar de paja para llevárselos a la reina Isabel. En su juventud, él y sus hombres, con mujeres y niños y animales y toda clase de enseres domésticos, atravesaron la sierra buscando una salida al mar, y al cabo de veintiséis meses desistieron de la empresa y fundaron a Macondo para no tener que emprender el camino de regreso. Era, pues, una ruta que no le interesaba, porque sólo podía conducirlo al pasado. Al sur estaban los pantanos, cubiertos de una eterna nata vegetal, y el vasto universo de la ciénaga grande, que según testimonio de los gitanos carecía de límites. La ciénaga grande se confundía al Occidente con una extensión acuática sin horizontes, donde había cetáceos de piel delicada con cabeza y torso de mujer, que perdían a los navegantes con el hechizo de sus tetas descomunales. Los gitanos navegaban seis meses por esa ruta antes de alcanzar el cinturón de tierra firme por donde pasaban las mulas del correo. De acuerdo con los cálculos de José Arcadio Buendía, la única posibilidad de contacto con la civilización era la ruta del Norte. De modo que dotó de herramientas de desmonte y armas de cacería a los mismos hombres que lo acompañaron en la fundación de Macondo; echó en una mochila sus instrumentos de orientación y sus mapas, y emprendió la temeraria aventura”.

Nos queda claro, además, los frutos encontrados y saboreados por los primeros habitantes de Macondo: “Los primeros días no encontraron un obstáculo apreciable. Descendieron por la pedregosa ribera del río hasta el lugar en que años antes habían encontrado la armadura del guerrero, y allí penetraron al bosque por un sendero de naranjos silvestres”. Y se dirán, todavía, algunos escépticos, cómo hacemos para saber o preguntar sobre esa primera excursión hacia lo que luego sería Macondo. Fácil, en dos o tres renglones lo podemos encontrar y recrear: “Era una noche densa, sin estrellas, pero la oscuridad estaba impregnada por un aire nuevo y limpio. Agotados por la prolongada travesía, colgaron las hamacas y durmieron a fondo por primera vez en dos semanas. Cuando despertaron, ya con el sol alto, se quedaron pasmados de fascinación. Frente a ellos, rodeado de helechos y palmeras, blanco y polvoriento en la silenciosa luz de la mañana, estaba un enorme galeón español”.

Así queda Macondo dibujado para la posteridad. Y en sus calles, plazas, ríos y territorios personajes que gravitan desde siempre y para siempre: José Arcadio Buendía, Úrsula Iguarán, Amaranta Buendía, José Arcadio, Rebeca Montiel, Aureliano, Melquiades. Y junto a ellos, entre ellos, Pilar Ternera, Arcadio, Remedios la Bella, Aureliano cola de cerdo, Mauricio Babilonia, Gerineldo Márquez….

Sobra decir que nos (me) encantaría ver en Macondo esa bella escena en que Remedios la Bella asciende a los cielos, pálida y envuelta entre sabanas, ante el desconcierto de Amaranta: “Acabó de decirlo, cuando Fernanda sintió que un delicado viento de luz le arrancó las sábanas de las manos y las desplegó en toda su amplitud. Amaranta sintió un temblor misterioso en los encajes de sus pollerines y trató de agarrarse de la sábana para no caer, en el instante en que Remedios, la bella, empezaba a elevarse. Úrsula, ya casi ciega, fue la única que tuvo serenidad para identificar la naturaleza de aquel viento irreparable, y dejó las sábanas a merced de la luz, viendo a Remedios, la bella, que le decía adiós con la mano, entre el deslumbrante aleteo de las sábanas que subían con ella, que abandonaban con ella el aire de los escarabajos y las dalias, y pasaban con ella a través del aire donde terminaban las cuatro de la tarde, y se perdieron con ella para siempre en los altos aires donde no podían alcanzarla ni los más altos pájaros de la memoria”.

Tremendo reto el del Ministerio de Cultura y el gobierno nacional. Pero ahí les queda “El proyecto Macondo” que nos permita tener por siempre entre nosotros a Gabo, con sus sonrisas amplias y espectaculares, con su andar sereno y pausado, con su garbo de macondiano que jamás pudo esconder o evitar. Están dadas las orientaciones y trazado el recorrido. Si de algo sirve, dono las sabanas para mi capricho de ver a Remedios la Bella en su vuelo final o el elemento sustancial de los diamantes de José Arcadio Buendía, o los imanes de Melquiades. Pero no dejemos que Macondo se borre de la memoria de las nuevas generaciones y, por el contrario, descubran entre sus casas y sus patios, y entre sus sabanas, insisto una vez más, que "las estirpes condenadas a cien años de soledad sí tienen una segunda oportunidad sobre la tierra".

 

Pablo Emilio Obando Acosta

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