Martes, 12 de dic de 2017
Valledupar, Colombia.
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Carlos Eduardo ManriqueAfectado por el momento, pero dispuesto a compartir los recuerdos de su encuentro con el maestro, el joven periodista Carlos Eduardo Manrique presenció el funeral simbólico de Gabriel García Márquez en Aracataca –el 21 de abril del 2014– con una gran inquietud.

En sus manos, una fotografía servía de prueba irrefutable: él había sido uno de los últimos periodistas en entrevistar al premio Nobel. Y en sus palabras relucía una indecible mezcla de orgullo y congoja.

Con esta entrevista, divulgamos la experiencia de un joven periodista colombiano que, en su empeño por aproximarse a una leyenda universal de las Letras, descubrió a un gran ser humano.

Refiriéndonos a la fotografía que nos muestra, es usted uno de los últimos en haber entrevistado al maestro Gabriel García Márquez…

Aclaro un detalle: no soy uno de los últimos periodistas, soy el último periodista en haber entrevistado a Gabo en el hemisferio, en el planeta tierra. Después de eso, el maestro fue a inaugurar un centro comercial en ciudad de México y le tomaban fotos. ¿Qué hacía la gente? Tomaban fotos y luego escribían un reportaje, pero el último que estuvo dentro de su casa, que estuvo dos horas sentado con él, con su esposa, con su familia, conversando y compartiendo, fui yo.

Conociendo la intimidad de Gabo, puedo decir que no era famoso. De casa para dentro, Gabo no era famoso. Sería una desgracia para un ser humano ser famoso dentro de su propia casa. Conocí al Gabo lleno de paz y tranquilidad en su hogar y, después de esto, permanecí en contacto con sus asistentes, gente de su familia. Una o dos veces por semana llamaba. Ese reportaje que escribí para un diario colombiano –que inicialmente no iba a escribir–, jamás iba a pensar que se iba a convertir en el último reportaje que un estudiante iba a hacer al maestro de las Letras.

¿En qué periódico se publicó esa entrevista?

En el diario El Espectador. Gabo fue mi tercera entrevista. Mi  primera entrevista fue con el maestro Plácido Domingo. Ya la publiqué. Con Mario Vargas Llosa conversé en algún momento también, con Johny Pacheco, pero quien me abrió las puertas en El Espectador es Gabo. Cuando me preguntan quién te abrió las puertas y contesto García Márquez, me responden: “ay pero con esa palanca quién dice”. Pero no se vaya a creer lo que no es, yo simplemente hice un reportaje y ellos, entendiendo la dificultad –porque saben que Gabo no da entrevistas–, me lo aceptaron.

¿Cuándo fue esa entrevista y cómo fue ese primer contacto con Gabo?

La historia del primer contacto es de muchos años antes. Esa entrevista fue el 6 de junio del 2013, Cartagena, en su casa. Yo había conocido a Gabo en mayo del 2007, había viajado con él de Santa Marta en el tren amarillo. Después lo vi en Cartagena, me firmó Cien años de soledad, me puso “cien años de felicidad para Carlos Eduardo Manrique, con un abrazo”.

El día de la entrevista, llegué, timbré. Inicialmente me dijeron cinco minutos, nada más, sólo la foto y ya, pero fueron dos horas sentado con él, y Gabo amable, sonreía, molestaba, me contó la vida en España, en Barcelona. El maestro preguntó por Aracataca, era una persona excepcional, de gran corazón. Siguió mamando gallo.

¿Se quedó con alguna de sus bromas?

Muchísimas. Después de hora y media de conversación, yo le dije: Maestro, tenemos que tomarnos una foto, hay que dejar un recuerdo de esto. Él me miró con una mirada solemne y diplomática, y yo dije “Ay Dios mío ¿Qué dije?”. Él me dijo: no se preocupe, mijito, en esta casa hacemos todo este tipo de sinvergüenzuras (risa). ¡Ése era Gabo!

¿Llegó con una entrevista preparada? ¿Cuál era la pregunta que quería hacerle especialmente?

Pensé durante mucho tiempo en el encuentro porque en mi casa leía los libros del maestro. Tenía muchas preguntas en la cabeza, pero tenía claro algo: si yo llegaba a su casa para preguntarle sobre libros y literatura, no me iba a dejar pasar. Hay más de 20.000 personas que le preguntan la misma vaina. Yo quería conocer el Gabo humano, del que nadie ha escrito. Todo el mundo habla del hombre influyente, del hombre grande y famoso, pero yo quería conocer al Gabo no famoso. Y salí ganando.

¿Con qué pregunta sintió que Gabo estaba a gusto con su presencia?

Lo sentí muy emotivo cuando habló de Aracataca, cuando habló de su pueblo natal. Tanto que yo le hablaba de su abuelo, del coronel, y doña Mercedes me miraba a mí como diciendo: que este muchacho no vaya a cometer una imprudencia y lo vaya a poner emotivo. Cuando le hablamos de los niños de Santa Marta para los cuales estaba haciendo una labor con una fundación, se le notaba también mucha emotividad y afinidad.

La despedida para mí fue algo inolvidable. Después de dos horas, le di un abrazo y me dijo, como si me conociera de toda la vida: ¿Por qué te vas? Yo le dije: maestro, me debo ir a Bogotá. Entonces Gabo dijo en broma: Mercedes compra un avión y acompáñalos.

Ahora que usted puede decir que ha sido el último en entrevistar a Gabo, ¿cómo se siente?

Como ser humano, triste por su partida. Y como periodista también: Gabo fue un maestro. Un grande. Yo aclaro que soy aprendiz de periodismo, yo soy estudiante, todavía no me he graduado. Pero conocí al Gabo humano.

Confieso también que es un privilegio triste, porque la vida vale más que cualquier exclusiva. Ahora me tocará seguir trabajando y recordar eso. Sobre todo, tuve el gran privilegio de conocer a ese gran hombre que se llamaba Gabriel García Márquez.

 

PanoramaCultural.com.co


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