Domingo, 24 de sep de 2017
Valledupar, Colombia.

El cielo es una bóveda negra, unos pocos pincelazos azules se dejan ver. Abajo, el calor se mete por los poros, mientras los cuerpos, de todos los tamaños y tan oscuros como este anochecer, se mueven de un lado a otro. De pronto, los presentes forman un círculo y las risas lo invaden todo, alguien al fin ha abierto la botella. Es un recipiente grande de vidrio, una sustancia espesa y casi blanca, es el tesoro que hasta ahora guarda.

Hoy en Puerto Chontaduro, en Cali, es un día especial, es una de esas ocasiones en que todos están dispuestos a llegar más tarde a casa, eso sí, con unos cuantos tragos de ‘Arrechón’ encima.

“El ‘Arrechón’ es de temer, porque se acuestan dos y amanecen tres”, sentencia en medio de una carcajada Luz Stella, una chocoana de 60 años que desde hace 10 se ha convertido en la reina de este licor, uno de los más famosos y, según dicen, más afrodisiacos del Pacífico colombiano.

Esta negra de sonrisa amable y cachetes redondos como un par de chontaduros brillantes, llegó a la capital del Valle hace 40 años y ya el tiempo le ha hecho olvidar aquel momento. Sólo sabe que fue un día soleado, que estaba nerviosa y que esa misma tarde empezó a trabajar en una casa de familia.

Sonidos de tambores salen de una destartalada grabadora, ahora los cuerpos se mueven. Los más jóvenes bailan con las más viejas y los más viejos con las más jóvenes. El piso de tierra, las mesas de madera añeja y el sonido del río que, a unos metros del lugar, pasa por allí, son los cómplices de esta fiesta. Fiesta que no tiene motivo, o tal vez sí, quizás el más importante de todos: olvidar las penas y “gozar un rato, gozar de la música, del cuerpo y del traguito”, como afirma Miguel, un fornido negro experto en el jugo de borojó y la venta de chontaduro que, separando las piernas y moviendo en círculos su cadera, incita a Luz Stella a bailar.

“Yo ya no estoy para estos trotes”, dice ella sin desprenderse de su sonrisa. Luz nació en San José del Palmar, Chocó, y aunque desde que partió de aquel remoto pueblo no ha regresado, ya su tierra no le hace falta: “Ni me acuerdo, además aquí hice mi vida, tuve mis hijos, aquí he trabajado siempre y aquí soy feliz”.

La botella de ‘Arrechón’ pasa de una boca a otra, todos sonríen después de cada trago. Según cuentan los presentes, una buena dosis de este licor genera los milagros sexuales más inesperados. Todos conocen o han vivido en carne y cuerpo propio los efectos de esta bebida, lo que la hace ser una de las más apetecidas.

“Todos los días viene gente buscando ‘Arrechón’, yo vendo por lo menos unas dos canecas o botellas diarias, y siempre vuelven, esto es bien efectivo”, señala sin dudarlo Luz Stella, quien se niega a revelar la receta de esta mágica poción por un precio inferior a los $60.000.

“Le he vendido la receta a más de uno, un señor se la llevó y montó un restaurante en Holanda, eso allá es un éxito”, asegura.

“A mi me enseñó una señora, y yo se lo he vendido a otras por aquí, pero la gente dice que nadie como yo, yo soy la niña consentida de todos los que quieren probar un buen ‘Arrechón’”.

Y así parece ser, la fama de Luz Stella en Puerto Chontaduro es única y aunque lleva a cuestas seis décadas, ella es la niña de todos, un poco por su sonrisa, tan infantil y amable, otro poco por su alegría y, lo más importante, por el nombre de su negocio: ‘Aquí es la niña Luz’.

Pero esta luminosa niña es traviesa y se niega a confesar cuáles son los ingredientes de tan efectivo viagra tropical, sólo confirma que debe llevar una dosis de biche -otro licor del Pacífico hecho a base de caña de azúcar- cola granulada, leche, huevos de codorniz y de gallina con cáscara, nuez moscada, anís, canela, clavos dulces, menta, limoncillo, vino, sabajón, crema de leche y, claro, los trucos ocultos que sólo revela si recibe el dinero.

Sin embargo, por un precio inferior se puede acceder al licor: $12.000 por una caneca y $24.000 por una botella puede costar el pase para una o varias noches de placer.

Luz Stella / Foto: Edward LoraEn la variedad está el placer

Aunque el ‘Arrechón’ es uno de los licores afrodisiacos más populares, no es el único. Como él existe una larga lista de pociones que aseguran una vida sexual placentera, libre de disfunciones o desganos. El ‘Pipilongo’, el ‘Tumbacatre’ y el ‘Balsámica’, éste último exclusivo para hombres, son unos cuantos, todos probados y garantizados por la experiencia propia, o ajena, de sus vendedores.

Al ‘Pipilongo’, por ejemplo, un vino picante hecho a base del fruto del mismo nombre, José Antonio le debe su fama de buen amante.

“Aquí donde me ve, tengo 38 años y a que no adivina cuántas mujeres he tenido”, hace una pausa para soltar la carcajada que ha intentado contener. “Creo que ya superé las dos docenas”, sentencia entrecerrando sus ojos, tan oscuros y brillantes, brillantísimos.

La receta, asegura José, consiste en decir palabras dulces, tener buenos modales y planear una cita con el mejor  aperitivo: una o varias botellas de ‘Pipilongo’. Para este chocoano, que está a punto de tener entre sus brazos al quinto de sus descendientes, no hay ser humano que se resista a saciar el apetito sexual que una buena dosis de este licor genera.

“Pero ojo, que puede ser adictivo, es  tan bueno que uno siempre queda con ganas de más, como yo”, declara en medio de una sonora risa.

En cambio, para Martina, una vendedora de chontaduro en el puerto más famoso de Cali, es el ‘Tumbacatre’, una crema de huevos de pescado, el más efectivo a la hora de mantener en forma los órganos que involucran el ejercicio sexual.

“Hace diez años estoy casada, mi marido tiene 59 años y yo 33, y él es como si fuera un muchacho, todo porque en la casa no falta el ‘Tumbacatre’, cada semana le doy y él siempre ha funcionado perfectamente”, sentencia con seguridad esta mujer de ébano que llegó de Quibdó hace un par de meses en busca de lo que ella llama, un mejor futuro.

Con ganas de más

Con el último trago de ‘Arrechón’ la música se extingue, todos recogen sus pertenecías, es hora de irse a casa. En varios taxis, parqueados sobre la Calle 34 norte con Carrera 5, van subiendo sus maletas, las mismas que mañana nuevamente desembarcaran en este puerto del chontaduro, para continuar ofreciendo los frutos y productos que sus fértiles tierras les permite vender; para continuar con sus sueños; para conseguir algún día, como espera Luz Stella, sus deseos más preciados.

“Los que más he querido siempre desde que llegué aquí es tener mi casita y poco a poco la he ido construyendo, todavía me falta, pero ya empecé”, cuenta la sesentera mujer.

De la botella de ‘Arrechón’ sólo queda el olor, una mezcla de borojó, de sabajón, de canela; un olor dulce, acido, caliente; un olor tan tropical como la tierra que lo engendró, tan contradictorio como ella; donde se canta por igual en un nacimiento o en un funeral, donde se le baila al amor y al mar, donde se disfruta de los sentidos y, claro, del cuerpo.

 

Isabel Salas

 

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