Viernes, 21 de jul de 2017
Valledupar, Colombia.

Trata de esclavos africanos / Foto: National Geographic

 

En el caso de Colombia, como en el de muchos otros países del continente, especialmente los conquistados por España, ya en la primera mitad del siglo XVI habían fracasado los intentos de someter a la esclavitud a los pueblos aborígenes debido a varios factores: la resistencia que ellos opusieron atrincherados en un territorio ancestral que conocían muy bien, especialmente en la región Caribe –casos de los Chimila, Guajiro, Tairona, Calamari, y otros grupos menores, especialmente de ascendencia caribe–; las epidemias por enfermedades exógenas que golpearon duramente a la población nativa que, de otro lado, no era muy densa; la legislación contra la esclavitud indígena que desde muy temprano fue defendida por frailes y misioneros –es el caso de Montesinos y Bartolomé de las Casas–; la terrible mortandad de los indios en haciendas y estancias, por el sometimiento a condiciones de trabajo totalmente ajenas a su ancestral práctica consuetudinaria, lo cual generó desde un comienzo baja productividad del sistema económico, basado en la minería, la agricultura de enclave y la ganadería, además de trabajos domésticos para los cuales no estaban preparados.

La reducción de la población nativa, que además se enfrentaba en luchas armadas con los conquistadores en condiciones de logística totalmente desiguales, causó la reducción de la mano de obra indígena y la baja rentabilidad de la misma. Esta situación hizo ver muy pronto como indispensable recurrir a la importación de africanos, físicamente más resistentes y acostumbrados a algunas prácticas pastoriles y agrícolas que le daban mayor favorabilidad, de acuerdo con los intereses de la corona.

Es así como, desde inicios del siglo XVI, y ante la diezmada de los pueblos indígenas con su consecuente falta de mano de obra para la explotación de las minas y trabajos en las haciendas, con la autorización y apoyo de la corona española, Europa dio inicio a la captura, tráfico y comercio de la población africana. Es un lugar común que los primeros miembros de la etnia negra llegados a nuestro continente, lo hicieron en calidad de esclavos, provenientes de diferentes regiones de África a partir del siglo XVI. Tratados como objetos mercantiles o piezas comerciales, en un comercio inicuo, perverso e infame en el que se destacaron marinos y comerciantes ingleses, portugueses, holandeses, franceses y españoles, amparados y protegidos por sus coronas, pues esta actividad representaba la base económica del nuevo orden social que surgía en Europa a partir de los cambios que se dieron con el hallazgo del nuevo continente.

Amparados en las licencias otorgadas por la monarquía, los mercaderes emprendían el más deshumanizador comercio de africanos. La licencia era un contrato para traer a tierra americana los africanos que eran capturados o comprados en sus tierras y sometidos a la condición de esclavos. Desde sus lugares de origen eran conducidos bajo las más denigrantes condiciones a los puertos de embarque. Allí, sometidos a toda clase de vejámenes, eran obligados a subir a los llamados barcos negreros, dejando familia, tierra pueblo y cultura.

Confinados con cadenas y grilletes, eran amontonados en las barracas de los barcos para emprender un largo viaje de padecimiento desde su lejana África  hasta las islas del Caribe y, desde allí, a Colombia y otros países. En el litoral occidental del continente africano, los puertos más notables en la historia de la Trata Negrera fueron aquellos ubicados en cercanías de Cabo Verde, Santo Tomé, Guinea y el Congo.

 

Simón Martínez Ubárnez

 

Acerca de esta publicación: “Circunstancias de un comercio inicuo”, del autor colombiano Simón Martínez Ubárnez, es un capítulo extraído de la obra “Afrocesarenses, presencia e identidad” (2013), en el que se reconstruye la tragedia de la trata negrera y el impacto de la esclavitud. El profesor de filosofía Simón Martínez es también autor de “Orígenes, el Cesar y sus municipios” (2003) y “Territorio y ley en la sociedad wayúu” (2005).

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