Martes, 23 de ene de 2018
Valledupar, Colombia.

Éramos los mismos, con las mismas, en el glorioso Ateneo el Rosario, escenario primigenio del liderazgo, del inconmensurable César Pompeyo Mendoza Hinojosa. Entonces, Valledupar era el pueblo in crescendo que promovía la paz como medio de subsistencia emocional. La década de los sesenta con el Matracazo como punta de lanza comercial, a pocos metros del colegio y el apostado educativo del profesor Ángel Arroyo, en la Parroquial, frente con frente.

Como en los versos del cantautor Iván Ovalle Poveda, yo soy la historia que no agoniza como la flor de aquel cañaguate, ese eslabón que realza la grandeza comarcal de nuestro Valle de amores.

Leo en "El Cañaguate cuenta su historia", por Nelson Ramírez y Dankir Ortiz Cárdenas, publicado en 2013 (historiasdebarrioescritasycontadas.blogspot.com) que El barrio actualmente es una combinación de tradición y modernidad, en la parte arquitectónica de su paisaje tiene mezclas de vivienda de estilo colonial, republicano, y quedan muy pocas de bahareque y palma, y otras pocas de adobe y tejas, junto a algunas construcciones modernas de ladrillo y concreto de dos y más plantas (…) Pero la característica principal del barrio continúa siendo el aspecto residencial y la  convivencia entre vecinos que se conocen.

Lo del Ateneo y la labor educativa de nuestro querido Checha Mendoza, fue una verdadera revolución. Aprendimos a vivir en comunidad, fortalecimos nuestro interior en la seguridad de que ricos y pobres podíamos acceder al conocimiento, fuimos formados en valores, en ética y en el amor a nuestra tierra, el respeto a la tradición y en sentirnos orgullosos de lo que somos. Había que ver esas mañanas con revisión minuciosa de pañuelo, peinilla, limpión, embolada, orejas y cuello para confirmar que nos aseábamos, uñas y embolada. Respetar y valorar a la mujer, como compañera de viaje terrenal, fue una de las enseñanzas principales. No se hablaba de derechos de la población afrodescendiente pero en el ateneo aprendimos a convivir, a valorar, a respetar y a querer a nuestros manitos palenqueros, con el centro delantero Pedro Valdés y el gran Pipe –vendedor de alegrías- a la cabeza.

Por el callejón, teníamos a la mano al gran Borrego y a la señora Pascuala, en cuyo solar disfrutábamos del relinchar de mulos, caballos, de sansón -el burro hechor más grande que he visto- y muy de vez en cuando uno que otro burdégano. Por ahí derechito salíamos a la ruta del río, entrando por la tienda La Canoa y a La Ceiba íbamos a dar.

Mi vecina Minga, dio una lección de dignidad, decoro y ejercicio libertario. Todos los sábados, su esposo Juan se presentaba sobre las cuatro de la tarde con más de quince cervezas en su depósito abdominal, como coronación de otra semana de trabajo consistente en su volqueta destartalada. Durante los días anteriores era el hombre más pacífico del mundo pero cerveceao’ era otra cosa. Reclamaba por todo y la emprendía golpes contra su mujer, delante de quien allí estuviera. Ella soportaba y se iba a alguna de las casas vecinas, lloraba desconsolada y compartía sus penurias, repetitibles semana tras semana, hasta que un día, sin pensarlo dos veces, luego de la tunda recibida esperó que Juan se durmiera, en la hamaca de siempre, le cosió los bordes, con curricán para atarrayas y se armó con el manduco de lavar. La manduquera fue descomunal, los alaridos de su hombre se escucharon en África y hasta ahí. Desde esa vez, cada sábado, Juan se presentaba con una florecilla amarilla –de las de perrito- un billete de veinte pesos y tres tostadas de la Panadería Castilla, para su adorable Minga.

Mucho tiempo después del inicio de Valledupar, como capital del Departamento del Cesar, aparecieron nuevos residentes en la enternecedora carrera novena, entre calles 14 y 15 de la época, 18 y 19 de hoy. Entonces, conocimos a Luciana, una mujer trabajadora, emprendedora y aspirante, cuyo esposo Marcos, la amaba con el alma pero temblaba cuando ella le hablaba. Descubrimos que si él se equivocaba, ella lo reprendía a gritos, mientras hubiera gente cerca pero apenas quedaban solos lo golpeaba, con la fuerza de su resentimiento, de su molestia permanente en gracia de su predilección por los hombres altos mientras que su Marquitos, no arribó al 1,50 mts. Hubo cadenas de oración para lograr que ella modificara su actitud, más adelante se integró una comisión de diálogo en procura de apaciguar los ánimos y fue peor, ella se compró un “chucho”, con siete ramificaciones, a partir de lo cual la vida se hizo más invivible para su pareja. Se optó entonces por endurecer el método: doña María Díaz, conversó con Don Guillermo Orozco, para que en su condición de inspector de policía, promoviera la equidad. Lo intentó sin ahorrar procedimientos pero nada cambió. Se fueron a otro barrio de la ciudad y cambiaron los intereses. Viajaron a más destinos en la región Caribe, luego en el interior y después fuera de la territorialidad nacional. Se sabe que habitan en Australia, ella le pega y él se amarra un pañuelo en la boca para que no los deporten. Acostumbrado a la penca de su mujer, Marcos sigue en su empeño macondiano: perfeccionar la técnica para hacerle, cada mañana de sábado, las mejores arepuelas, con queso derretido en sus entrañas, a su eterna, adorable y siempre temida, Lucianita.

Esos recuerdos no me dejan, desde las últimas semanas, porque de nuevo se hace  evidente la intromisión del mal en los hogares donde las individualidades promueven el progreso familiar, el crecimiento económico y la materialización de sueños compartidos, pero se deja mal cerrada la ventana del patio por la tenencia de armas, la combinación con el licor y el avance de discusiones, rencores trasnochados y resentimientos a montón. La vida se nos va en pago de peajes, impuestos y servicios públicos, decía el recordado cacique de la Junta Diomedes Díaz. Lo cierto es que ese coctel depara dificultades y aunque a la mayoría, no siempre le va mal, tampoco les va mejor, mientras que a algunos los visitan las malas horas, esos momentos en los que sobreviene la tempestad y aperturan la entrada al “desierto”.

Va mi oración por Sildana Maestre Maya, mujer pulcra, digna, de comportamiento ejemplar, como madre, esposa y mujer. Su presencia en el lugar destinado por Dios para la gente buena, depara bendiciones para ella y los suyos. Partió a la eternidad, cuando el dueño de la vida, dispuso que ocurriera como acontece con todas y todos.

Richard Molina, ha sido un hombre trabajador, emprendedor y servicial. Jamás se asomó por los vericuetos del poder ni pretendió sobresalir en nada que no sea su trabajo. Siguió los pasos de su padre y con la enjundia que le aprendió a su mamá, trabaja la tierra y promueve el desarrollo agropecuario. Buen ser humano, accesible en cualquier situación y coloquial en sus actuaciones. La mala hora visitó su hogar y, mientras Dios y la justicia se encargan del caso, es dable privilegiar su condición humana, los atributos de su personalidad y los buenos frutos de sus actuaciones. Es la hora del perdón, de la comprensión y del equilibrio. Lo que pasó duele y exige que cada quien reflexione para propiciar que hechos dolorosos como ese no vuelvan a presentarse. Pero seguramente se presentarán, porque las malas horas, están a la vuelta de la esquina. Hay que perseverar en la oración y potenciar el amor, como medio de vida y antídoto ante el mal, encantar los momentos con la empatía de ida y vuelta, poniéndonos en el lugar del otro y dejando ir lo que nos desagrada pero con el compromiso de no traspasar el límite de lo que le duele a los demás, sin pasar la raya que genera desconfianza y atrae la pelea.

Nunca fue más oscuro que antes del amanecer, sin su madre querida, sus hijos tienen en Ricardo, el mejor escenario vivencial para confirmar lo que puede, en un hombre bueno, la fuerza del carácter, para levantarse –como el ave fénix- de sus cenizas y reiterar lo que ha sido y es y será, pese a la gravedad de lo ocurrido.

 

Alberto Muñoz Peñaloza

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Cosas del Valle
Alberto Muñoz Peñaloza

Alberto Muñoz Peñaloza (Valledupar). Es periodista y abogado. Actualmente desempeña el cargo de director de la Casa de la Cultura de Valledupar y su columna “Cosas del Valle” nos abre una ventana sobre todas esas anécdotas que hacen de Valledupar una ciudad única.

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