Lunes, 11 de dic de 2017
Valledupar, Colombia.

Diomedes Díaz Mi primer contacto con la música de Diomedes Díaz sucedió en la escuela rural del caserío de San Francisco, cabecera urbana de la vereda donde nací. Allí, a pocos pasos de la escuela, había una cantina. Su dueño había traído de Venezuela, a donde había ido a trabajar en una matera, un tocadiscos que funcionaba con baterías y dos bocinas, que se podían escuchar a varios kilómetros de distancia. Esa festiva posesión hacía de él la única persona, en varias leguas a la redonda, capaz de animar de manera moderna las parrandas de los adultos perdularios de la comarca de mi infancia.

El artefacto había convertido al tipo en un empresario próspero y apreciado por los tarambanas del villorrio. Para celebrar la vida o para ahogar las penas, los hombres de la región —pocas veces las mujeres, vale la pena aclararlo— llegaban a cualquier hora del día o de la noche y solicitaban que se hiciera sonar en la radiola, por un peso la hora, su música favorita. Entre los temas que los emparrandados hacían repetir hasta el cansancio estaba el paseo “Sueño triste”, compuesto por Calixto Ochoa. La canción encierra un mensaje agorero, que sólo Diomedes Días y Colacho Mendoza pudieron transmutar en aire alegre. A veces estábamos tratando de aprender a sumar, cuando la voz de Diomedes nos llegaba en todo su esplendor, pregonando desde la copa del mango del patio vecino, donde estaba amarrada una de las bocinas:

En la revelación de un sueño yo presenciaba mi cadáver
Pero esto tenía un misterio porque yo amanecí grave
El día que muera este negro quedará de luto el valle

Reconstruyendo los hechos que rodearon su deceso, la agencia Colprensa reportó que, después de haber oficiado como pontífice principal de una parranda celebrada en una discoteca de Barranquilla, a donde fue a lanzar su última grabación, que solo cinco días antes había salido al mercado, “El Cacique voló como el cóndor herido”, cuando hacía una siesta. Según dicho reporte, como presagiando la llegada de la hora final, en medio de su última farra le dijo a uno de sus acompañantes: “Compadre, estoy cansado, me les voy a morir en la tarima”. Al día siguiente, al llegar a su casa en Valledupar, volvió a vaticinar el presagio fatídico. “No me dejes solo porque me voy a morir”, le dijo a su mánager. Sin embargo el hombre partió y el hecho aciago se produjo. El cantante murió en la soledad de su alcoba.

La conmoción social generada por la noticia se manifestó de inmediato en las redes sociales y en las ventanas de comentarios de los portales de los medios nacionales e internacionales. De ello dejó constancia el corresponsal de BBC Mundo en Colombia, Arturo Wallace. En su reportaje dio cuenta de la manera como sus seguidores lamentaron su muerte, valiéndose de todos los medios que encontraron a su alcance. El rastreo de ese dolor en el universo electrónico confirma lo que de él decían los titulares de prensa: “Diomedes como artista fue grande” y para el folclor vallenato él es una figura “irreemplazable”.

En Sincelejo —afirma un testigo de excepción—, cuando se supo la noticia, las parrandas del moribundo domingo se volvieron ambiguas, porque en el Caribe colombiano, como lo canta un verso sin dueño, cuando la gente está en la parranda no se acuerda de la muerte. Siguiendo esa lógica, con el propósito de rendirle tributo y para que el duelo no dañara el espíritu de la navidad, se armó una parranda colectiva, en la que entre la música, el licor y los chistes “todos expresaban algo sobre el Cacique”.

En la maraña de comentarios de los medios virtuales, la congoja que inundó el corazón de sus devotos se evidenció en frases como las de Constanza, que escribió en el espacio destinado por la BBC a sus lectores: “Oooh, Dios, qué tristeza por esta gran pérdida”. Por su parte Hugo Polanco Bohórquez sentenció para consolarse por la “irreparable pérdida” en la ventana de comentarios de El Espectador: “Se marchó Diomedes dejando muchas canciones que en nuestro corazón perdurarán. Se fue Diomedes Díaz, el mejor cantante y compositor, dejando junto a sus hijos y sus canciones un pueblo que en silencio lo llorará”.

Por su lado Hollando (también comentarista de El Espectaor) sostiene que el Cacique de la Junta fue “aquel hombre que le cantó a su tierra, a sus costumbres, a sus gentes, a su familia, a sus amigos, a sus tristezas, a sus desengaños, a sus alegrías; aquel cuya música ya es casi que obligatoria desde hace casi 40 años”. Resignado frente a la fatalidad, Álex Ramirez, un feligrés devoto de la religión de la parranda, escribió debajo de una de sus canciones en YouTube: “Aquí no hay más que hacer sino beber, escuchar sus canciones y despedirlo con alegría”.

En realidad los parajes virtuales, más que las propias notas de prensa, resultaron ser el mejor lugar para recabar los testimonios sobre la saudade que embargó el espíritu de la fanaticada, por la muerte de ese a quien el cronista Salcedo Ramos llamó “el espantapájaros más gracioso de nuestra historia”. Fue allí donde los observadores especializados en fenómenos sociales de masa debieron haberle tomado el verdadero pulso al estado de postración emocional en que se sumergió el alma de la cofradía parrandera, que hizo de ese campesino sin abolengos su gurú, su guía espiritual.

En mi caso, mi primera zambullida en ese luto colectivo sucedió en el muro de Facebook de William Fortich. De manera sucinta y emotiva, quien fuera mi profesor de filosofía de la historia en la licenciatura de Ciencias Sociales registró compungido el hecho. “Colombia entera llora a Diomedes Díaz”, escribió sin rodeos el profesor.

Sus palabras encontraron de inmediato eco en el sentimiento de Roger Pereira Espinosa, uno de sus contactos, que reaccionó a su comentario en tono grandilocuente: “Diomedes de por sí era, es y será siempre un homenaje a la música, al folclor y al amor. Ya está muerto pero será siempre eterno su legado y jamás dejará de ser ese gran músico, eximio cantor y compositor. Perdemos a un gran artista. El mejor homenaje será seguir escuchándolo con alegría”. La reflexión fue complementada por Clito Self Mogollón, quien minutos más tarde agregó: “Se fue el más grande entre los vallenatos”.

Los contactos del profesor siguieron su diálogo dolorido, en el que intervención tras intervención se iba dejando constancia de que la obra musical de Diomedes Dionisio Díaz Maestre, como lo sostuvo Oliden Pérez Mora, “es un legado cultural, de filosofía popular y de la expresión de los pueblos, en su diario vivir”. Ese aspecto fue reforzado por Marly Luz Nieves Díaz, quien afirmó que “sus canciones son historias de la vida real”. Para orientar la catarsis colectiva el profesor volvió sobre el tema anotando: “Las canciones de Diomedes son una fuente para conocer el alma colombiana. Diomedes Díaz fue un monumento a la cultura popular”.

Sobre sus minutos finales, la BBC Mundo, que cita como fuente a su mánager, José Sequeda, informó que “el músico falleció poco después del mediodía”, cuando dormía en su casa de Valledupar. Como lo evocamos anteriormente, la manera como murió Diomedes es sin duda un guiño a los versos de “Sueño triste”. Ésta es una de las canciones que lo convirtieron en reverendo de la secta de tarambanas, que ya, rendida a sus pies, cantaba cuando sus canciones no se escuchaban más allá de los lugares, a donde llegan las ondas hercianas de las emisoras de la frecuencia AM del CARIBE colombiano:

He tenido un sueño raro y triste donde la muerte me ha llamado
Yo recuerdo que le dije: déjeme viví otros años

Desafortunadamente en esta ocasión la muerte no aceptó ningún pacto con el cantor. Éste, al contrario de aquella ocasión, no despertó llorando como en el sueño raro y triste que narra el paseo. En secreto el misterio de la muerte se consumó. Su vuelo al más allá, en medio de los festejos de fin de año, dejó en la orfandad a una “tribu de fanáticos” que no se cansó de lamentarlo y de gritarle “al mundo” durante su funeral “lo mucho que extrañarán al artista”. Abatido por la congoja varios de sus seguidores escribieron en las colillas de comentarios de los periódicos virtuales y en las redes sociales: “¡Diomedes, te tiraste la navidad, viejo man! Por tu muerte la fiesta de fin de año será un velorio”.

Sobre la coincidencia azarosa y funesta de su funeral con la fiesta de Nochebuena, Alfonso Hamburger sostuvo que de todas las bromas de Diomedes, a quien le gustaba jugarle bromas a la gente, “la última”: morirse en navidad, fue la “más dolorosa”. Por ese chasco, durante las festividades decembrinas el Valle y la música de acordeón estuvieron de luto. Su fanaticada y su morena lo lloraron de manera desconsolada mientras era sepultado el 25 de diciembre. En la radio y en las fiestas no sonaba del mismo modo “Mensaje de Navidad”, canción que en los barrios populares, los caseríos y los villorrios del Caribe colombiano es más popular que cualquier villancico centenario. Por causa de la partida inesperada del Cacique de la Junta fueron pocos los que cantaron colmados de la alegría:

Unos dicen: “Qué buenas las navidades
Es la época más linda de los años”

Como Vadinho, el personaje central de la novela de Jorge Amado Doña Flor y sus dos maridos, Diomedes ha muerto en pleno festejo. Para despedirlo el país entero ha parado por un instante la parranda. A su sepelio han concurrido por igual —con evidente rictus compungido— los buenos y malos hijos de la patria. Sin saludarse, se han detenido en silencio un minuto delante de su féretro para encomendarle su alma a Dios. Parafraseando un párrafo de la novela de Amado podría decirse que durante el festejo, en el Cesar y la Guajira, en señal de duelo, en los edificios públicos, en los clubes de la gente bien y en los burdeles de buena y mala muerte, la bandera nacional se izó a media asta.

 

Enoin Humanez Blanquicett

 

Acerca de esta publicación: “Una muerte como en el paseo Sueño triste” es un ensayo extraído del estudio “Diomedes Díaz: el espantapájaros que conquistó un anaquel de la historia de Colombia”. Su autor, Enoin Humanez Blanquicett, es un periodista colombiano (vereda La Octavia, corregimiento de Loma Verde, Córdoba), licenciado en Ciencias sociales con énfasis en investigación. Ha cursado una maestría en historia, perfil contemporáneo, campo América Latina y el Caribe, especialidad historia de las migraciones, en la Universidad de Québec en Montreal.

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