Lunes, 21 de ago de 2017
Valledupar, Colombia.

Jaime Garzón Hay ciertos momentos en la vida, de la historia, que uno siempre los recuerda y recuerda, incluso, dónde estaba, qué hacía, con quien o quienes estaba y, en algunas ocasiones, que ropa llevaba puesta, algún olor en el ambiente que, más bien por capricho de la impresión que por su importancia circunstancial, se quedan en el recuerdo y otra serie de detalles que, en otras circunstancias, pasarían desapercibidos incluso al más detallista de los observadores.

Estos momentos pueden haber sido atravesados por circunstancias significativas de la vida privada de cada uno de nosotros en la mayoría de las ocasiones pero, de cuando en cuando, por acontecimientos de dominio público que tocan y a veces trastocan la existencia no sólo de una persona o una familia, sino de pueblos, ciudades y países enteros, sin que lleguen a faltar los que, de una u otra forma, incumben al mundo entero.

¿Quién no recuerda las bengalas que surcaban las noches del Golfo Pérsico durante la Operación Tormenta del Desierto o el ascenso milagroso de cada uno de los treinta y tres mineros de la mina San José en la cápsula Fénix desde las entrañas a la superficie del desierto de Atacama, los golpes frenéticos al vergonzoso muro berlinés aquél nueve de noviembre y la soga al cuello de la prepotente estatua de Hussein en la Plaza Firdos de Bagdad o el desplome apocalíptico de la torre sur del World Trade Center?

En Colombia, un país que se ha terminado acostumbrando a la barbarie y con poca o ninguna capacidad de sobresalto ha habido, claro, muchos acontecimientos que, para bien o para mal, nos han golpeado y nos sacan temporalmente del amodorramiento antes de volver a caer en el mismo letargo estéril y cómodo o aún peor que antes del guanabanazo que nos zarandeara la existencia. Lastimosamente, la mayoría de esos hechos, hilvanándolos como una sarta de huevos de iguana, constituyen la poco honrosa Historia Nacional de la Infamia que, desafortunadamente no parece tener fin, como no parecen tenerlo las desigualdades económicas y sociales que desde hace tanto nos asfixian y desangran en las diferentes fases y formas que ha tenido la guerra estúpida en la que permanecemos desde la época de la supuesta independencia.

Han pasado ya quince años, la mitad de mi existencia desde aquél 13 de Agosto de 1999 en el cual, poco antes de las seis de la mañana fue asesinado de cinco tiros Jaime Hernando Garzón Forero y, con él, una gran porción de nuestra esperanza, nuestra inocencia y nuestra tranquilidad. Recuerdo bien el momento en que la noticia de su muerte llegó a mis oídos, sólo una hora después, caminando frente a la sala de profesores del colegio donde cursé mi bachillerato. Lloré. Fue como una bofetada o como un escupitajo en el ojo. Una vaina inesperada. No creo que llorara por el genio creativo y el valiente politólogo que hoy día lo considero, sino por el espontáneo, cariñoso y alocado ser humano que era capaz de las más grandes irreverencias de la manera más sencilla y desprevenida posible y que vivió, solamente, para demostrarnos que debemos estar bien informados, que debemos tomar partido y que debemos hacer lo que nos apasiona, sin importar sus riesgos o posibles consecuencias, pudiendo así darle sentido a nuestra existencia, así otros le pongan un plazo caprichoso por mera conveniencia o intolerancia.

Para este día en los medios volverán a escucharse los nombres que han girado en torno a las investigaciones infructuosas y las desviaciones descaradas que estas han sufrido desde el mismo día de su asesinato sin que el estado se haya tomado en serio el papel oscuro que jugó el DAS y sus allegados tenebrosos, dentro y fuera del gobierno, en este y otros tantos hechos de la historia reciente del país. Por si no se recuerda, la muerte de Garzón, la de Galán y la toma del Palacio de Justicia son unos de los más grandes y raros misterios de nuestra historia reciente. Precisamente ese manto oscuro que se ha cernido sobre nuestras vidas públicas y privadas desde la irrupción del narcotráfico ha sido, con sus atrocidades conexas, el causante de que esta y otras de nuestras tragedias vivan en el limbo gelatinoso del medaunculísmo y dejamestá en los que somos especialistas los colombianos.

Como siempre, como por cualquier güevonada, las redes sociales se plagarán de sus fotos y sus frases, obedeciendo a una de esas ondas pasajeras con las cuales se pretende poner al día la consciencia naturalmente adormecida de los ciudadanos zombis que, en su mayoría, conforman esta sociedad poco interesada en sus temas colectivos y fundamentales y que luego pretenden, irresponsablemente, dejar en manos de unos administradores incompetentes  e inconscientes la poco respetable, más bien dudosa, gestión de los fondos públicos, sin tener un verdadero compromiso frente al destino del país y de las propias vidas.

Hace quince años nos quitaron una de esas vidas singulares, uno de esos pocos paisanos que vivieron para mostrarnos el disparate de la vida pública del país, la desinformación de los medios, la ineficacia del estado, la importancia de unir esfuerzos y conciencias para asumir las riendas del país, su dirección y el diseño e implementación de políticas efectivas para dar solución a los múltiples problemas que lo aquejan, principalmente la corrupción.

Sólo quiero invitar a tomar conciencia, a tomar partido, a hacer algo para evitar que nuestro bienestar siga siendo distribuido y administrado por los tipos que unos pocos nos imponen y así hacer un verdadero homenaje a la memoria de Jaime. A que reaccionemos, propongamos, hagamos uso del voto, que es la vía constitucional que tenemos para soltarnos de brazos, de manera decente y coherente, procurando el bien común y colectivo, sin mirar por encima del hombro al otro, ni tenerlo por encima de corazón, ni hacerle mal en su persona, aunque piense y diga diferente…

Para finalizar, les comparto un poema de la colección CONFIDENCIA, precisamente sobre el día del asesinato de Garzón.

 

13 de agosto de 1999

 

Quiero morirme de manera singular

César Mora

¿A dónde fui ese día?

¿Qué hice? No lo sé.

¿Encontré ese día

algo perdido antes?

¿Perdí, acaso,  ese día

algo encontrado después?

 

En tus dientes y en tus ojos, saltones,

hace mucho, entendíamos la purulencia,

el degenero que carcome nuestra grandeza.

 

Alguien… abrió. Cerró una ventana.

Crujió una puerta en sus goznes.

 

Asaltó de nuevo la angustia

todas las ventanas y zaguanes.

 

Un individuo aislado

se esfumó, se perdió, dispersó.

 

Uno a uno, palmo a palmo,

el ruido y la furia usurpan

el lugar tibio del amanecer.

 

Ha terminado, de nuevo,

la ceremonia que pone una voz

en la cacha brillante del revólver.

 

En adelante, ¿qué será de nosotros?

¿Quién mostrará el reptar de las lombrices,

tarareará el croar de los renacuajos infectos,

pintará los gusanos hirviendo en la boñiga fresca?

 

Luis Carlos Ramírez Lascarro


A tres tabacos
Luis Carlos Ramirez Lascarro

Luis Carlos Ramírez Lascarro nació el 29 de junio de 1984 en la población de Guamal, Magdalena, Colombia. Es técnico en Telecomunicaciones y tecnólogo en Electrónica. Estudia actualmente Ingeniería de Telecomunicaciones y trabaja para una empresa nacional de distribución de energía eléctrica. Finalista de la cuarta versión del concurso Tulio Bayer, Poesía Social sin Banderas, 2005, en cuya antología fue incluido con el poema: Anuncio. Finalista también del Concurso Internacional de Micro ficción “Garzón Céspedes” 2007. Su texto El Hombre, fue incluido en el libro “Polen para fecundar manantiales” de la colección Gaviotas de Azogue de la CIINOE, antología de los finalistas y ganadores de dicho concurso, editado en 2008. El poema Monólogo viendo a los ojos a un sin vergüenza, fue incluido en la antología “Con otra voz”, editado por Latin Heritage Foundation. Esta misma editorial incluyó sus escritos: Niche, Piropo y Oda al porro en la antología “Poemas Inolvidables”, de autores de diversos lugares a nivel mundial. Ambas ediciones del 2011. Incluido en la antología Tocando el viento del Taller Relata de creación literaria: La poesía es un viaje, 2012, con los poemas: Confidencia y guamal y con el texto de reflexión sobre poesía: Aproximación poética. Invitado a la séptima edición del Festival Internacional de Poesía: Luna de Locos de Pereira (2013) e incluido en la Antología nacional de Relata, 2013, con el poema: Amanecer.

Es autor del libro, publicado de manera independiente: El Guamalero: Textos de un Robavion y de los libros aún inéditos: Confidencia y Libro de sueños.

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