Martes, 23 de ene de 2018
Valledupar, Colombia.

Vivir por un tiempo en una película de Wes Anderson sería algo que me encantaría. ¿Será porque en ellas todo es bonito en apariencia, teñido de colores que parecen sacados de una pastelería? ¿O será porque en su mundo habitan unos personajes estrafalarios y encantadores, melancólicos y afectados por una nostalgia incurable?

Lo cierto es que pocos cineastas tienen un estilo tan propio y personal como el creador texano, y aunque en ocasiones, sus películas han adolecido de un exceso de preponderancia de la forma sobre el fondo (Anderson es un esteta de mucho cuidado pero eso es parte de su encanto), el caso es que su último trabajo me ha parecido el más divertido y disfrutable de todos, y en conjunto su mejor película hasta la fecha.

Dividida en diferentes capítulos, la trama nos lleva desde el presente al pasado y a un pasado aún más lejano para regresar al mismo punto donde empezó. Una pirueta de la que logra salir airoso el director de títulos como Los tenenbaums Moonrise Kingdom.

En el país imaginario de Zubrowka, un escritor (Jude Law) llega al Gran Hotel Budapest en los años 60, ahora convertido en un establecimiento gris con empleados que no ponen pasión en su trabajo. Allí, el escritor conoce a Zero Muhammad (F. Murray Abraham) quien en una cena le relata la mejor época de toda su vida; su experiencia como botones de El Gran Hotel Budapest.

El gran hotel Budapest es una película de enredo principalmente, una comedia coral con un toque de distinción del que Lubisch  se sentiría orgulloso, y que en ciertos momentos recuerda desde Tintín hasta otros cómics o aventuras animadas, con peripecias de todo tipo como esa fuga de la prisión inolvidable. Pero también es algo más. Aunque Anderson evite ponerse dramático, es fácil encontrar en ella una crítica a los totalitarismos que devastaron Europa, y a la oscuridad que propagaron después, como se demuestra en el uso que hace del blanco y negro. Su último filme es también una reivindicación del pasado, de una época en donde el personaje de M. Gustave (brillante Ralph Fiennes) no desentonaba y donde su L' Air de Panache y sus refinados modales eran la máxima expresión de la elegancia.

Si la película funciona no solo es por el talento y el genio creativo de Anderson, detallista hasta niveles insospechados como se ve en la recreación del hotel, sino también por la interpretación de los dos protagonistas principales, Ralph Fiennes y el debutante Tony Revolori quien encarna con brillante ingenuidad al joven Zero. Junto al maestro y al aprendiz, desfilan un plantel de estrellas que quita el hipo.

Desde algunos de sus actores fetiche (Bill Murray, Owen Wilson, Jason Schwartzman...) a otros cuya presencia es fugaz (Léa Seydoux, Tilda Swinton en el papel de anciana millonaria, y que curiosamente estaba pensado para Angela Lansbury), sin olvidarnos de dos actores que aquí resultan muy cómicos. Me refiero a ese par de malos ejemplares encarnados por Willem Dafoe (cada vez más parecido a Nosferatu por cierto) y Adrien Brody, gran actor que cuando tiene un buen papel, por pequeño y trivial que parezca, sabe dar lo mejor de sí mismo. Por el hotel también desfilan entre otros rostros conocidos un Edward Norton, que parece sacado de la anterior película de Anderson, Jeff Goldblum o Saoirse Ronan, quien interpreta a la dulce y decidida novia del lobby boy.

A nivel técnico, El gran hotel Budapest lleva a otro nivel todos los trabajos anteriores de su director. Una vez más, Anderson emplea sus recursos favoritos que tanto amor-odio despiertan; travellings laterales, rótulos con letras barrocas, planos cenitales, saturación cromática... pero esta vez se acoplan de un modo perfecto a la historia que nos cuenta.

La película no sólo es una delicia para ver sino también para escuchar. De nuevo, Alexandre Desplat, uno de los mejores compositores de música de cine de la actualidad, compone una banda sonora que se erige como un personaje más y que imprime ritmo a las persecuciones, robos...así como sabe recrear la nostalgia de un amor perdido.

En definitiva, este largometraje es un espectáculo que durante 100 minutos logrará que el espectador no pierda sonrisa, y todo ello con el sello de un autor que en esta ocasión ha querido rendir su particular homenaje al escritor austríaco Stefan Zweig. No se la pierdan.

 

María José Agudo


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