Martes, 23 de ene de 2018
Valledupar, Colombia.

Fotografía de Spencer Tunick El cuerpo humano reflejado en una obra constituye un ideal de belleza que va cambiando con el tiempo. El desnudo artístico es –especialmente desde las formulaciones clásicas de la Antigua Grecia– una representación meramente estética de un objeto de atracción erótica.

Las esculturas de Miguel Ángel (una de ellas, David) son célebres por recrear el cuerpo humano en su perfección. Pero también lo son “La Venus del espejo” de Velásquez, la “Maja desnuda” de Goya, o “La perla y la ola” de Paul Baudry, por mostrar el cuerpo de la mujer con todo su esplendor.

La sexualidad relativamente implícita en estas imágenes es lo que aporta al desnudo ese carácter majestuoso y sobresaliente. El desnudo es un género que, justamente por ser objeto de admiración o bien de condena y rechazo, ha sido prohibido en épocas de moral puritana.

Para muchos expertos, el hecho que el Cristianismo tendiera a negar o reprimir la sexualidad en el hombre, y condenara el sexo o lo placentero del sexo, ha hecho que el desnudo haya sido uno de los temas más atractivos y controvertidos para los artistas y el público. Esta relación se ha nutrido inevitablemente de los tabúes y las prohibiciones, de las convenciones y el pensamiento moral de cada época.

Existe una gran relación entre la concepción que tiene una sociedad del cuerpo humano y la que tiene del desnudo. Al servicio de la Iglesia durante muchos siglos, el arte de occidente conoce un cambio muy relevante en la época del Renacimiento.

El regreso a los ideales de belleza de la antigüedad clásica, un nuevo optimismo ante la vida y la convicción de que el ser humano está hecho por Dios a su imagen y semejanza, legitiman una visión nueva del cuerpo desnudo y éste se idealiza y embellece, se convierte en algo noble y magnífico.

Durante el barroco, las representaciones del cuerpo humano oscilan entre amables y coloristas desnudos, alegorías mitológicas y carnes opulentas (Rubens, Tiepolo, Luca Giordano), y un realismo extremo donde predomina lo claroscuro y la austeridad (Caravaggio y Rembrandt).

Frente a la represión y corrección académica que imperan durante las corrientes clásicas y el Rococó, entra en acción un artista como Courbet, decidido a transgredir los límites de lo moralmente aceptado. Pinta un provocador cuadro al que titula "El origen del mundo". Presenta el cuerpo femenino de una forma inaudita hasta entonces, lo que genera un notorio escándalo.

Otro artista provocador surge en el siglo XIX: Manet, quien realiza el retrato de una prostituta, recibiendo el regalo de un cliente. No hay ningún tipo de pretexto alegórico que desvíe la atención de la crudeza del tema. Cierta vulgaridad y sordidez impregnan el cuadro y el cuerpo de la muchacha no recibe ningún tratamiento dulcificador, que evite al público contemplar aquello que prefiere no asumir. Irónicamente Manet titula el cuadro "Olympia", el nombre de una diosa.

Con Manet entran en movimiento artistas de la corriente impresionista como Edgar Degas quien se preocupa esencialmente por la transcripción del movimiento y escenas llenas de vida y espontaneidad. Degas se aleja voluntariamente de los cánones de belleza convencionales, optando por un tipo de cuerpo poco desarrollado, de adolescente; y Renoir: uno de las más grandes intérpretes del cuerpo femenino quien se inspira de la “Afrodita de Cnido” para crear la Baigneuse au griffon(1870). Renoir buscaba conciliar el clasicismo con un aire de realidad natural.

En el siglo XX y XXI, el desnudo gana protagonismo a través de la fotografía y los medios de comunicación de masas, y llega incluso a aglomerar centenares y miles de personas entorno a un mismo proyecto.

El mejor ejemplo de esta “masificación de la desnudez” es el fotógrafo Spencer Tunick quien comienza en el año 1992 fotografiando personas desnudas por las calles de Nueva York y, tras una rápida popularización, va citando a miles de personas en grandes ciudades.

 

José Luis Hernández

 

La Lupa literaria
José Luis Hernández

José Luis Hernández, Valledupar (1956). Abogado, docente y amante de la literatura. Ofrece en su columna “La Lupa Literaria” una perspectiva crítica sobre el mundo literario y editorial. Artículos que contemplan y discuten lo que aparece en la empresa especializada, pero aplicándole una buena dosis de reflexión y contextualización.

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