Sábado, 18 de nov de 2017
Valledupar, Colombia.

Después de una serie indefinida de encuentros, finalmente Rafael y Erika se hicieron novios el veintidós de febrero. Para aquella fecha, ya Rafael había conocido la desnudez de los pezones azulados de Erika y la viscosidad de su sexo entrevisto en aquellos minutos ininterrumpidos de coito.

Antes de esto, Erika había tenido un par de novios y con ninguno se había acostado. Aunque no sentía una especial manía por su virginidad  —le daba lo mismo perderla con uno u otro tarde o temprano— creyó que su primera experiencia sexual fue substancialmente dolorosa. Aquella vez, la rigidez y tecnicidad en los movimientos de Rafael, comparada con su tardo amoldamiento a las pocas caricias, le hicieron pensar que lo que estaba haciendo no distaba mucho de una práctica de autoflagelación. Este tipo de práctica también le reveló a Erika que Rafael había arrastrado consigo a otras chicas al mismo lugar.

Rafael tardó medio año en conquistar a Erika y otro tanto invirtió en seducirla y llevársela a la cama. En su primera fase, la de aparente enamoramiento, lo hacía poniéndole mensajes escuetos y vulgares en Facebook, por correo o mediante el celular. Erika se motivaba con cada timbre que llegaba a sus oídos. No ocultaba —nunca quiso hacerlo— su emoción ante aquellos recados cargados de cierto grado de esnobismo y elucubraciones obscenas. Para ese periodo Erika salía con Manuel, quien le escribía poemas y se los dedicaba; no estaba propiamente enamorada del sujeto, pero le encantaba las metáforas que usaba para describirla en su poesía: pez, pájaro, agua deseada…

Un día, Erika estuvo a punto de rendirse a los pies de su atributo artístico, pero descubrió que Manuel andaba con la secretaria de cultura, quien era una mujer que doblaba en edad al poeta, con una belleza particular y una manera de referirse a las cosas cotidianas parecidas a la de Manuel. Esa vez Erika derramó una lágrima y se ocultó detrás de unos altos higos, mientras veía cómo Manuel le subía la falda beige a la secretaria, se bamboleaba entre sus delgadas piernas y le besaba el cuello. Erika nunca le hizo un reclamo o una recriminación a nadie.

2

Rafael pensó que cuando conoció a Erika por fin renunciaría a la usanza de aquél desamor. No tendría por qué seguir lamentándose más sobre aquélla desaventura —ese era su adecuado nombre— mal hablada por sus antiguos amigos. “Iveth era cosa del pasado”, se dijo frente al espejo sosteniendo las migajas de la nota donde Iveth le explicaba que jamás había sentido nada por él.

Al día siguiente, Rafael encendió su computadora portátil y estuvo harto rato husmeando muros en Facebook hasta que dio con el de una fulana Erika Cifuentes, en paréntesis Liberian Girl y que en vez de su foto ponía una de Michael Jackson. Luego de aceptar la solicitud de amistad —casi de ipso facto—, Rafael vio que en el perfil de la tal Erika abundaban ridículas postales de amor, frases de autores todavía más risibles y estados comentados por chicas con nombres rebuscados. Poco a poco fueron rompiendo el hielo, compartiendo fotos y datos vitales de cada uno. Luego Rafael probó con llamadas frecuentes y llegaron las consabidas citas en lugares inusitados.

Rafael nunca se olvidó de Iveth. Aunque esto no supuso que intentara olvidarla de todas las maneras posibles. A espaldas de Erika, se acostó con toda suerte de mujeres, yendo de un cuerpo a otro con una sed irrefrenable; bebiendo se convirtió en amigo de un gamín que siempre lo esperaba a las afueras de aquella discoteca. En esos instantes no podía evitar que sintiese una furibunda opresión en el pecho o reprimir un suspiro cuando se topaba con el aroma especial del perfume de Iveth, o sencillamente un gesto natural de Erika alcanzaba para saber que aún estaba engarzada en lo más hondo de su ser.

Ocurrió una noche, después de uno de esos jaleos. Rafael yacía llorando de dolor en posición fetal. Tenía los ojos rojos como si estuviera poseído por una droga sicotrópica. Sentía unas horribles aguijonadas en la costilla y el tórax. Respiraba dificultosamente entre hipos y saliva. Su cuerpo se contraía de espasmos…

Unos segundos antes de cerrar sus ojos, Rafael se había abierto las venas con la hoja de su navaja.

En el suelo los primeros goterones de sangre se mezclaban con el agua.

 

Náiver Urango


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