Sábado, 20 de ene de 2018
Valledupar, Colombia.

Guido Tamayo / Foto: Milton RamírezDedicado a la docencia desde hace algunos años como profesor de la Maestría de Escrituras Creativas de la Universidad Nacional de Colombia, Guido Tamayo se ha desempeñado como gestor cultural de la Cámara Colombiana del Libro, asesor literario de Colcultura y el Ministerio de Cultura, así como de la Feria del libro que se celebra en Ecuador.

En el contexto de una charla literaria prevista con Miguel Torres, y dirigida a transmitir el apego por la lectura y la escritura, el Guido Tamayo respondió a algunas preguntas sobres sus lecturas, así como el oficio de escritor, y mostró que ambas cosas van íntimamente ligadas.

¿Cómo llegó a los libros?, ¿Cuáles fueron sus primeras lecturas?

No recuerdo bien cuál fue mi primer contacto con los libros, que imagino fue dándose poco a poco, aunque si tuviera que precisar un momento más exacto diría que se produjo al comenzar a leer cuentos policíacos, porque mi papá era un gran lector del género.

Así que comencé a desarrollar una competencia ingenua e infantil en la que cada vez que llegaba del colegio, en las tardes, yo tomaba los libros que él dejaba –era un dibujante arquitectónico de la Beneficiencia de Cundinamarca que no era un gran lector, pero que, sin embargo, llegó a apasionarse por ese tipo de lecturas-, para comenzar a ganarle desde chiquito. Debía tener 11 o 12 años. Luego, vinieron Emilio Salgari, Verne y más esas de lecturas.

¿Qué llamó su atención de estas obras?

Esa naturaleza tan distinta, héroes como Sandokány narraciones en las que Salgariera un experto, que lo hacen terminar a uno sumergido en esos otros mundos. Pero no vaya a creer que soy un experto en ese tipo de literatura, porque muy pronto pasé a una literatura digamos más para adultos, con autores como Ernesto Sábato y los escritores del Boom, que comencé a leer sobre los 14 años.

¿Algún autor que llamara su atención en esos primeros años?

Hay muchos, pero recuerdo uno en particular: Cuentos que mi madre nunca me contó, una antología de cuentos policíacos y de terror realizada nada más ni nada menos que por Alfred Hitchcock, que nunca he vuelto a ver en ninguna librería, y además comenzó a crear esos vasos comunicantes entre el cine y la literatura.

De hecho, creo que lo que más disfruté durante la carrera de Comunicación Socialeran las sesiones de cine, aunque también durante esa época comencé a ir a cines de funciones dobles para ver mis primeras películas, casi siempre solo, cuyo análisis e interpretación comencé a practicar de manera mucho más seria en la Universidad.

¿Leía entre película y película?

No, yo prefería concentrarme en las películas y leer por la noche porque siempre he sido un lector nocturno, aunque de hecho ahora leo muchísimo más de día. Uno crea hábitos de acuerdo con el tiempo del que se dispone, y en este momento prefiero comenzar a escribir muy temprano por razones de trabajo.

Así es que cuando llegaba del colegio, jugaba con mi hermano y los amigos del barrio, a veces incluso dejaba de hacer las tareas, y ya después llegaba la noche y comenzaba a leer. Mi papá dejaba sus libros y yo me los llevaba un poco a escondidas para enterarme de lo que hacía.

¿Cómo hacía para seleccionar sus lecturas de esa época?

Tuve la fortuna de contar con un tío que fue un gran lector desde muy joven, con quien tuve una amistad muy estrecha en un momento muy importante de mi vida; él estudiaba en la Universidad Nacional y tenía una muy buena biblioteca, de manera que solíamos hablar sobre libros e incluso llegué a comprarle algunos ejemplares que me llamaban la atención.

Esa biblioteca estaba organizada de acuerdo con sus placeres y deseos como lector que yo fui asumiendo también, aunque ciertamente un libro suele siempre llevar a otros libros.

¿Qué libros llamaron su atención durante esa segunda etapa?

Sin duda alguna El Túnel, de Sábato, me conmovió y me mostró que la literatura era capaz de mostrar una parte esencial de nuestra condición humana, como son los celos, que yo desconocía. Eso me impresionó y me botó de cabeza hacia la literatura.

El obsceno pájaro de la noche, de José Donoso, también fue para mí una cachetada que me condujo a ese mundo de los viejos. Se trata de un libro que  ahora es ignorado, pero que es una de las grandes novelas del Boom, quizá por encima de muchas otras que han sido más celebradas.

Recuerdo, por ejemplo novelas de Juan Carlos Onetticomo El Astillero, sus cuentos me impresionaron mucho. Aunque también estaban, por supuesto, García Márquez, Carlos Fuentes y Guillermo Cabrera Infante, quien me mostró un lado más divertido de la literatura, gracias a la musicalidad y gran sentido del humor que hay en su obra.

¿Los clásicos?

Con un primo y un amigo tuvimos un grupo de lectura en el que comenzamos a leer las obras de Homero, Ovidio y la literatura clásica europea: Stendhal, Flaubert, Balzac, Dostoievski, Tolstoi, Chejov, Turguénev. Y los gringos, ya mucho más recientes: Capote, Hemingway, Faulkner.

Inevitablemente, estoy hablando de esa adolescencia tan compulsiva y deliciosa, recuerdo habernos ido, con mi hermano y un primo, a una población cerca de Cali, Vijes, con unas mochilas llenas de libros con el propósito de pasar nuestras vacaciones leyendo. Debíamos tener entre 15 y 16 años, y además, evidentemente, salíamos a buscar a las muchachas, de vez en cuando también nos emborrachamos, pero esencialmente nos dedicamos a leer.

¿Qué papel jugaron los cafés?

Yo iba mucho a un café que quedaba en el barrio Teusaquillo, y en Chapinero había otro al que asistían escritores mayores a los que yo miraba con mucha admiración. Nosotros no fuimos al Automático, ni nos movimos mucho por el centro, y además, como al terminar la carrera me fui a vivir a Barcelonadurante 10 años no pude frecuentar los sitios donde se reunían las personas de mi generación durante esos años.

¿Y la Universidad?

En mi caso particular, y creo que en el de muchos otros escritores, la literatura va triunfando sobre todo; de tal manera que aunque hubiera podido ser médico o arquitecto inevitablemente habría terminado siendo escritor.

Y aunque la Comunicación Social era una carrera que se acercaba más a ese propósito, realmente encontré allí un espacio que me acercó más al cine como un lenguaje que se puede estudiar y analizar. Pero también leía mucha literatura latinoamericana y pude acceder a ediciones mexicanas que no eran de fácil acceso.

Luego vino el Doctorado en Barcelona, y allí principalmente me dediqué a leer e ir a cine, además de ejercer el periodismo. La pasé muy bien allí, porque Barcelona era una ciudad mítica por la que habían pasado Vargas Llosa, Juan Marsé y  García Márquez, junto a escritores colombianos como Ricardo Cano Gaviria, R.H. Moreno Durán, Oscar Collazos. Personas con las que tuve amistad durante esos años, a pesar de esa distancia generacional; yo siempre anduve con gente mayor. Era una ciudad en la que se leía mucho y en todas partes.

¿Recuerda algunas de las lecturas que quizá le llegaron a sugerir?

Durante todas esas conversaciones, los escritores suelen recomendar ciertos autores; pero más que eso, yo me imponía a un autor en particular con el fin de descifrar cómo hacía para escribir. De manera que me imponía ciertos modelos que cambiaba cada dos o tres años: gente cuya obra me dedico a estudiar porque plantea problemas similares a los que yo mismo me planteo cuando escribo.

¿Qué lo lleva a dar ese salto de convertirse en escritor?

Uno difícilmente se convierte en escritor si no lee, porque en algún momento esa pulsión lo manda a uno hacia la escritura. Yo comencé a sentir esa necesidad y me senté a escribir, además de establecer una disciplina de escritor.

¿Cómo es esa disciplina?

No tengo un ritual específico, pero me gusta oír jazz, en lo posible estar solo y aislado de cualquier tipo de ruido. Suelo escribir en las mañanas, y como decía alguien, esperar que la inspiración llegue cuando me encuentre escribiendo. De tal manera que procuro dedicarle el tiempo suficiente como para que algo pase.

A mí me arrastra una imagen y siempre dejo pendiente una imagen para el día siguiente, de tal suerte que resulte lo suficientemente sugestiva como para que pueda escribir al menos un párrafo, y de ahí en adelante poder desarrollarla para comenzar a construir un mundo del que, claro, uno debe tener una idea acerca de lo que se quiere escribir.

García Márquez solía referirse al proceso creativo a partir de una secuencia de imágenes. ¿Cómo explicar esa influencia del cine en la literatura contemporánea?

La presencia incuestionable y rotunda del lenguaje del cine en la formación de sentimental de todos estos autores resulta apenas normal, porque fueron personas que en algún momento llegaron a verse deslumbradas por la imagen, al punto de querer estudiarlo, como en efecto fue el caso de García Márquez, quien lo primero que hizo al llegar a México fue dedicarse a hacer guiones cinematográficos.

No hay nada más poderoso en la cultura popular, al lado de la literatura, que la influencia del cine; mucho más que la pintura, la escultura o el teatro.

Hablaba hace un rato de Hitchcock, ¿Qué otro cineasta marcó su carrera como escritor?

Yo pienso en escritores más que en directores de cine, aunque sin duda por ahí debe haber varios. De hecho, si se mira con calma, la película “El inquilino” de de Roman Polanski tiene el mismo título de una novela que escribí y en la que en efecto hay algunas cosas en común. Pero no es algo que hubiera sido a propósito.

Más que el nombre de un director, lo que tengo son sus imágenes y la composición de un fotograma: el color, la disposición de los objetos y eso que llamo yo la imagen que puede desatar el desarrollo de un texto narrativo.

Otra de sus facetas es la de ensayista, que no suele ser frecuente en el conjunto de escritores. ¿Qué lo llevó e explorar ese otro género?

La pasión por la lectura inevitablemente lo lleva a uno a realizar ciertos análisis que cada vez son más juiciosos: esa búsqueda en procura de hallar la forma en que resuelven otros escritores algo que uno mismo se plantea, o la manera en que se descubre un recurso del que no tenía noticia, a partir de una obra específica, es nada más que adentrarse en cómo lo hacen a partir de una obra en particular.

Preocupación que, imagino, transmite a sus alumnos…

Totalmente. Yo trabajo en la Maestría de Escrituras Creativas de la Universidad Nacional, en la cátedra de Narrativa, y allí precisamente ayudo a terminar un libro durante el último año. Labor que para mí resulta muy placentera y especial, a la vez de constituir un reto, llegar a proponer ciertas lecturas para ayudar a resolver problemas relacionados con la construcción de un personaje, por ejemplo.

¿Qué lo hizo tomar la decisión de enseñar a escribir?

Fue llegando y no se trató de una búsqueda específica. Durante muchos años trabajé como gestor cultural de la Cámara Colombiana del Libro, y sabía que mi universo era muy reducido, al igual que el de muchas personas que nos dedicamos a leer, porque o dictamos clase, o trabajamos como burócratas culturales. No sé qué también lo hago, pero tampoco podría dedicarme a hacer otra cosa.

 

Juan Carlos Millán Guzmán

 

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