Viernes, 17 de nov de 2017
Valledupar, Colombia.

Nací y crecí escuchando la bendita palabra cachaco por todos lados. Asumí, de entrada, que se trataba de los nativos del interior. No cuestioné el significado de la palabra porque todo el mundo a mi alrededor la usaba para identificar a todo el proveniente del interior del país: el bogotano, el paisa, el santandereano, en fin, de ahí pa’ abajo. Además era una niña, por Dios, yo andaba pendiente de volármele a mi abuela (quien no veía muy bien por cierto) para irme a encaramar en las palmeras de la playa, de rebuscar a mi papá en las oficinas más recónditas de la Gobernación de la Guajira para pedirle monedas a ver si me compraba un “raspao”, de sacar monedas de donde fuera (el bolso de mi mamá es testigo) para ir a llenarme los dientes de caries comiendo dulces, los benditos barriletes, ahí me tiré la vida.

Deduzcan lo que quieran, me da igual, de todas formas siempre me han dicho que soy una peste. En fin, andaba imbuida en ese mundo letárgico que nos ofrece la niñez y del cual deseamos salir algún día sin saber del infierno que nos espera en esa cosa llamada adultez, pero bueno, nadie escarmienta por pellejo ajeno, dicen por ahí. En esas andaba yo cuando aprendí a decir, típico de todo oriundo del Caribe colombiano, “la tienda de los cachacos”. Y es que el que no conozca una “tienda de cachacos” no es de la región Caribe, o vive retirado de la urbe, una de dos.

¿Quién diablos dijo que los bogotanos (o resto del interior del país) son cachacos? ¿A cuenta de qué? ¿De su buen vestir, su elegancia o caballerosidad? ¿Son demasiado educados? Ah no, es que son españoles de muy buena posición económica, supongo. En fin. Pero como todo en la historia es tan apasionante, así ha sido siempre, encuentro que este calificativo se remonta a épocas coloniales cuando, en el nido ese (cuando digo nido me refiero concretamente a la época colonial, no actual) llamado Santafé de Bogotá, su gente vestía extremadamente bien porque tenían que aparentar que eran de mejor familia (Cosa que jamás fueron) y alcanzar el grado de criollos prestantes. Entonces, el calificativo en principio fue correcto, pero ahora no. Entiendan que en Bogotá, en el interior del país, así como en el resto del mundo, hay mortales donde, así como existen cachacos, también existen gamines. Y es que en mi Tierra también hay cachacos, imagínese. Los conozco, convivo con uno y todo, se hace llamar mi hermano menor.

De niña era feliz diciendo cachaco, no le veía el problema. Y ahora, que suelo ser más infantil que antes, paradójicamente, me produce jaqueca decir cachaco para referirme a las personas oriundas del interior del país. El cuento es que ahora no sé cómo decirles, me toca hablar del gentilicio de cada departamento, lo que se hace sumamente largo, pero no importa, con tal de no volver a decirles cachacos, eso lo paga. Aunque la situación es más dramática cuando nos enfocamos solamente en lo bogotanos, a ellos nos referimos con más ahínco a la hora de decir cachacos ¡Qué tal! Creo que ya les expliqué de por qué el cuento empezó con ellos.

Pero les voy a contar mi triste historia, de cómo me desprendí de ese calificativo, no crean que fue fácil... Llegué a Medellín al año inmediatamente siguiente de graduarme del bachillerato, no les voy a decir cuándo para que no me calculen la edad ni la trayectoria. La primera vez que caí en cuenta del significado de la palabra cachaco fue cuando escuché, ya en Medellín, que alguien, cualquiera (ya ni siquiera recuerdo quién ni las circunstancias), dijo: “hay que ir de cachaco”. Mi reacción fue contundente. Me dirigí al diccionario más cercano y busqué el significado de tal palabra, y ahí estaba: “persona de buen vestir”. Lo recuerdo así, escuetamente. El mundo me dio vueltas, ¡Se imaginan! Acababa de romper un paradigma de mi cultura. Tal fue mi trauma que en adelante se me trababa la lengua, balbuceaba, ya no sabía qué decir para referirme a quienes conocí como cachacos. Desde entonces peleo en toda parte y con todo el mundo. Con mi papá, mi mamá (aunque pelear con ellos ya es tan rutinario que es irrelevante resaltar las discusiones en torno a la palabra cachaco), mis compañeros, amistades, ¡Con cualquiera! Soy perfectamente capaz de quedarme todo el día en un semáforo refutándole a alguien el significado de esta palabra. Pero tranquilos, no estoy de manicomio aún, es solo un gran trauma producido por el “choque cultural”.

Los choques culturales son traumáticos, los míos así lo han sido… Y vaya que choque cultural tan bravo, ni se imaginan las peleas que libré con tal de aprender a hacer buen uso del vocabulario, pues, como soy incorregible, me cercioré de usar las palabras correctas, para que no me corrijan, o por lo menos no me tomen por sorpresa, hasta compré un diccionario y lo cargaba en el bolso, todo con tal de que no me refutaran y defender el vocabulario coloquial que usamos los del Caribe colombiano (no diré costeños porque ése es otro eufemismo barato... ¿De cuándo acá un planeta-ricense es costeño? ¡Son sabaneros señores! Es que esta gente de por acá es feliz diciéndole costeño a todo lo que se le atraviesa con cara de suero, pescado y yuca. A propósito, yo también soy sabanera, lo llevo en la sangre, suelo decir que soy enrazada. Pero eso sí, nacida y criada en la Costa, que no haya equívocos). Y ni hablar de la arepa, ésa es otra larga, traumática y deprimente historia, por ahora quedémonos en el léxico.

¿De cuándo acá un paisa me iba a poner a decir emparamado en vez de empapado? ¿De cuándo acá iba a decir taco en vez de trancón? ¡Ni por equivocación! No me cambian mi jerga por nada del mundo. Aunque quedó una pelea en remojo, que nadie ganó, o más bien ambos ganamos, la de la famosa pluma Vs canilla… ¡Esa es la más famosa! Es correcto tanto pluma como canilla, así que compañero, no se deje aturdir, no se deje amedrentar, cuando lo corrijan y le digan que es canilla, diga con mayúscula sostenida, en negrita y con signo de admiración: ¡Pluma está bien dicho! Hagan cara de eruditos si quieren, disfrútenlo, pero no se dejen, por favor. Mi búsqueda a este respecto fue tensa, les confieso que me ofusqué cuando encontré que canilla estaba bien dicho, me imaginé llegando a mi Tierra a decirle a todo el mundo que debían decir canilla, y no pluma, me imaginé doblegándome a la jerga paisa, hasta que por fin encontré que pluma también se podía usar para referirse a la llave que regula el paso de los líquidos ¡Qué descanso! Y ni hablar de la batalla campal que libré la primera vez que escuché que le dijeron corroncho a un vallenato que a mí me gustaba. Después de una pelea monumental y una profunda depresión, entendí que acá a todo lo que les parezca del Caribe colombiano lo tratan con ese calificativo. Me costó, pero al final lo entendí. También entendí, después de mucho, que me peleaban adrede las cosas, solo para mortificarme, pero eso tampoco lo lograron, lo único que consiguieron fue hacerme reír, y mucho.

Finalizo diciendo, para que no me malentiendan, que no tengo nada en contra de los paisas, hasta me caen bien después de todo, tengo muchas amistades paisas y son muy buenas personas, a algunos hasta los quiero, y mucho, creo que se los he dicho en uno de esos estados en los que la lucidez se ausenta. Lo que no les perdono a algunos es que me le hagan mala cara al vallenato, tampoco les perdono que le arruguen la ceja al suero, al ñame, al mote de queso o hacerle burla a nuestra sagrada forma de hablar rápido. De resto, los perdono por ser paisas. A los demás los perdono por no ser “costeños”. Y a los oriundos del Caribe colombiano no les perdono jamás que vuelvan a decir cachaco para referirse a alguien “del interior” del país, no se los perdono. ¡No se dice cachaco, que les quede claro! ¿O se los repito?

 

María Jimena Padilla

@Majipabe 

 

Palabras Rodantes
María Jimena Padilla Berrío

Economista de la Universidad Nacional de Colombia, cuasiabogada de la Universidad de Antioquia. Soñadora incorregible, aventurera innata, errante. Guajira de cuna, crianza y corazón, ama su cultura como al coctel de camarón. Investigadora, melómana, cinéfila y bibliófila. Su mayor placer es deslizar un lápiz sobre un papel.

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