Domingo, 24 de sep de 2017
Valledupar, Colombia.

Serenata vallenata / Obra de Andrés Landero

“El canto vallenato” es heredero directo de La Tambora, y al igual que esta, nace, crece y evoluciona en un entorno rural, con olor a yerbas al lado de campesinos, vaqueros, leñadores y pescadores que trasegaban en su cotidianidad.

Este escenario descrito, incentivaba el magín de estas personas sencillas y permitía que fluyera en forma espontánea la melodía y después el mensaje del canto con que expresaban sus amores y desamores, su admiración o su repudio hacia algunos actos y hechos de su comunidad; otras veces cantaban deslumbrados a la naturaleza, a la belleza del paisaje, a su mundo, ese pequeño universo que los circundaba. 

En el jolgorio, toque o convite, “el cantador” iniciaba el canto con los versos que serían “la contesta” o coro que las o los “respondedores” repetirían a lo largo de la melodía, “el cantador” cantaba de memoria los pocos versos que había compuesto y, luego, los espontáneos le acompañaban improvisando los suyos propios.

Esto hacía que el canto en algunos casos no tuviera unidad temática sino que se refiriera a temas variados como una colcha de retazos y su hilo conductor era únicamente el coro que finalmente le daba el nombre al canto. Es decir, era una creación colectiva que no tenía un autor definido y por tanto terminaban siendo parte del colectivo, engrosando el inventario cultural de estas comunidades rurales. A todas estas, el canto era acompañado del currulao, la tambora, las maracas y las palmas de las respondedoras, es posible que en el norte del Cesar y la Guajira se utilizara la caja, en Rioviejo Bolívar utilizan La tamborina que es un instrumento hibrido entre caja y currulao que se toca con mambacos (No había ningún otro instrumento).

Andando el tiempo se depuró el tema del canto, es decir empezó a tener unidad temática, para ello nuestros compositores se valían del cuento, contaban historias de su cotidianidad, hechos y ocurrencias que se daban en sus localidades y que servían para criticar, otras para distensionar y servir de solaz y esparcimiento popular.

Más adelante, esos mismos relatos mejorados salen de su entorno, ya que al hacer parte del repertorio popular, y ser cantado fuera de la comunidad donde tuvo origen, y ser escuchado por extraños, se constituyen en noticias que deslumbran y sorprenden a sus oyentes, estos nuevos elementos cantan el mensaje oído y lo transmiten a nuevas comunidades, haciendo posible que el mensaje cantado llegue mucho más lejos y sea oído en remotas tierras de nuestra provincia.

Con el acompañamiento inicial de la guitarra se fortalece el canto vallenato y comienza a deslindarse de la tambora, pues la melodía es enriquecida por nuevas notas, imposibles en la rusticidad de la instrumentación negra e indígena de esta. Más tarde, con el advenimiento del acordeón, toma definitivamente un camino diferente al del canto primigenio (la Tambora), y comienza a forjar su propia identidad y su propia historia.        

No obstante, esa nueva identidad, el canto vallenato conserva el ADN de su madre nutricia, pues conserva la percusión, la estructura del canto y de alguna manera, aunque modificado, el coro, y sobre todo, la anécdota, la narración, el cuento.

Con la apertura que el país hizo sobre la educación en las provincias, el canto vallenato recibe una nueva fuente que le nutre, pues sus cuentos toman forma algo poética y utiliza, de alguna manera, formas metafóricas elementales dándole a este un nuevo aire, una nueva vida, sigue siendo en esencia un cuento bien contado, una noticia que relata un hecho, una anécdota que sigue deslumbrando al oyente.

El canto vallenato evoluciona hacia otras instancias líricas y el compositor toma de la poesía algunos elementos almibarados, resaltando, si se puede, aún más su belleza, es la música enamorada para enamorados, que sigue siendo un cuento bien contado y bien cantado.             

El canto vallenato era escuchado, aplaudido, aprendido y cantado por un pueblo que lo valoraba por su contenido, por la historia que contaba, esto le daba una perdurabilidad, una permanencia en el tiempo. Más tarde, los cantos que guardaban esta línea, fueron catalogados como “vallenatos clásicos”, por parte de los entendidos en la materia, quienes se dieron cuenta que eran cantados por diferentes generaciones en diferentes épocas, es decir, eran reutilizados, eran reciclados.

La modernidad irrumpió en el mundo del vallenato y los jóvenes compositores y músicos en forma entusiasta implementaron una serie de cambios en este canto incentivados por el auge comercial y sus dividendos. En ese cambio olvidaron la norma de oro: “El vallenato es un cuento bien contado”. Comenzaron en un proceso acelerado de desarraigo, abandonando la vocación bucólica de nuestro folclor y asumiendo formas “urbanas” que la nueva ciudad de Valledupar le presenta a esa juventud amante de la música, pero no del folclor, y comienzan una serie de innovaciones musicales donde la letra, la noticia, el mensaje, el cuento pasa a un último lugar.              

Como resultado de estas innovaciones encontramos, ya no “cantos” como nos lo enseñaron los mayores, sino “canciones”, con poco contenido y ninguna tradición, se esfumaron los “cantores” y aparecieron los “cantantes”, seguidores de una cultura televisiva que utiliza micrófonos y uniformes, y le dan más valor la sonoridad y a la rítmica que al mensaje, eso hace que estas canciones de poco contenido, se conviertan en producto de mercadotecnia, de fugaz existencia que el oyente olvida pasado el fervor de la propaganda y campaña publicitaria que los conjuntos incentivan en las emisoras locales.               

El “canto vallenato” está a punto de fenecer y en su remplazo ha venido la “canción” vallenata, es decir se pierde un producto natural con un añejamiento que le daba un alto valor agregado y parece que viene a ocupar su espacio, con mucha dificultad, un vallenato artificial y plástico de poca durabilidad, no reutilizable y con el logo indolente de no reciclable.

 

Diógenes Armando Pino Ávila

 

Caletreando
Diógenes Armando Pino Ávila

Diógenes Armando Pino Ávila (San Miguel de las Palmas de Tamalameque, Colombia. 1953). Lic. Comercio y contaduría U. Mariana de Pasto convenio con Universidad San Buenaventura de Medellín. Especialista en Administración del Sistema escolar Universidad de Santander orgullosamente egresado de la Normal Piloto de Bolívar de Cartagena. Publicaciones: La Tambora, Universo mágico (folclor), Agua de tinaja (cuentos), Tamalameque Historia y leyenda (Historia, oralidad y tradición).

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