Lunes, 19 de feb de 2018
Valledupar, Colombia.

San Diego de las Flores (Cesar) / Fotos: Armando Arzuaga Murgas

Después de una injustificable ausencia, he querido traer a Panorama Cultural y por tanto a ustedes, queridos lectores, unas cuantas ideas que bullen en mi pensamiento desde hace mucho. Quizá desde cuando -insisto, hace mucho- tuve conciencia del inconmensurable afecto que siento por mi terruño: el antiquísimo pueblo de San Diego. Creo además que la intención conviene, pues cada 13 de noviembre celebran los sandieganos la fiesta litúrgica en honor del que es su santo patrono por antonomasia: san Diego de las flores (es el mismo san Diego de Alcalá que figura en el santoral), de donde justamente toma el pueblo su nombre.

En cierta ocasión en que departíamos en la Alianza Francesa su entonces director, David Siegrist; Alberto Muñoz Peñaloza, director de la Casa Municipal de Cultura de Valledupar, ampliamente conocido como buen contador de anécdotas, y este servidor, me sorprendió Muñoz Peñaloza con estas palabras: “-Siempre he admirado esa forma característica que tienen los sandieganos de ser sandieganos. Para ustedes ser sandieganos, más que pertenecer a un pueblo es un estilo de vida. Viven orgullosos de su sandieganidad”.

Pienso ahora que no sólo lo decía aludiendo algún apunte sandiegano, porque luego me enteré por boca de él mismo, que en sus años mozos anduvo un tiempo enamorado de una sandiegana, pariente mía, que por fortuna no le prestó atención. Con todo, creo que el alcance de sus palabras va mucho más allá de lo que la historia, la memoria y la cultura local, han definido como la idiosincrasia del individuo didacense (éste sería su gentilicio en jerga culta, del latín Didaci: Diego).

Lo que la historia nos dice sobre el origen de la población actual es todavía difuso. El reconocido investigador Tomás Darío Gutiérrez informa en su libro “Cultura Vallenata” que “San Diego fue también una población precolombina de la nación tupe[1], y agrega que “desde el principio de la conquista (…) los españoles la distinguieron con el nombre de Chiriaimo, debido al nombre del cacique de aquella población[2]. Añade también, con nota aclaratoria de cita hecha del “Cuaderno de Historia Provincial”, del también investigador sandiegano Antonio Araújo Calderón, que para 1697 ya existía como un “pueblo de indios de nación tupe, denominado San Roque de Chiriaimo[3].

Ciertamente el ancestro indígena de nación tupe es irrefutable. No obstante, subsisten dudas sobre el origen toponímico, sobre todo porque la tradición oral vincula el actual San Diego con el antiguo Hato de Uniaimo, que fue un hato ganadero de españoles afincados en cercanías de la encomienda de Tupes. José Nicolás de la Rosa se refiere a dicho sitio como el “populoso Hato de Uniaimo[4], lo cual indica que ya en la época en que De la Rosa señala los lugares donde ocurrieron los sucesos históricos (1576? 1578? 1609?) que andando el tiempo sirvieron de base a la “leyenda vallenata”, se trataba de un sitio habitado por buen número de personas.

Está también la cuestión del nombre. El de “San Diego” es bastante reciente. En realidad, todavía a principios del siglo XX se hablaba del pueblo de “Diego Pata”, y así figura en mapas oficiales de finales del siglo XIX. De acuerdo con una sólida tradición oral, el nombre de Diego Pata derivó del capitán español Diego de Nevado[5], que estuvo en estos parajes haciendo frente a los ataques de la resistencia tupe. El desempeño militar de dicho personaje está relatado con pertinente sustento bibliográfico por uno de los historiadores de mayor relevancia en Colombia: Ernesto Restrepo Tirado, en su obra “Historia de la Provincia de Santa Marta”.

¿Se trata acaso de un mismo pueblo que tuvo sucesivamente en sus orígenes dos nombres distintos (Hato de Uniaimo; San Roque de Chiriaimo)? O, ¿se trata de dos sitios diferentes, uno de los cuales prosperó y llegó a ser después la aldea de Diego Pata? El topónimo “Chiriaimo”, nombre del río que baña las sabanas de Uniaimo (otra vez), debería servir para dirimir la cuestión. Pero entonces, ¿cómo se explica y resuelve la cantidad de coincidencias históricas en cuanto a lugares y personajes?

Por otra parte, ¿de dónde surge el nombre actual de San Diego? En ordenanzas de 1852 figura oficialmente Diego Pata, que como hemos anotado previamente, permaneció hasta entrado el siglo XX. Se me ocurre que esta pregunta es más fácil de responder. Aunque carezco todavía de soportes documentales, pienso que no es descabellado suponer que la Misión Capuchina que entró en el país vallenato en el año de 1905, con la creación del Vicariato Apostólico de La Guajira, pudo haber tenido que ver con el asunto, pues los capuchinos, como franciscanos que son, cuentan entre los santos de su Orden al venerable san Diego de Alcalá, que popularmente también es llamado “de las flores”.

Si así fue, o si hay otra razón que aún desconocemos, lo cierto es que se cumplió en todo caso aquello que nuestros abuelos les oían decir a sus padres, acerca de un tal “enviado”, personaje histórico que conocieron nuestros tatarabuelos como Hermógenes Ramírez, que apareció en la bucólica aldea de Diego Pata, hablando de Dios y enseñando rezos y sacramentales. Enviado o no, sólo Dios lo sabe. Lo clave del asunto es la determinante sociológica digna de un análisis más detenido, pues los ancianos le atribuyen el haber dicho al despedirse del pueblo, agradecido por la característica hospitalidad sandiegana, y descontento por el mal recibimiento que le dieron en el hoy municipio de La Paz: “Paz de dolores, y San Diego de las flores”.

 

Armando Arzuaga Murgas



[1] GUTIÉRREZ HINOJOSA, Tomás Darío. Cultura Vallenata: Origen, teoría y pruebas. 4ta. Edición. Bogotá: Panamericana Formas e Impresos S.A., 2014. P. 142

[2] Ibídem

[3] Ibídem

[4] DE LA ROSA, José Nicolás. Floresta de la Santa Iglesia Catedral de la Ciudad y Provincia de Santa Marta. Barranquilla: Biblioteca Departamental del Atlántico, 1945. P. 220

[5] Diego de Nevado fue un militar español comisionado por el gobernador de Santa Marta, Andrés de Salcedo, para contener a los indios tupes que habían incendiado la ciudad colonial de Becerril del Campo. De acuerdo con la tradición, se le hinchaba un pie a causa de la enfermedad de gota, por lo cual dieron en llamarlo “Diego, el patón”.

 

Golpe de ariete
Armando Arzuaga Murgas

Nacido en San Diego de las Flores-Cesar, 1982. Profesional en Lingüística y Literatura de la Universidad de Cartagena. Poeta, investigador y gestor cultural. Miembro del Café Literario de San Diego, y adscrito a la Red Nacional de Estudiantes de Literatura y Afines-REDNEL. Tallerista sobre expresión oral y creación literaria. En el año 2010 ganó el Premio Departamental de Cuento Corto. Desde el 2009 es coordinador del Centro Municipal de Memoria de San Diego-CEMSA, entidad que impulsa la declaratoria de “Bien de Interés Cultural del ámbito local” a la Ermita de Santa Ana de los Tupes. Dicha gestión en defensa del Patrimonio Cultural lo llevó a integrarse a la Fundación Amigos del Viejo Valle de Upar-AVIVA, donde funge como secretario. Es columnista del periódico virtual Panorama Cultural y colaborador habitual de algunos medios locales.

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