Viernes, 17 de nov de 2017
Valledupar, Colombia.

Flavia Herrero

A pesar que no estaba con Flavia Herrero cuando salió sobre una bicicleta atiborrada de maletas, sospecho que salió con lágrimas en los ojos, se paró sobre los pedales para acelerar la marcha (el corazón afanado, las manos temblorosas), hasta que el cuerpo se acomodó a la idea de viajar.

Así, sola y asustada, como si la acabaran de dar a la luz de la vida, inició el viaje en el que aparecían ciudades, casas, montañas, valles, desiertos, caras, acentos. Y con ellos, charangos, bongoes, gaitas y personas que le enseñaron a sentir la música en las arrugas del alma, a convivir con ella como si fuera otra piel.

—¿Me dices que no sabías tocar cuando saliste de Buenos Aires? —pregunto asombrado.

—No sabía.

—Pero te vi tocando el charango, moviendo el maracón, cantando como si se te fuera la vida en cada tonada.

—Lo aprendí en la ruta.

Sin embargo, en el viaje no todo fue fiesta. Algunas veces tenía que arrancarle pedalazos a unas piernas que no daban más de sí. Las montañas se transformaban en muros, el sol se escondía detrás de un rebaño de nubes gordas. Había frío de muerte, noches de tormentas, amaneceres temerosos.

—Una noche en Cochabamba me golpearon unas niñas para prestarme una cobija. Al ratito volvieron para invitarme a dormir en su casa, —dice Flavia mirándome a los ojos. —Sólo habían dos camas y me dieron una para que yo durmiera en ella. No valió que les explicara que no era necesario porque yo podía dormir en el piso.

—Eso en los casos en los que el clima no era favorable. Pero, ¿qué hacías cuando se acababa la plata?

—Durante el viaje no me había pasado, hasta que llegué a Pucallpa. Allí me dije: “ahora sí se acabó el dinero”. Pero una señora hermosa me llevó a su casa, hasta que pude reemprender el viaje.

Pienso mientras habla, que un viaje de más de diez mil kilómetros no se emprende con la esperanza que no flaquee la voluntad, sino con la certeza que se encontrará humanidad en el camino. Flavia la encontró, como también la halló Jimena Bravo y cientos de hombres y mujeres que demuestran que Latinoamérica es una sola nación, un sólo idioma y un solo sueño.

Después que las cuentas se ajustaron, volvió a la ruta. Quedaron atrás calles, carreteras, acentos, caras y destinos. Adelante el azar revoloteando como una nube de luciérnagas.

En Quito cambió la bicicleta por otra más liviana, en Ipiales se encontró con un grupo de muchachos con quienes viajó hasta Popayán. De esta ciudad hizo camino hacia Bogotá, pasando por Cali.

—¿Cuánto tiempo llevas en Bogotá?

—Cinco meses.

—Algo me dice que te estás enamorando de una ciudad que pocos quieren.

Sus ojos se hunden en una oscuridad sin fondo. Su alma pedalea lento, como si fuera subiendo por las crestas de la melancolía. Sus palabras cambian de cadencia: deja de escabullirse entre una puya de gaitas y tambores, para recalar en las vecindades del tango.

—Está llegando la hora de tomar camino, —dice con los ojos empañados.

Sus palabras traen a mi mente la letra de una milonga:

Todo aquello que viví lo llevo puesto
en la mochila que me dio el camino.
Hay luto, hay risa, hay mucho amor y ausencia,
no será una gran cosa, pero es mío.

Flavia ha dejado en Bogotá semillas hermosas. Por ejemplo dejó un mural que hizo con los alumnos de un colegio de San Cristobal Sur. Sus formas y colores recuerdan que somos hijos de esta mujer que asesinamos a fuerza de envenenar ríos, de lanzar toneladas de basura sobre su piel.

—¿Para dónde vas?

—Para San Jacinto: quiero aprender a tocar la gaita. Ese siempre ha sido el objetivo…

—¿Dices que vienes en bicicleta desde Buenos Aires para aprender a tocar la gaita?

—Sí.

Entonces sus ojos recobran la luz que habían perdido segundos atrás. El alma se para en los pedales para aumentar la cadencia de su corazón.

—¿Qué piensas hacer después que aprendas a tocar gaita?

—No sé. Hay que dejarle espacio a la incertidumbre.

Incertidumbre que hemos marginado por cuenta de una certeza que nos llena de enfermedades. ¿Cuánta migraña estamos dispuestos a soportar por tener la seguridad que mañana trabajaremos de ocho a cinco? ¿Cuánta frustración soportamos por tener la tranquilidad de un sueldo fijo?

Camino con Flavia hacia la cocina de una enorme y hermosa casa en La Candelaria.

—Llegué a este lugar porque me dijeron que había una huerta, —dice señalando una reja custodiada por tres perras que ladran sin tregua.

—¿Cuándo sales para San Jacinto?

—En una semana.

—Aún queda tiempo para organizarla. Si quieres te ayudo.

—¡Gracias!

En algún rincón de su alma empiezan a sonar un tropel de tambores, hasta que le nace una sonrisa de aquellas que sólo se ven una vez en la vida.

 

Diego Niño

@diego_ninho

Palabras que piden orillas
Diego Niño

Bogotá, 1979. Lector entusiasta y autor del blog Tejiendo Naufragios de El Espectador.

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