Viernes, 18 de ago de 2017
Valledupar, Colombia.

 Gabriel García Márquez canta rancheras / Foto: Pablo Corral Vega¿Sería culpable la providencia de lo percibido por Gabo cuando fue invitado por el joven médico Manuel Zapata Olivella?

Era un momento para la historia chulavita. Cuando llegó el hijo del telegrafista, había un pueblo lacerado, ulcerado por las balas de un régimen azul, azul de muerte y a un mes todavía supuraba tristeza el temperamento del poblado, golpeado por los acontecimientos contados en capítulos ácidos, ahora alejados en el tiempo, hechos informados por radio y prensa en los medios centrales y costeños como unos actos más de la larga lista de atropellos a la ciudadanía inerme.

De calles raras -como dice Emiro- con sus hijos en la misión de hacerle honor a su nombre era para entonces epicentro desde el cual se soltaban ondas musicales vallenatas con el sello distintivo de la autenticidad y origen únicos.

Censados con sus apellidos dinásticos moraban en sus hogares maestros en su arte musical, haciendo alianza con cantores naturales del folclor que hoy manifestaban presencia muda en las esquinas por donde cruzó el visitante cataquero aquella noche milagrosa, noche de un pueblo donde pudo reconocer ese mundo fácil para crear y sonear canciones, llamado La Paz.

Enmudecidos los cantos y negadas a resonarlos las gargantas nativas ya heridas en su honor de seres lúdicos, La Paz dibujó para Gabo aquella noche sin luceros, una nota temática salida de lo común, que marcaría su archivo de cuentista-comunicador literario.

Debió caminar sobre ruinas dejadas por la acción pirómana de la soldadesca partidaria y azul y a sueldo oficial por matar y arrasar siguiendo orden de un capitán, un belicoso represivo que al no encontrar al jefe de una familia liberal pacífica, alzado en rebeldía combativa aquella noche destinada a festejos citados en La Tuna… “Tuna” quemada junto a veinticinco casas destruidas para con ello saciar su venganza el capitán bárbaro, mas el rebelde liberal hace rato se había esfumado de la sitiada Paz.

Manuel Zapata OlivellaZapata Olivella, con la misión de parrandear y alegrar a su amigo Gabito, busca y no consigue al afamado músico del pueblo, inconforme lamenta la ausencia del gran Juan López, ahora solidario y afligido por ver malograda a su aldea pacífica, su Paz acogedora y acordeonera, él había ido al refugio silencioso, a la heredad campestre de Pedro, su primo danzonero.

Le quedaba a Zapata Olivella una opción: El segundo acordeonero grande de la dinastía, Pablo, el otro López y maestro en el oficio también. A confusa hora nocturna, efecto de un pueblo catapultado por el desastre, se reúnen y, con la fuerza de la convicción médica acumulada en su tarea diaria sanando a moradores del pueblo, no fue capaz.

Le cuesta las duras y las maduras despegarle el dolor a Pablo, afligido como muchos por la desgracia en la “Tuna de Julio”, -allegado pariente- y expone una pausada consideración argumentativa frente a Gabo y Zapata, alega haber perdido la interacción amorosa continua con el arrugado instrumento de música, los hace desistir y así el mensajero enamorado del vallenato, hoy nobel de la literatura, pudo perder para siempre aquella audición especial con notas de armonía pacífica en casa de Agustina Gutiérrez.

Lo que va a ser será. Entra en escena una hermana de Agustina e hizo posible el milagro al cambiar la voluntad de Pablo, desde la casa de enfrente exclamó: “Tocá Pablo -haciéndole pininos al recién nacido Alfredo Peraza- pa` podé dormí mi pelao y además nos hizo un mes sin música en la Pá”.

Aquello llegó al fondo, al sentir de Pablo, evidencia picazón en los dedos, dichosa rasquiña que le pide a gritos digitar sobre el teclado, a continuación vino la frase mágica esperada por los parranderos: “échalo pa´ acá” señalando con el índice al adormitado juguete inventado como piano de marineros y ahora sumido en el mutismo, fuelle enlutado desde la fecha nefasta cuando acallaron a balas los bravos ritmos en la espacial “Tuna” ubicada en el vecindario de todos.

Haciendo su recorrido, abriéndose paso por portones, calles y callejones… se oyó hasta lejos aquel merengue ejecutado por Pablo y soltado a los vientos por la voz de Dagoberto. Con el sentir nostálgico de esos tiempos, el inconfundible paseo, las puyas y los sones contagiaron del despertar musical a hombres y mujeres en sus casas, ahora los instrumentos olvidados en los rincones sonaron y todos se unieron para ser cómplices felices de aquella noche, noche de goce lírico garciamarquiano.

 

Alvaro Agustín Calderón Calderón

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