Martes, 12 de dic de 2017
Valledupar, Colombia.
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Gabriel García Márquez

La muerte de Gabriel García Márquez ha producido tal conmoción en nuestras letras, como no se registraba una desde 1986, cuando murió Borges.

La misma sensación de vacío, tristeza y desamparo se adueñó de todos los espíritus que aman la literatura en castellano, dictándoles idéntica convicción: no habrá otro igual. Ya no gozaremos de nuevas magias, ni gastaremos vida junto al Fabulador Supremo. Debemos dar por perdida la ilusión de que, aun teniendo que sobrellevar la peripecia de nuestra existencia gris, había un brujo tramando incansablemente para nosotros hiperbólicas felicidades.

Nos hemos quedado solos y es grande la cofradía de los dolientes: escritores, editores, periodistas, intelectuales y, con mejor derecho, agradecidos y desinteresados lectores de ayer y de hoy.

Parece evidente que un grupo sintió como ningún otro la partida del colombiano, y son sus colegas los periodistas. Es legítimo pensar que en cada uno de ellos anida la seguridad de estar llorando al mejor de los suyos, al que llevó a la excelsitud las triquiñuelas de la profesión y que se valió de ellas para dar forma a un incomparable. Empero...

Rodolfo Walsh dictaminó, con extraordinaria inspiración periodística y literaria, que de entre todos sus oficios terrestres el que más le convenía era el violento oficio de escribir: García Márquez, que compartió muchas cosas con Walsh, podría haber concordado con la salvedad de que, para él, no hubo otro quehacer que no fuera ese, y, precisando el juicio, el de escritor de libros hasta las últimas consecuencias y costara lo que costase.

Lo sabemos porque se lo confesó a un periodista y también, naturalmente, escritor.

En junio de 1967, Buenos Aires era la capital de la industria editorial en lengua española. Era natural, por tanto, que Cien años de soledad, la novela que estaba en boca de todo el mundo, se hubiera editado aquí. (Nos hemos acostumbrado tanto a las pérdidas que hoy esa primacía se nos ocurre tan lejana como ajena).

Dos tapas de Primera Plana, un concurso en que fue jurado junto a Roa Bastos y Marechal y un extraordinario reportaje de Ernesto Schóo fueron el marco del hoy mítico acontecimiento de su visita a la Argentina, que debe no poco a la intuición de aquel gran periodista que fue Tomás Eloy Martínez.

Cóctel en el Hotel Plaza. La excusa, entregar el premio del mentado concurso, pero la verdad es que todos quieren una palabra de la nueva celebridad. Acosado por los cronistas, García Márquez desilusiona a todos por igual con la misma explicación: no da entrevistas.

Entre aquellos está Antonio Requeni, de La Prensa. No se resigna. Espera a que la ingesta de bebidas y bocadillos apacigüe los ímpetus para buscar otra oportunidad. La reunión desmaya y el fin se ve cercano; los escribas experimentan la melancolía de cada uno de esos convites, cuando la urgencia de la redacción les recuerda que su participación en el mundo de las exquisiteces, el boato y los comedimientos es ilusorio, o apenas tangencial.

Ralea la concurrencia, lo que le permite vislumbrar (¡charlando con el invitado!) a Beatriz Guido, que para el mundo es escritora profesional, pero que, en realidad se desempeña como ángel tutelar de su “Babsy” y, según aseguran quienes la conocieron, de cualquier amigo en trance de afán. Antonio Requeni es uno de ellos y busca un aparte.

—Betty, por favor, conseguime unos minutitos con García Márquez...

—Pero, vos viste, no quiere hablar con nadie, Antonio.

—Decile que es para La Prensa, que es un diario importante, el más viejo de Buenos Aires. Dale...

Beatriz despliega sus alas y susurra quién sabe qué conjuro al ilustre y esquivo visitante, que accede a conceder tres minutos, no más.

¿Qué preguntarle a ese hombre retacón, morocho, que le recuerda al por aquel entonces célebre Juan Valdés, símbolo del café de Colombia? La premura y la poca paciencia no son, por cierto, las mejores condiciones para sacarle el jugo a una exclusiva. Pero no hay que dejar pasar la ocasión.

Transcribo:

—¿Cómo definiría su estilo? —es la primera pregunta.

Seco, cortante, el novelista contesta:

—Un realismo disparatado.

—¿Reconoce algún antecedente?

—Hasta hace poco reconocía antecedentes, pero después de analizarlo mucho, comprendí que eran los críticos quienes me habían hecho creer en esas influencias. Hoy, los únicos antecedentes que reconozco son los cuentos que me contaba mi abuela.

(...)        

Le pregunto entonces si la transformación operada en la narrativa de los últimos años, especialmente en América Latina, tiende únicamente a renovar aspectos formales o pretende además reflejar una nueva visión de la realidad.

—Los novelistas como Cortázar, Carpentier, Guimarães Rosa, Vargas Llosa y yo mismo —contesta— nos estamos dando cuenta de la verdadera realidad latinoamericana y para poder expresarla tenemos que experimentar nuevas formas, formas que tiendan a reflejar más certeramente esa realidad. Creo que escribir novelas es contar las cosas que le pasan a la gente. Antes se le daba importancia al paisaje, ahora queremos profundizar esos caracteres y en eso va incluido todo (el paisaje, las psicologías individuales, la situación política y social). Usted ve que ya no se hacen panfletos, ahora se escriben novelas.

—¿Eso quiere decir que la novela es sucedáneo del libelo?

—No —responde rápidamente—, la novela no es un sucedáneo, pero lo incluye. Una novela auténtica, en estos momentos, necesariamente debe constituir un testimonio social y hasta político, pero implícitamente, a través del hombre, no como se hacía antes.

(...)

—¿Cree que puede alcanzar trascendencia una novela que se escriba hoy en América con una estructura y una expresión tradicionales, de espaldas a la experimentación de la novelística actual?

—Yo no niego nada de la novelística anterior. Los defectos de que podía adolecer no eran el tratamiento, los procedimientos estilísticos, que no eran malos. Lo que ocurre es que antes había una forma distinta de ver las cosas.

El entrevistador advierte que el embrujo de Beatriz se disipa. En cualquier momento García Márquez lo dejará plantado o —lo que es peor— alguno se avivará y... ¡adiós, primicia! Pregunta lo primero que se le viene a la cabeza.

—¿Qué consejo daría a un joven escritor latinoamericano con vocación de novelista?

La pregunta es inocente, y también un lugar común. Pero esos tiempos también eran de inocencia, una inocencia tan grande como para llamar “dictablanda” a la tiranía de turno. El país vivía por inercia de las glorias del pasado, e ignorábamos que el golpe de 1966 marcaba la cuenta regresiva que nos llevaría a la destrucción y el horror.

—Que escriba mucho. El principal problema de los escritores latinoamericanos es que, en general, son escritores de domingo. No se dedican de lleno a la creación.

—De acuerdo; pero tenga en cuenta que muchos escritores, aún importantes, deben trabajar en otra cosa para vivir, para sostener a una familia, dar de comer a sus hijos...

El periodista se siente tocado. Él a su vez es escritor, pero es para parar la olla que está frente al comienzo de la leyenda. Aunque las amarillentas páginas de La Prensa nos desmienten, el escritor le espeta, de manera brutal:

—¡Pues que los hijos se mueran de hambre!

Reflexiona Requeni:

La respuesta me pareció un exabrupto y no me animé a consignarla en el reportaje. Más tarde comprendería el verdadero sentido de la frase. García Márquez no dejó morir de hambre a sus hijos pero, con su esposa, hizo muchos sacrificios para poder dedicarse a escribir.

¿Cansancio? ¿Fastidio? ¿El whisky? Tal vez, un poco de cada cosa, pero también la confirmación de que ese hombre tímido, a pesar de su apariencia maciza, había tomado ya una determinación irreversible. Se había dado cuenta de que tenía algo importante que decir y lo haría, del modo que fuese y sin importarle los sacrificios o lo que hubiera que dejar por el camino.

Matar a los hijos de hambre seguro que no, pero lo necesario como para dejar con la boca abierta a cualquiera, como a un azorado periodista de Buenos Aires, en el lejano invierno de 1967.

 

Antonio Requeni 

 

Acerca del autor: Antonio Requeni nació en Buenos Aires en 1930. Es uno de los grandes poetas argentinos y un maestro de la crónica, como atestigua su Cronicón de las peñas de Buenos Aires (Ed. Corregidor, Bs. As., 1986). Ha sido laureado por la Sade con el Gran Premio, es ganador del Premio Municipal de Ensayo “Ricardo Rojas” y el del Fondo Nacional de las Artes. Integra como miembro de número la Academia Nacional de Periodismo y la Academia Argentina de Letras; es miembro correspondiente de la RAE. Algunos de sus poemarios: La soledad y el canto (1956), Manifestación de bienes (1965), Línea de sombra (1986) y El vaso de agua (1997). La recreación de su encuentro con Gabriel García Márquez se ha hecho teniendo en cuenta sus recuerdos y su propia versión del asunto, publicada en La Prensa y en su libro Temas y personajes (papeles de periodista) (Proa Amerian Editores, Buenos Aires, 2012).

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