Sábado, 21 de oct de 2017
Valledupar, Colombia.

Cuentan que el día en que Gabriel Eligio García Martínez vino a este mundo en la población de San Luis de Sincé, la mujer  que lo recibió y a quien se le atribuían dones premonitorios, vaticinó una sentencia que tendría que aguardar 82 años para que literalmente pudiera cumplirse: “Este niño que acaba de nacer tendrá un nombre poco común en este pueblo, pero él a su vez, tendrá un hijo que hará que este mismo nombre le dé la vuelta al mundo”.

Ni en el más alucinante de sus días, Gabriel Eligio García creyó que esa historia que le había contado su madre acerca de su nacimiento,  llegaría a ser tan certera como lo fue. Pasarían varios años, tendría que recorrer muchos caminos y sortear diversos obstáculos, para que la historia comenzara a tomar su propio cauce.

Siendo telegrafista en la región de achi, le nació un hijo a quien llamó Abelardo y, luego, un par de años más tarde, sería en San Marcos, donde llegó al mundo una niña que llamaría Carmen Rosa.

Varios años después, en su vida de judío errante, una recomendación del arzobispo de Sucre lo llevó hasta la población de Aracataca, a cumplir sin él saberlo en ese entonces una cita ineluctable que le debía al destino. Era un  pueblo  con almendros polvorientos en la plaza principal, donde decían que en el esplendor de la fiebre del banano bailaban en noches de fandango con fajos de billetes encendidos, donde se escuchaba el trueno que a las tres de la tarde servía como despertador para la siesta y donde la llegada del tren con su sonido desgarrador y su pito de lamento eran todos los días la novedad en el pueblo.

Fue en ese mismo tren de lamento en el que un buen día de Dios, llegó Gabriel Eligio con el oficio innovador de la telegrafía, a la tierra donde se encontraba la mujer que la vida tenía reservada para él y con quien protagonizaría una historia de amor, que los llevaría a quererse hasta que la muerte o la memoria se los permitió.

No podía ser otra que Luisa Santiaga Márquez Iguarán, la hija del coronel Nicolás Ricardo Márquez, un militar  retirado, veterano de la Guerra de los Mil Días y Tranquilina Iguarán, una mujer guajira con dones adivinatorios, una imaginación desbordada y portadora en su sangre del gen del mamagallismo serio.

Luisa Márquez fue criada en medio de las comodidades que le ofrecía ser la hija del Coronel Márquez, con una educación privilegiada  en el Colegio de la Presentación de la Santísima Virgen, en Santa Marta. Se hizo una virtuosa del clavicordio y el piano gracias a las tediosas clases del medio día y acompañó a Gabriel Eligio,  que tocaba  el violín, a improvisar los valses de moda.

Sus virtudes más notorias desde la juventud, siempre fueron el sentido del humor y esa salud de hierro que los acechos de la adversidad, no lograrían derrotar en su larga vida. Pero la más sorprendente y aún también la menos sospechable, era el talento excepcional con que lograba esconder la tremenda fuerza de su carácter.

Pasó de ser esa hija sumisa y obediente, a una luchadora ingeniosa y encarnizada por el amor de un forastero  romántico y trasnochador. Sería ella quien definiría esta unión, cuando enfrentó a sus padres con ese carácter que llevaba tatuado a su espíritu y un ímpetu de guerrera implacable. Las mismas armas que le servirían para enfrentar a la vida y salir triunfante ante la adversidad.

Fue enviada a temperar en las frescas tierras de Manaure, un recodo paradisíaco en las estribaciones de la Sierra Nevada, para que se desintoxicara de ese amor pernicioso del que estaba siendo víctima. Pero su ingenio se impuso ante las vicisitudes de una madre protectora y contrarió los planes establecidos, mantuvo comunicación con su enamorado todo el tiempo gracias a la magia de las comunicaciones telegráficas. En cada pueblo donde llegaba, el telegrafista de Aracataca lo sabía de antemano, gracias a la complicidad de sus compañeros de oficio.

Con una carta de Monseñor Pedro Espejo, vicario en esa época de la diócesis de Santa Marta y amigo personal de la familia, en la que les explicaba que las referencias que le habían dado sobre el señor García,  eran muy buenas y que además les confesaba su certidumbre creciente que no había poder humano capaz de derrotar aquel amor empedernido, los padres de la novia no tuvieron más remedio que resignarse ante la decisión de su hija. De esa forma, y sin mayor impedimento, Luisa Márquez se casó con Gabriel Eligio el 11 de junio de 1926 en la catedral de Santa Marta, cuarenta minutos más tarde de lo previsto, porque la novia se olvidó de la fecha y se había quedado dormida.

Ocho meses y veintitrés días después nació el primero de siete varones y cuatro mujeres, el domingo 6 de marzo de 1927, a las nueve de la mañana, con un aguacero diluvial que no pertenecía a esa estación del año, mientras entre nubes en el cielo de Tauro, se vislumbraba el horizonte.

Por aquellos azares del destino debió llamarse Olegario, que era según el calendario santoral el nombre que le correspondía ese seis de marzo. Su primer nombre, Gabriel, fue por su padre; el segundo, José, por ser el patrono de Aracataca  y el tercero, De la Concordia, fue propuesto debido al aire conciliador que se respiraba entre la familia de Nicolás Márquez y Gabriel García, el telegrafista.

Por complicidad de las mujeres y para terminar de calmar los ánimos, decidieron dejar el niño al cuidado de los abuelos, quienes le ofrecieron lo maravilloso de dos mundos. El abuelo le hablaría de sus historias y personajes de la guerra, sería como su polo a tierra, a la realidad, mientras la abuela con su cultura guajira, le mostraría el mundo misterioso de los parientes  muertos que seguían conviviendo con ellos de una manera tan natural, que dudarlo sería lo absurdo.

Sus abuelos nunca alcanzarían a imaginar y en vida no llegarían a saber, que esa experiencia en que envolvieron a su nieto, le serviría para moldear los cimientos de un universo ilusorio con el que le mostró a el mundo cual era nuestra realidad y la que revistió de grandeza, gracias a la magia embrujadora del Caribe.

El pasado abril del 2014, un jueves santo lo mismo  que Úrsula Iguarán el personaje de Cien Años de Soledad, Gabriel José falleció. Igual que en ese Octubre de 1982, cuando se supo la noticia que la Real Academia de la lengua Sueca le había otorgado el premio Nobel de Literatura, su nombre se vio repetido una y otra vez en todos los medios noticiosos del planeta, cumpliéndose en ambas oportunidades lo vaticinado por aquella partera.

Su vida como su muerte, se colmaron al igual que sus libros de coincidencias fantásticas, en donde el límite entre la realidad de Macondo  y la nuestra se encuentra débilmente marcado. Por ejemplo: nació en el año 1927, murió un día 17, a los 87 Años y, de no haber sido porque traía el cordón umbilical enrollado en el cuello y que a la partera de la familia, Santos Villero, se le acababa de extraviar el dominio de su Arte en el peor momento, hubiera nacido un día 7.

“Cien Años de Soledad”, junto con varios de sus libros, son para la familia García Márquez, historias donde hemos visto reflejada nuestra propia realidad. Entre líneas hemos ido encontrando las claves que marcarían nuestras vidas. Así como  Aureliano Babilonia  descifró las claves de Melquíades casi al tiempo en que desaparecía junto a  la ciudad de los espejismos, Macondo, a Eligio  Gabriel, el menor de los García Márquez, casi al tiempo en que puso punto final a una obra magistral del periodismo literario, sobre las claves que influenciaron a Gabriel José  para dar forma a todo ese mundo macondiano, la muerte lo vino a buscar. Gustavo Adolfo, otro de los hermanos García Márquez, al igual que el personaje de “El Coronel no tiene quien le escriba”, se quedó esperando una pensión que nunca llegó, a la familia de los Buendía igual que a la de los García Márquez, les tocó luchar contra la peste del olvido, que no es sino otra forma de vivir la soledad.

Hoy que se nos fue, su recuerdo quedará viviendo una vida sin edad suspendido en el tiempo, su imagen permanecerá intacta en sus libros  y él vivirá respirando esos aires enrarecidos en el ámbito inmortal de la leyenda, ajeno al paso de los años, mientras afuera en la vida real, seguirán envejeciendo los siglos.

Yo me lo imagino recostado en un taburete a la puerta de la calle o a lo mejor debajo de los almendros polvorientos de la plaza, rodeado de amigos y familia, ajeno y a salvo, de la soledad de la fama, viviendo una vejez tranquila y siendo un habitante más de su pueblo, pero feliz y sin haber salido nunca de su tierra natal, Aracataca.

  

Gabriel Eligio Torres García

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