Miércoles, 13 de dic de 2017
Valledupar, Colombia.

La ciudad de Cartagena (Colombia)Hubo un tiempo en el que las ciudades latinoamericanas eran un paradigma donde espacio público y de arte contemporáneo se conjugaban de tal manera que, en los manuales de urbanismo y en los de historia del arte, no faltan referencias a Caracas y el Cinetismo de Jesús Soto o Carlos Cruz Diez; la Ciudad de México y Mathias Goeritz; Medellín y Botero; el Proyecto Arte/Cidade de Sao Paulo, por citar  algunos ejemplos.

Sin embargo, hoy ese patrimonio artístico que, en su momento supuso una referencia mundial, está más que olvidado y los ecos de la ciudad latinoamericana difundidos al mundo a través de los medios globales de comunicación, son los de la violencia.

Frente al arte académico con su concepto elitista que le distanciaba de las clases populares, manteniéndolo encerrado en los museos a los que dicho grupo social tiene limitado acceso, el Arte Contemporáneo lanza su discurso democrático de arte para todos, que se hace realidad en las calles de las ciudades latinoamericanas. Aquellas se convierten, en ese momento, en paradigma de la modernidad, entendida no como un momento histórico, si no como una filosofía donde los valores de la Ilustración resumidos en la famosa proclama de la Revolución Francesa -Libertad, Igualdad y fraternidad-  intentan alcanzar corporeidad.

Así, por ejemplo, caminar por Chacao, en Caracas, supone visitar un museo al aire de los artistas citados y “escuchar” este discurso de arte y modernidad que la posmodernidad -entendida en este caso como filosofía del Neoliberalismo o filosofía política de la hegemonía de los mercados- ha ocultado. En el presente, esa noción de «ciudad como obra de arte colectivo» se ha difuminado, al igual que se han difuminado los valores de la modernidad.

Ciudad formal y Ciudad informal

Como dice Adrián Gorelik (Las metrópolis latinoamericanas, el arte y la vida. Arte y ciudad en tiempos de la globalización), si las ciudades latinoamericanas han estado caracterizadas desde siempre por fracturas sociales y simbólicas abismales, la caída de las últimas políticas públicas del bienestar en nombre de la sujeción a los dictados de esta globalización imaginaria, ha ampliado considerablemente esas fracturas.

Si observamos una foto aérea de una ciudad de la región, a primera vista destaca la fractura que se establece entre la Ciudad Formal o Ciudad Oficial -en la que se encontrarían, situadas en espacios públicos y hoy en muchos casos en franco proceso de degradación si no han sido recuperadas, las obras de arte citadas- con modernos edificios y calles bien trazadas, frente a la Ciudad Informal -separadas convenientemente por transitadas autopistas urbanas- donde no existen  las calles si no los pasillos o escaleras y en la cual la superpoblación y la urbanización descontrolada, el hacinamiento, la inseguridad y la miseria, campan a sus anchas.

Los sub-lugares

Estas Villas Miseria, en Argentina  Favelas en Brasil, Callampa en Chile, Pueblo Jovenen Perú, poco tienen que ver con el concepto que tenemos de la ciudad como lugar donde abundan los  servicios y, sin embargo, son parte esencial del paisaje urbano de la ciudad Latinoamericana, como de otros lugares del mundo: así tenemos los katchi abadi en Pakistán, shanty town en Kenya, bidonville en Argelia, township en Suráfrica, barong-barong en Filipinas, jhuggien India y un largo etc.

Esta falta de identidad local y creciente carácter global o el existir como consecuencia de la hegemonía neoliberal, las relacionarían con lo que Marc Augé denomina los No Lugares y de los que tendremos oportunidad de hablar en líneas posteriores. Para distinguirlos de éstos, hemos acuñado el término Sub-lugares, si bien tanto en unos como en otros, las interacciones sociales se muestran como deficitarias y regidas por pautas de comportamiento muy concreto; que en los sub-lugares está regido por la violencia y sus consecuencias.

Como señala Roberto Briceño-León (Inseguridad y Violencia en Venezuela), para que exista un  alto nivel de violencia se requiere la presencia de dos variables: urbanización y pobreza, aunque no tanto pobreza en sí misma, sino más bien en relación a la riqueza circundante. Las ciudades son lugares donde conviven en un mismo espacio pobreza y riqueza, lo que genera la aparición de conflictos puesto que, mientras las bolsas de pobreza están en constante aumento, se lanzan constantes mensajes a favor del consumo; un consumo -según describimos en nuestro artículo La violencia como paisaje cotidianopublicado en esta misma columna- al que la mayor parte de la población urbana -recordemos que los habitantes de los cinturones de pobreza son mucho más numerosos que los de la ciudad formal- tiene grandes dificultades para acceder, al menos por medios lícitos; como igualmente por medios lícitos tiene muy pocas expectativas de salir de ese círculo patológico de marginación.

El autor citado, en su artículo La Violencia Urbana de América Latina, señala que durante la calma de la paz hay más muertes en América Latina que durante las épocas de guerra; y es que en la ciudad latinoamericana, como fruto de esta desigualdad social y la brecha cada vez más profunda entre riqueza y pobreza o bienestar y marginación, se produce una constante violencia simbólica,responsable de estos mensajes a los que nos hemos referido, ya sean lanzados por los medios de comunicación o por los propios modelos de urbanismo, que promueven el consumo y con ello generan una cultura –y una identidad- que gira alrededor de la posesión y la satisfacción de esos patrones consumistas, que -al no poder alcanzarse- generan una violencia real o delincuencial.

De esta manera, las causas de la violencia urbana pueden calificarse en: macro-sociales relacionadas con la desigualdad social y sus consecuencias;  meso-sociales, dependientes del incremento de la densidad en las zonas pobres y la segregación urbana, el tráfico de drogas, entre otras; y micro-sociales, derivadas del incremento de las armas de fuego, el consumo de alcohol y la cultura de la violencia en general. Según coinciden muchos estudiosos del tema, la violencia urbana está generando, no sólo la pérdida de las ciudades, sino la propia perdida del concepto de ciudadanía en América Latina. Puesto que un ciudadano o ciudadana es, por definición, un sujeto con derechos y en las ciudades de la región los mismos se ven conculcados -entre ellos, incluso, el derecho a la vida- entonces, el propio concepto de ciudadanía entra en crisis.

Los No Lugares

Si paseamos por el interior de un centro comercial situado en cualquier ciudad del mundo, obtendremos las mismas, o al menos bastante parecidas impresiones visuales, sonoras u olfativas. Los colores institucionales de las diversas marcas, el sonido de la música pop, los olores de las cadenas de comida rápida o incluso la temperatura controlada por potentes sistemas de climatización, varían muy poco de un centro comercial a otro; de país a otro.

Además, si este centro comercial está situado en un país de América Latina, a las sensaciones anteriormente descritas se sumará una más: la sensación de seguridad; y es que en estos paraísos artificiales del consumo se puede caminar, comprar, comer, divertirse, sin los peligros que supone hacer estas mismas actividades fuera de ellos. Son los no lugares de Marc Augé: espacios carentes de identidad propia sino impuesta por el mercado global; sin referencias demasiado explicitas a un marco geográfico, incluso sin referencias temporales más allá de las modas en boga en esos momentos.

En la ciudad sobremoderna -parafraseando al autor - abundan estos no lugares. Mientras que en Europa están situados en zonas periféricas donde el precio del suelo permite realizar estas megaconstrucciones y dedicar grandes espacios al aparcamiento de vehículos, en la ciudad latinoamericana se encuentran situados dentro de la ciudad formal, pues los espacios urbanos están compuestas de barrios o sectores, en cuales la población se va clasificando en función de su capacidad económica; es lo que se ha denominado zonificación o urbanismo difuso, que desde otra perspectiva sería una expresión socio espacial de la desigualdad.

La ciudad informal vive de espaldas a la ciudad oficial y ésta última cierra los ojos frente a la primera. Las dificultades de conexiones entre una y otra -que permanecen diferenciadas y separadas, como  hemos señalado, mediante autopistas, amplias avenidas o similar y que actúan como cordones sanitarios impidiendo, al menos de forma simbólica, el paso directo de una zona a otra y constituyen una metáfora de la dificultad que tienen los habitantes de una zona para acceder como grupo social a otra, pues la propia ciudad como espacio público se convierte metáfora, en escenografía, de las relaciones sociales; de las interacciones que en él se desarrollan, puesto que la ciudad es un espacio simbólico y en la ciudad sobremoderna, la concepción de su espacio implica violencia estructural -puesta en escena de la segregación- la cual influye en esa violencia física a la que hemos hecho referencia al comienzo del presente artículo.

 

Dr. Antonio Ureña García

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Contrapunteo cultural
Antonio Ureña García

Antonio Ureña García (Madrid, España). Doctor (PHD) en Filosofía y Ciencias de la Educación; Licenciado en Historia y Profesor de Música. Como Investigador en Ciencias Sociales es especialista en Latinoamérica, región donde ha realizado diversos trabajos de investigación así como actividades de Cooperación para el Desarrollo, siendo distinguido por este motivo con la Orden General José Antonio Páez en su Primera Categoría (Venezuela). En su columna “Contrapunteo Cultural” persigue hacer una reflexión sobre la cultura y la sociedad latinoamericanas desde una perspectiva antropológica.

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