Lunes, 23 de oct de 2017
Valledupar, Colombia.

“No escribas un libro sobre temas que pueden llenar un artículo en algún semanario, ni hagáis un periodo con dos palabras. Lo que un gran necio dice en un libro sería soportable si pudiera formularlo en tres palabras”. George Licthemberg

André Gide dijo en una ocasión y con suma rapidez, que no se puede ser escritor con buenos sentimientos, creyendo quizá que para ser un bel esprit era necesario llevar una vida licenciosa o, en cierto modo, engordar la narrativa con hábitos corruptos. Y vaya afirmación de tan grande escritor y pederasta que en otra ocasión se acostó con un niño y éste al  preguntarle por su nombre, el premio nobel le dijo: me llamo François Mauriac. Menuda anécdota. Pero la realidad es que tres agudezas y una mentira no hacen hoy a un escritor.

Ser bueno o malo no hace parte de la objetividad de una buena obra. Hay vidas interesantes, como hay obras interesantes. Lo uno y lo otro por separado o junto son cosas atractivas. Como dijo un sabio lector: ¿Sabéis porqué a la gente le gusta las obras originales de los escritores más famosos? Porque muchas de ellas tienen mucho del autor. Las de Shakespeare, tenían más vino que tinta sobre el papel, las del Marqués de Sade, tenían residuos de polución por doquier.

El asunto de escribir bien o mejor o más atractivo o para adquirir más fama, nada o poco tiene que ver con que el autor sea un Charles Bukowski (borracho) o un Franz Kafka (un solitario); un Antonin Artaud (un demente que hablaba solo en el metro de Madrid) o un Truman Capote (un genio); un Jean Genet (Homosexual de profesión), o un Ernest Hemingway (un mujeriego empedernido), etc… Esa  fue la actitud disoluta de cada uno, tan respetada como su obra.

Si un escritor tiene buenos o malos sentimientos, esto no debe ser un impedimento para acercarse a una determinada obra. Como si Nicolás Maquiavelo no fuera apreciado por esa máxima suya: “El fin justifica los medios”, o Gabriel García Márquez por su frase “Hay que ser infiel, pero nunca desleal”.

Lo que se evita son los prejuicios a la hora de abordar una obra interesante. Sería absurdo no leer una obra de David Foster Wallace, Yukio Mishima o Albert Camus solo porque estos se suicidaron con razones. Y respecto a Camus sostengo la premisa de que su accidente fue un suicidio, hay razones para ello. Pero avancemos. En la vida personal de aquellos grandes escritores, el mundo por lo general, es siempre demasiado bondadoso o injusto en sus juicios.

Que el lector no olvide que la literatura no es homilética y el arte de escribir no tiene que ver con sermones de parroquia. Si algo horroriza a los escritores es que su obra sea un compendio o manual de instrucciones para las personas. Por eso es que no se entiende porque Paulo Coelho es tan popular, mientras hay autores tan buenos en la palestra literaria.

Al leer algo de algún escritor (bueno o malo, según sus lentes), siéntese, pase adelante, entre a ese mundo maravilloso y deléitese conversando con los pensamientos, imágenes, acciones. No olvide que los persas llaman a un buen libro “Diván”, o la asamblea de los sabios. La vida de las personas es de las personas. Un libro, una novela, ensayo, articulo siempre será un espejo, por eso es imposible que si un mono se mira en este espejo, su reflejo llegue a ser un apóstol. Las cosas por su nombre.

 

Diego Firmiano 

@DFirmiano 

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