Lunes, 24 de jul de 2017
Valledupar, Colombia.

El Cuarteto Latinoamericano en Valledupar / Foto: PanoramaCultural.com.co

De las cuerdas de un violín siempre mana un destello de armonía y afabilidad. Esa noche dos violinistas, un chelista y un violista reconocidos a lo largo y ancho del continente americano se esmeran en reconstruir la obra del compositor brasileño Heitor Villa-Lobos en la ciudad de Valledupar.   

Serenos como siempre, como todo artista de música clásica, los integrantes del Cuarteto Latinoamericano se concentran en lo que vinieron a presentar ante un público heterogéneo y extrañado. Familias enteras, parejas, jóvenes y músicos respondieron a la invitación del Banco de la República curiosos de escuchar el sonido de una música exótica en tierras del acordeón.

Los tosidos, cuchicheos, saludos y otros ruidos de asientos oxidados no serán ningún impedimento para el inicio de la presentación. El Cuarteto Latinoamericano sabe de viajes y escenarios variopintos. Su larga experiencia en talleres le hace inmune a la logística y la acústica de una sala que, si bien es la mejor de la ciudad, ya no está a la altura de un evento como éste.

De inmediato las melodías del Cuarteto N°3, un Allegro Non troppo y Molto vivo, se acaparan del auditorio de la biblioteca departamental. Se impone un discurso de excelencia escrito con mayúsculas y resuenan en el fondo los impresionistas Debussy y Ravel, excelsos  compositores franceses quienes influyeron ineludiblemente en algunas frases y sintonías.

Poco a poco, se establece la idea de una paz suprema: ésa que permite el arte y el trabajo meticuloso, perfeccionado a lo largo de más de 30 años de trabajo. Y mientras la música se instala en su templo para reinar, ¿sabrán los músicos del Cuarteto que a pocas cuadras se organiza una “gritería” colectiva de artistas para exigir –con razón– al municipio y la gobernación la construcción de un museo de arte para presentar sus obras pictóricas?

Es muy posible que no y en el desconocimiento de lo que ocurre en su alrededor está la fuerza poderosa de este espectáculo. El Cuarteto Latinoamericano vino a presentar música y a eso se dedicó desde el primer minuto. Arte para el arte. Música sin otro fin que la música, sin pedidos, sin solicitudes, sin otras necesidades que la de exponerse en su más puro formato.

El protocolo es claro e indiscutible. Los músicos seguirán al pie de la letra el programa impreso en el fascículo entregado en la entrada, y ese orden y compromiso también potencian el atractivo de un concierto que rezuma descanso.

El Cuarto Latinoamericano todavía no lo sabe pero su prestación se ilustra como una pausa necesaria frente a ese ajetreo político y electoralista que atraviesa la ciudad y que lo remueve todo de repente -cada esquina, cada renglón de periódico y cada centímetro de discusión en las redes sociales- con ese halito de lucha interesada y de ansias de protagonismo.

Una semana antes, uno de los candidatos estrella de un partido tradicional decidía saltar del barco en protesta de un dedo –ese dedo tiránico- que escoge a quien quiere e ignora el orgullo de muchos. Ese dedo se resistió a su sonrisa y a reconocer la importancia de un libro recién publicado. Pocos días después le seguía otro aspirante a la alcaldía quien anunciaba su salida inmediata de un partido con poca historia, ninguna ideología, pero con muchos colores y demasiados rodeos a la hora de decidirse. En el camino de la salida, el hombre no dudó en tranquilizar a sus seguidores así como lo haría un actor de gran calado en Hollywood: Don´t worry, I´ll be back.

La nota musical la pusieron dos partidos indescifrables: el que canta al Civismo saltaba de medio en medio para exponer unos trapos sorpresivamente sucios, salpicando al mismo tiempo a un medio local y, al margen de ese juego de ajedrez con aires de telenovela, un partido-plataforma revelaba su unión con el cantante Miguel Morales esperando así crear una ola súbita de admiradores y vender más copias que nunca.

Sin embargo, ese barullo desalentador de política sin gusto ya parece imperceptible. Ya casi no existe. Éste es el gran logro del Cuarteto Latinoamericano. Ellos, los músicos, siguen tocando impasiblemente con en ese afán de emular los mejores conciertos. Se asemejan ahora a los músicos de la película Titanic, cuando ya sabiendo que todo se irá al carajo, siguen firmes, empecinados en comprometerse con el único lema que da sentido a sus vidas: la música.  

La única cosa que les diferencia de esos músicos que contribuyeron al éxito del director de cine James cameron es que no saben en qué momento y en qué estado se encuentra la ciudad. Aunque quizás sí… De repente, tras la interpretación del Cuarteto N°4, del Allegro con moto y de un sinfín de compases virtuosos, los integrantes del Cuarteto se alzan y se despiden apresurados.  El adiós fue cálido pero escueto, los aplausos muy cortos en relación al tamaño de la obra y, por eso queda en el aire, esa partida repentina y ese mensaje tan beneficioso pero efímero. El descanso sólo duró una hora y media.

   

Johari Gautier Carmona

 

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