Domingo, 20 de ago de 2017
Valledupar, Colombia.

Tengo la casa llena de ventanas. Ventanas abiertas al norte o al sur; a oriente u occidente; a la tierra o al cielo; al pasado, al futuro o a la realidad cotidiana. Esas ventanas me informan sobre el mundo: lo que pasó, lo que va a pasar o lo que debería haber pasado, pues muestran la realidad, pero también la fantasía de personas que en otros momentos se asomaron a ellas… Pero esas ventanas, esos ojos de buey del barco en el que recorro los mares unas veces tranquilos y otras agitados de mi vida diaria, también permanecen abiertas hacia mi alma y me ayudan a entenderme a mí mismo; a mi pequeño mundo, así como a los mundos en los que se movieron, unas veces como sombras y otras iluminados por los focos de la historia, las personas que vivieron y todas viven acurrucadas en sus alfeizares.

 Hay grandes ventanales pero también pequeños agujeros; ojos de cerraduras por los que mirar al mundo exterior cuando me siento encerrado dentro de mí mismo o simplemente cuando quiero volar. Pequeños orificios o grandes miradores me hacen viajar de la mano de las personas que, a lo largo de los días, los años o los siglos, hicieron lo mismo que yo estoy haciendo en este momento: enfrentarse con una hoja de papel  en blanco para, a través de ella, hablar, gritar, reír, llorar o todo a la vez. Mis ventanas me permiten encontrarme junto a quienes en ellas se refugiaron, cerrándolas al mundo real y abriéndolas al de la imaginación; o, por el contrario, abrieron éstas de par en par, para encontrar en ellas las respuestas y las herramientas para cambiar su mundo, que ya se les había quedado estrecho.

Tengo mi casa llena de libros y en cada uno de ellos voy dejando trazos de mí mismo que se trenzan entre las líneas para que la próxima vez que alguien los lea, se los encuentre allí tejidos. Y es que un libro no es un objeto que un día alguien modeló y dio vida y así se quedó por años y años; un libro lo hacemos todos y cada uno de los que lo leemos y nos enriquecemos con su contenido; el cual, mezclado con la esencia de nosotros mismos, traspasamos a otra persona cuando la invitamos a leerlo. 

A lo largo del tiempo, he ido dejando libros por el camino: unos, porque un día decidieron tener vida propia y quedarse en un parque, en un autobús o sobre la mesa de un café; otros, pasaron a formar parte de otras vidas; pues o se quedaron junto a  las personas que caminaron junto a mí una parte del sendero de la vida: o tal vez los presté y nunca me fueron devueltos. Ignoro si me los arrebataron  o fueron los propios libros los que decidieron quedarse allí. Pero de todos y cada uno de ellos guardo el recuerdo de las horas compartidas: horas de placer y descanso en los libros de ocio y evasión; horas de esfuerzo en los libros de trabajo, pero horas vividas intensamente siempre. El material que llena las páginas de un libro y se desprende por el aire para que lo respiremos cada vez que abrimos sus páginas y nos ponemos a leer, es el material que compone los sueños, la esperanza o la sabiduría y, en definitiva, el material que de alguna manera nos va configurando como personas que se enfrentan a un mundo, unas veces amable y que queremos conservar y mantener; otras veces inhóspito y que queremos cambiar, dándonos los libros recursos para ambas cosas…

Durante tiempo acumulé libros como quien acumula valiosos tesoros, hasta que me di cuenta que el tesoro no es el libro objeto, sino el libro vivido; leído por muchas personas. Y si, los libros que a lo largo del tiempo han ido cambiando de espacio, de compañía, de vida; se fueron quedando por el camino, cambiando de manos para ser leídos, disfrutados por otras personas, me siguen enriqueciendo pues enriquecen ahora a aquellos que en un momento tuvieron que ver conmigo.

En estos tiempos convulsos en los que vivimos, yo me aferro a mis libros del tiempo en el que fueron adquiridos, contemplados, acariciados, leídos, anotados, apostillados, pues las huellas de ese tiempo han quedado impresas en las hojas que le dan corporeidad. Y es que un libro es mucho más que el conjunto de palabras, frases o páginas que lo compone. Un libro es un objeto -que no inanimado, pues cobra tantas vidas diferentes como lectores  tiene- que se puede acariciar, sentir y compartir. Un libro es una ventana desde la cual mirar al mundo o en la que mirarnos a nosotros mismos…

Tengo la casa llena de ventanas; tengo la casa llena de libros…

 

Antonio Ureña García

Contrapunteo cultural
Antonio Ureña García

Antonio Ureña García (Madrid, España). Doctor (PHD) en Filosofía y Ciencias de la Educación; Licenciado en Historia y Profesor de Música. Como Investigador en Ciencias Sociales es especialista en Latinoamérica, región donde ha realizado diversos trabajos de investigación así como actividades de Cooperación para el Desarrollo, siendo distinguido por este motivo con la Orden General José Antonio Páez en su Primera Categoría (Venezuela). En su columna “Contrapunteo Cultural” persigue hacer una reflexión sobre la cultura y la sociedad latinoamericanas desde una perspectiva antropológica.

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