Viernes, 26 de may de 2017
Valledupar, Colombia.

Presentación de la obra "Médico a Palos" en Valledupar

 

Si Molière volviera a nacer, escogería una ciudad humilde y acogedora de la costa Caribe de Colombia. Algo así como Valledupar donde el calor azota tan fuerte como lo hace el frío en París. Pero el dramaturgo no lo haría en busca de exotismo, ni por cuestiones estéticas.

¿Por qué escogería Molière la ciudad de Valledupar? Esta es la cuestión que vamos a tratar en este análisis. Algunos se atreverían a decir que por la música vallenata, aunque muy poco sabemos de si a Molière le gustaría escuchar el sonido de un acordeón y exponerse durante horas y horas a versos que alaban las maravillas de la sabana, de un río o de la tarima Francisco El Hombre. Molière fue siempre un hombre de acción, atrevido y apasionado, entregado a la creación artística como también lo fue Mozart, pero, ¿se emocionaría el Rey de la comedia con las notas de los principales Reyes locales del acordeón?

Es muy posible que sí, aunque, cuando se presentan estos interrogantes, nos damos cuenta de repente de las falencias de las mejores biografías. En realidad, nadie sabe si Molière aceptaría la invitación de vivir en primera persona durante cinco días seguidos los excesos nocturnos del Festival de la Leyenda Vallenata, o si disfrutaría cantando en una parranda y si se atrevería a improvisar algunos versos mientras Emiliano Zuleta o Miguel López le acompañan con el instrumento que tan bien dominan.

Pero dejemos un instante las especulaciones sobre el interés de Molière por la música vallenata –el dramaturgo murió en el siglo XVII y lo más probable es que no supiera ni siquiera lo que es un acordeón–, y expliquemos de una vez lo que nos llevó a plantear semejante locura. ¿Por qué decidiría Molière renacer en Valledupar? El célebre humorista francés siempre se mostró pasional en sus iniciativas, pero, en este caso, su decisión estribaría de una larga maduración y una lógica comprensible: optaría por radicarse en el Valle de Upar por respeto al trabajo de una compañía de jóvenes teatreros que llevan desde el mes de marzo de 2015 presentando una de sus obras más populares: El médico a palos.

Deiler Díaz es el director de un grupo de artistas reunidos bajo el nombre de Maderos Teatro en un espacio alternativo reformado de la mejor manera en un centro histórico decrépito. Nadie ha logrado hacer que el alcalde de turno entienda la importancia de recuperar el espíritu juvenil y ardoroso de esas calles de esencia colonial, nadie. Sin embargo, estos jóvenes estudiantes y profesionales del Teatro se han atrevido a instalarse en una casa por el amor al arte y remodelarla siguiendo el modelo del centro de Cartagena o Santa Marta: fachada de color llamativo, rejas oscuras y letrero al más puro estilo tropical. El patio interior es el nuevo escenario. Nada mejor para reunir a un público en busca de una experiencia única. Molière lo tendría en cuenta.   

Pocos meses antes, estos artistas se debatían en el silencio de varias instituciones universitarias, ganándose premios en Bogotá y Cartagena pero incapaces de presentar una obra en buenas condiciones en su propia ciudad. El único teatro que ha sobrevivido a los estragos del tiempo y la desidia –ubicado en la actual Casa de la Cultura de Valledupar– lleva cuatro años en vía de remodelación. En realidad, está en vía de extinción. Ya nadie se atreve a preguntar por él. Muchos se han olvidado que existe. El mismo director de la institución ha borrado de su mente las dos plantas superiores del edificio en el que trabaja para no tener que combatir los achaques del recuerdo y la memoria. Como dice el dicho: ojos que no ven, corazón que no siente.

Con lo fogoso que es, no cabe duda de que Molière hubiera hecho todo lo posible para recuperar ese territorio que pertenece al mundo del Teatro. Se habría enfrentado al alcalde, al director de la Casa de la Cultura, los hubiera convencido en reconstruir el teatro con sus artimañas, en invertir en arte, y los hubiera criticado a todos en una obra punzante y risible, donde el público también hubiera expresado su disgusto, así como lo hizo en su época, en una Francia dividida entre las cuestiones morales y el arte puro. Pero Molière es Molière, y los jóvenes de Maderos Teatro (antiguamente conocidos como La Carreta) tienen su propio estilo. Ellos prefirieron alejarse de lo que se denomina localmente la politiquería barata y apestosa, donde se promete todo, se dice siempre sí a todo, se proyecta incluso las cosas más grandes sabiendo que nunca se harán. Decidieron jugársela solos, como ellos saben. Libres y talentosos. Nadie va a enseñar a un actor a actuar. ¿O quizás los políticos sean mejores actores que los mismos actores? La pregunta está hecha.

Lo cierto es que los teatreros de Valledupar prefirieron hacer lo que ahora puede considerarse una hazaña de tamaño monumental. Una jugada de oro –dirían los amantes del deporte rey– de la cual el maestro del teatro universal, Molière, estaría contento: construir entre ellos, sin los consejos de ningún asesor “experto”, sin tener que dedicar un porcentaje apreciable de su capital a la corrupción local –y en un tiempo record- lo que un municipio no ha sabido hacer en varios años. Sin excusas, sin lloriqueos, sin limosnas. Sin teatro. Y con ese modo de actuar, contribuyen al auge de una tendencia creciente en la ciudad de Valledupar: jóvenes gestores independientes de la cultura que abren espacios para la creación, el pensamiento y el entretenimiento –Jorge Luis Borges y Molière se han hecho visibles gracias a ellos– mientras que las instituciones públicas se apresuran en cerrarlos. Hace unos años, la gobernación clausuraba una sala de exposiciones para artistas plásticos en la biblioteca departamental y, al mismo tiempo, la alcaldía decía adiós a una biblioteca municipal, luego el teatro y, finalmente, enterraba definitivamente la posibilidad de organizar un consejo cultural. Así es como la Cultura de Valledupar se alimenta del desencanto por la política y del gusto por el desafío.

En la apertura de la obra “El médico a palos”, Deiler Díaz hizo un corto discurso que apela a la solidaridad. El tono es realista y solemne. No suenan himnos, tampoco se aprecia en el público a representantes de algún gobierno o del gobierno que podría instalarse en un futuro, pero la cita es igual de importante. El Establishment –como diría Carlos Monsiváis– no sabe de teatro, y eso es lo que da valor al arte que aquí ensalzamos. Arte por encima de las elites. Arte que sabe reunir a un pueblo sin recurrir a viejos arrodillamientos.

En este momento, Molière estaría emocionado. Encontrarse con un público que viene a ver sólo teatro -y no a hacer acto de presencia en un encuentro semi-político cultural- es un honor que bien vale una ovación. Aquí los presentes vinieron porque querían, pagaron su entrada, e incluso invitaron a otros conocidos. Algunos llevan incluso un mes entero volviendo para ver las funciones de una cartelera que se repite con frecuencia. El director del teatro no tuvo que acudir a una residencia de adultos mayores -o de espectadores adulterados- para llenar los espacios vacíos. No nos echemos mentiras: no hay espacios vacíos por rellenar.

Entonces empieza el espectáculo con un inesperado acento costeño. Un ritmo de vallenato reviste el guión de una obra nacida en la época renacentista francesa. Molière estaría revolucionado de ver a su futuro médico apaleado (Sganarelle) bailar sobre el compás candente y pegajoso de Diomedes Díaz. “Ay la vida…”, eso es lo que canta el protagonista principal acompañando la letra de un bamboleo champetero, y en esa serie de guiños de una comedia actualizada a la realidad del terreno, Marciano Martínez podría también regocijarse de ver que su obra no solo se inmiscuye en las parrandas del Valle sino también en sus teatros.

Sigue una trama tradicional pero salpicada de referencias locales. Tras las argucias de una mujer vengativa (Martina), el marido admite a la fuerza que es médico aunque nunca haya ejercido esa profesión, ni siquiera por asomo. Los palos pudieron con su inocencia y honestidad. Entonces, ya transformado, acepta acudir a la ayuda de la hija de un campesino adinerado con más oro en el cuello que vocabulario. A partir de ahí, el médico ostenta una gran seguridad y destreza en un oficio que parece haber asimilado a la perfección. Definitivamente, el dinero tiene un poder transformador que nadie es capaz de anticipar. En los tiempos de Molière también el dinero convertía a ignorantes en grandes habladores pero lo que no existía en esa época eran las EPS, otra especie de impostura alentada por el sistema pero cien veces más peligrosa. A Molière le hubiera encantado dedicarse en cuerpo y alma a criticarlas.  

La obra se nutre de giros e ironías inesperadas –a veces dolorosas-, guiños a estrellas universales como el inmenso B.B. King, y termina como todos lo sabemos: con un canto a las glorias del amor (y del dinero). El público aclama lo que puede considerarse una reproducción fiel de lo que acontece hoy en Colombia (con pelea de gallos incluida). Una banda –¿mafiosa?– de médicos se llena los bolsillos soltando neologismos y expresiones que  les nace en el momento y, luego, pasan a cobrar por la caja sin mirar el cuerpo del que ha sucumbido por culpa de su diagnóstico errado.

Los actores se despiden. Un “adiós” y un “Hasta-pronto” se hacen notar antes del anuncio comercial de las próximas funciones (de algo hay que vivir, dirán los actores). El público puede volver a su rutina. El mensaje de la obra es duro pero la realidad es quizás peor. Así pues, los recuerdos de la obra se hacen dulces y risibles. En el futuro vendrán otras piezas de Molière adaptadas al terreno y los retos seguirán creciendo como lo exige el arte de un Teatro impuesto a palos.

Y en ese momento en que todo se diluye, los conocedores de Molière, ansiosos y exaltados, se preguntan: ¿Cuándo se atreverán a presentar Tartufo? ¿Cuándo?

 

Johari Gautier Carmona

Para PanoramaCultural.com.co 

 

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