Martes, 19 de sep de 2017
Valledupar, Colombia.

Es tan fácil llamar a la tienda, tan impune y gozoso, es una ceremonia urbana milagrosa. Uno puede pedir hasta la felicidad, y se la traen, o de pronto le envían otra cosa, porque en la tienda, hablo de una que es todas, de la esencial, de la idea platónica de la tienda, siempre le mandan a uno, no lo que pidió, sino lo que ellos quieren o tienen.

Pero aun así, es un grande privilegio del que todavía gozamos sin mucha consciencia: llamar a la tienda, qué operación mágica, cómo acorta la distancia entre el deseo y su realización.

En otras latitudes esa magia ni se sueña. Menos aún que uno, cuando llega el pela’o de la cicla, le puede hasta decir que se le olvidó pedir no sé qué cosa en crema, con tapa verdecita, y el chico se devuelve raudo y te trae el encargo de su olvido, no sé qué cosa caprichosa.

Nos malcrían en la tienda, y hasta nos ponemos bravos, como nos malcría el chofer de bus, que sobrelleva paciente a la chica que le pide que la deje cincuenta centímetros más adelante.

Eso nada más se ve aquí. La tienda, hay que dejar memoria de ella antes de que desaparezca y se torne materia para la nostalgia entre la asamblea de los árboles que la custodian mientras dialogan con la brisa sobre el absurdo de la humana existencia.

Allí habita, como rey y señor de sus dominios, el proverbial santandereano, que debía ser materia de una pieza literaria. Es parco, casi mudo, generalmente respira mal genio, pero cómo no, si trabaja veinte de las veinticuatro horas con ese ritmo solemne que le imprime a todo.

Tiene el campo en la cadencia ceremoniosa de su hablar pausado. Cuando me llama “don Diego” me siento como un paraco. Su ejemplar talante estoico contrasta, es cierto, con el hedonismo sin límites del barranquillero.

Su ecosistema son las cuentas, su vida es una cuenta infinita. A Balzac le habría fascinado, sin duda. Se parece al personaje aquel de El Principito, que contaba y contaba esas cosas que brillan en el cielo, pero ni siquiera sabía que eran estrellas. Resulta mucho más poético de lo que él mismo se imagina: en esa obsesión por el trabajo se le va la vida casi que sin ningún goce. Es un ser hermético y admirable.

La tienda es un ágora, una plaza pública, donde uno hace amigos en dos segundos mientras las ‘frías’ van y vienen en el trepaquesube de la nada que se expresa verbosa en un inagotable afán por opinar sobre todo sin centrarse realmente en absolutamente nada.

El barranquillero opina para divertirse, para mamar gallo, para llenar el vacío con palabras. Aunque parece rotundo, tajante, vehemente en sus opiniones, en quince minutos las habrá olvidado. Eso sí: sabe hacer acrobacias mentales con admirable agilidad y sentido del humor en una mar de superficialidad.

Por eso no posee una verdadera cultura política y sigue votando por los de siempre, aunque hable horrores de ellos para divertirse. Son los gajes de la tienda, que es la ciudad, pero tiene un pie en el campo.

Cualquier día desaparece, y hablaremos de ella como hablamos del ferri o del Coliseo Cubierto, como hablamos con la brisa sobre la eternidad de la belleza.

 

Diego Marín Contreras

Barranquilla 

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