Lunes, 23 de oct de 2017
Valledupar, Colombia.

Para lograr vida a plenitud. La vida en sí, en todas sus manifestaciones y formas, es continua poesía si accedemos al concepto de poesía que tenían los griegos de ποίησις, es decir, como creación.

Según el relato bíblico, somos criaturas con origen en un creador: Dios, el poeta por excelencia. De creados pasamos a creadores con el compromiso de continuar la obra maravillosa de la creación, administradores de todo cuanto existe.

Críticos al trabajo que realizan los científicos, en lo que tiene que ver con la prodigiosa producción de vida, suelen afirmar con cierta ironía, que estos “juegan a ser el papel de Dios”.

¿Tiene algo de malo imitar lo hecho por Dios? Si con el evangelista San Juan aceptamos o creemos que: “Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él”. 

La poesía se confunde con el amor para inspirar la suprema acción vital. El estímulo del amor crea la vida, la desarrolla, aporta la energía imprescindible para luchar por ella, infunde ganas a la existencia.

A partir de la vida nos forjamos poetas. Todos, al fin y al cabo somos poetas; unos con más disposición que otros, según su capacidad de vivir, su manera de ver y concebir la vida.

El amor a la vida, el amor a la naturaleza, a la ciencia, al arte; en general el amor al hombre, a lo que constituye el mundo y el universo es lo que en realidad nos sostiene como poetas, en cuanto da sentido efectivo a nuestra existencia. Una existencia sin sentido no vale la pena.

Sin embargo es, tal vez, la mujer el motivo de mayor inspiración poética. Procreadora por antonomasia es, por lo tanto, un ser divino. Alcanza la máxima encarnación del amor en su bendito papel de madre. En cada niño que nace cuando declama vigoroso las estrofas de su alegre llanto se cumple el instante más grandioso de la poesía.

Cuando se pretende sustituir este rol fundamental por instancias llamadas a una función distinta, por la regular evolución de la naturaleza humana, la poesía y la vida por lo mismo pierden su encanto. El milagro de estar vivos malogra su trascendencia y degenera en destrucción de lo sublime, lo prodigioso de ser integrantes de la familia humana.

Cuando perdemos capacidad de fascinación y encanto es porque se ha marchitado el poeta que palpita en cada uno de nosotros. La inspiración poética nutre nuestro anhelo de permanencia, de estar siempre vigente, como realización individual. Nos proyecta de igual manera para hacer presencia en la comunidad, en la preocupación por el hombre común, por la humanidad, como expresión solidaria por el otro. La poesía sostiene la quimera de ese poderoso tesoro de la perenne juventud. Que guarda los sueños de un mañana promisorio.

En el verso se descifra literalmente el sentir poético. Cuando acopia el gesto y la actitud del cantor en palabras que entonan los sonidos del corazón, muestran los sinsabores y alegrías del alma, grafican la ternura, la tersura y las cicatrices del tiempo en la piel, destilan la profundidad afectiva del ser.

¿Para qué sirve la poesía? Para humanizarnos, ablandarnos, ser mejores personas. Ahuyentarnos de la bestia que seriamos o que somos cuando inutilizamos la sensibilidad, se agotan los sentimientos y el otro, los demás no importan, nos son indiferentes, se acalla la solidaridad.

El materialismo de la época, imbuido del tener de las cosas, con su alienante consumismo, ha opacado la disposición creativa de la gente. Se mira lo bello, hermoso y lindo de la vida con desaire; desnaturalizando su esencia romántica, su inspiración, lo que en verdad la ennoblece.

Hoy más que nunca cuando todo está mercantilizado, comercializado, monetarizado es cuando la poesía tiene mayor validez. El utilitarismo reinante que mide la calidad humana por resultados, resultados económicos, precisa de la acción poética para que lo verdaderamente humano no desaparezca. Nos acerquemos al objetivo soñado de una vida plena de amor, colmada de felicidad.

 

Teobaldo Coronado Hurtado

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