Domingo, 22 de oct de 2017
Valledupar, Colombia.

“Haz que se yerga lo que me hace mujer,

consigue luego que mucho de veras se encienda.

Ven a unirte:

es mi alegría.

Dame al pequeñín,

El pilón de piedra

Que hace nacer la tierra”

Poesía Náhuatl.

 

En el grupo también estaba Laura. Nada que ver con la amada de Petrarca. Ella era la antitésis del amor idealizado. Laura tenía una concepción muy libre con respecto al sexo. Para ella no había fronteras en la búsqueda del placer. -Bendita sea entre todos los hombres; sería una frase que le escucharía decir muchas veces, como si fuese una letanía.

Para ella no había un hombre, eran los HOMBRES; así con mayúscula y todo. Decía que si ellos, los HOMBRES, no tenían ningún reparo en pasar la noche con una mujer y al día siguiente olvidar hasta su rostro, ella no veía porqué no podía hacer lo mismo. Sin embargo, no era promiscua en el sentido que sus palabras lo podrían reflejar. Simple y llanamente disfrutaba del sexo, del cuerpo, de la piel, de los sentidos. Vivía con las feromonas alborotadas. La sensualidad y el erotismo eran sus prioridades. Decía que amar a un hombre, no quería decir que olvidara que los demás existían. Sobre todo si la atracción física iba acompañada de una cabeza bien puesta.

Los hombres de Laura, al menos en su gran mayoría, eran inteligentes, cultivados y en muchos casos amantes de la literatura... por lo que alguno que otro escritor pasó por su lecho. No es de extrañar que fuera una incondicional de la literatura erótica. Los textos llegaban por montones a sus manos, yo creo que ni siquiera los tenía que buscar. Más bien era al contrario, los libros inundaban su cama y humedecían sus sueños. Casi a diario, antes de comenzar la clase, nos leía apartes de algún texto, o de algún poema, que la hubiese hecho temblar la noche precedente. De esas lecturas hubo un poema, de Ben Suhayd de Córdoba, que nunca pude olvidar, salpicado de un dulce y suave erotismo que aún hoy en día me llena de regocijo y donde se aprecia un gran valor estético:

Cuando, llena de su embriaguez, se durmió, y se durmieron los ojos de la ronda.

Me acerqué a ella tímidamente, como el amigo que busca el contacto furtivo con disimulo.

Me arrastré hacia ella insensiblemente como el sueño; me elevé hacia ella dulcemente como el aliento.

Besé el blanco brillante de su cuello; apuré el rojo vivo de su boca.

Y pasé con ella mi noche deliciosamente, hasta que sonrieron las tinieblas, mostrando los blancos dientes de la aurora.

Al terminar de leerlo se dirigía a nosotros con mirada triunfante y preguntaba ¿Quién es el autor? Era su pequeño juego. Cuando no podíamos identificarlo, nos decía: -¿No se dan cuenta de todo lo que se pierden? Creo que sí, que nos perdíamos de mucho. En este caso de una jarcha escrita en el siglo XI, y que lleva como título Después de la orgía. Por fortuna, estaba ella para hacernos partícipes de los descubrimientos que hacía en solitario o acompañada.

Por supuesto que Laura no podía ni quería escapar al influjo sexual de César. Le coqueteaba de frente, sin ningún reparo. Cada vez que se dirigía a él, lo hacía con frases cargadas de alto contenido sexual. A Betsabé no le importaba. Sabía de sobra que él no se iría a la cama con ella. Pero Laura lo intentaba cada vez que podía. A César no le desagradaban sus coqueteos, pero tampoco le paraba bolas, más bien disfrutaba con la corte que ella le hacía día tras día, semana tras semana y semestre tras semestre. Sin embargo, Laura ni se daba por ofendida ni se daba por vencida. Sus frases, cargadas siempre de doble sentido, más que incomodar nos hacían reír. Laura poseía un gran sentido del humor. Hablaba con un gran desparpajo, sobre todo si se trataba de sexo, porque al hacerlo era todo su cuerpo que se hacía cómplice de la conversación. Para ella no era suficiente contar o imaginarse algo. Su cuerpo se unía a las palabras en un lenguaje corporal, a todas luces sexual. Estoy segura que de haber conocido a Praxiteles, a Mirón o a Canova, ellos la habrían convertido en su modelo predilecta. La misma Afrodita hubiese sentido celos de ella. Laura era consciente de su poder sexual sobre los hombres y se vanagloriaba de ello. Alguna vez posó desnuda para un fotógrafo. Decía que el cuerpo era para lucirlo, mostrarlo y mimarlo.

Cuando decidió independizarse, lo primero que hizo fue buscar una gran bañera con apartamento. Era su lugar sagrado, su templo del amor. Cada que alguien viajaba fuera del país le encargaba sales de diferentes aromas que guardaba en pequeños cofres de alabastro o marfil. Decoró el baño como si se tratase de la sala de la casa, con luces indirectas y sugestivos candelabros repartidos en sitios estratégicos. Y por supuesto una salida de sonido; eso no podía faltar. La elección de la música dependía de cada ocasión. Había puesto una pequeña mesa en la que siempre había frutas, dos copas a la espera de un amante con quien escanciar el vino y una pieza de cerámica erótica inca. En las paredes había colgado reproducciones de los dibujos voluptuosos de Picasso y apartes del Kamasutra; especialmente la descripción del Beso de la Mariposa y el Del Auparishtaka o el himeneo con la boca. Este último lo había acompañado con una de sus ilustraciones. Era hermosísima, y por supuesto muy sugestiva, creativa y original por decir lo menos. En ella se ve a un hombre acostado sobre un tapete, con un cojín debajo de su cabeza y otro debajo de sus pies. En una canasta sin fondo, unida a un mecanismo de piolas y poleas incrustado en el techo, está sentada la mujer; por lo que ella puede accionarlo según su deseo... hacia arriba y hacia abajo... ella es la dueña de la situación... ella dirige... el hombre está allí para colmarle sus más íntimos deseos. Por supuesto que el disfrute es de los dos, por igual. En ese templo del placer Laura llevaba a cabo parte de sus rituales. Cuando preparaba la tina, en la que cabían perfectamente cuatro personas, era con el fin de sumergirse en el agua durante horas, preferiblemente en la noche, así estuviese sola. El baño daba a un gran ventanal desde el cual podía ver las luces de la ciudad desperdigadas hasta el infinito y ella estaba encima de todas ellas; como si le rindiesen tributo a una diosa olvidada. Por supuesto que ella se consideraba a sí misma como una deidad y estaba ahí para hacerlo recordar. En el fondo, era una superviviente del pueblo egipcio. Su cuerpo debía recordar como cinco mil, siete mil años atrás, su piel era humectada con ricos aceites y ungüentos, preparados por los sacerdotes del dios Thot, quien les habría transmitido su conocimiento del ritual del baño. Debe de ser por eso que al lado de la bañera siempre había un ramo de flores.

Laura era una incondicional del séptimo arte. Adoraba el cine. Dentro de sus películas predilectas estaba Bella de Día, de Luís Buñuel. Se imaginaba en el rol de Catherine Deneuve. Ni que decir el impacto que le causó Portero de Noche, de Liliana Cavani o El Último Tango en París, de Bernardo Bertolucci. Supongo que deseaba reencarnarse en María Scheneider y así buscar la posibilidad de acostarse con Marlon Brando. De Antonioni, la había subyugado Zabriskie Point. -Es una película sublime, poética, contestaria, crítica. Los que no la hayan visto se habrán perdido no sólo de una obra maestra de la fotografía, sino de una gran composición musical -decía. Otra de sus películas favoritas era Un Hombre y una Mujer, de Claude Lelouch. Solía decir que no había una mujer más hermosa que Anouk Aimé. Hubiese deseado verse a solas con Jean-Louis Trintignant en una habitación de cualquier hotel de Deauville. Lo que aún no sabía era que efectivamente se lo habría de encontrar veinticinco años después, que juntos compartirían un mismo vuelo Madrid-Marsella, y que él estaría ubicado a sólo dos sillas, por lo que pudo contemplarlo a sus anchas durante hora y media, sin que él se molestase además. Para entonces, todo su encanto sexual había desaparecido, no el de Laura, sino el del actor casi octogenario.

Laura era la mujer más irreverente que haya conocido hasta ahora. Los escándalos la hacían vivir. Por eso le gustaban las películas que ocasionaban la ira de los curas. Deben de ser buenísimas -decía. Lolita, basada en la obra de Vladimir Nabokov y dirigida por Stanley Kubrick, le había encantado; especialmente por el escándalo que había desatado. Emmanuelle, la producción cinematográfica de Just Jaeckin, con Silvia Kristel, nunca pudo ser vista por él público colombiano. La Iglesia y el Estado la vetaron. Para Laura eso era algo inconcebible, por lo que siempre añoró verla. Más tarde tendría ocasión de hacerlo en un cine de los Campos Elíseos, donde llevaba más de siete años en cartelera permanente. Cuando salió, 1h45 minutos más tarde, no entendía porque tanta alharaca. -Cuando El Imperio de los Sentidos, de Nagisa Oshima, era mucho más fuerte en todos los sentidos, y esa si la habíamos podido ver todas juntas en Bogotá. Años más tarde me aconsejaría la lectura del libro Asuntos de un hidalgo disoluto, de Héctor Abad Faciolince. -Es el libro más irreverente que haya leído. Conociéndola, sabía de sobra que era uno de los mejores elogios que podía hacer de una obra. -El protagonista no deja títere con cabeza, se burla de todo, hasta de sí mismo. Me lo gocé de principio a fin –agregaba-.

Dentro de sus canciones favoritas estaba Je t’aime, moi non plus; y se reía a carcajada batiente al contar cuanto había escandalizado al Vaticano. Era una gran amante del bolero. No era raro oírla cantar Acércate más... y bésame así, así así, como besas tú; pero besa pronto, que te estoy queriendo o cantaba la ranchera de J.A. Jiménez, Amanecí otra vez entre tus brazos...y me querías decir no sé que cosa, pero callé tu boca con mis besos y así pasaron muchas, muchas horas. E invariablemente soltaba una carcajada que invitaba a poner en marcha lo que decía la canción.

Laura escribía poemas eróticos. -Cada vez que leo un poema en el que ella hace alusión al deseo, la piel se me eriza -nos decía Betsabé-. Tenía la capacidad de asir con la palabra, lo que generalmente solo puede ser sentido. Sus poemas, lejos de ser herméticos, están construidos con un lenguaje simple, sencillo, espontáneo. Laura bebía en la fuente misma de una lírica permanentemente renovada y llena de sugerencias. Es verdad que al oírla hablar, uno se sorprendía por la utilización de un lenguaje crudo, sin ambages, pero cuando escribía se transformaba. Su lenguaje era tenue, delicado, evanescente, pero con una carga erótica incuestionable. Sus versos eran como un lino fino, previamente humedecido, sobre la piel de una mujer. A través de ellos se podía ver que su autora sabía disfrutar de su sexualidad. Para Laura la sensualidad, la carne, las caricias, el instinto sexual y hasta la lujuria, hacían parte de la esencia del ser humano. Su poesía hablaba también de la sutileza del cortejo amoroso. Una línea negra en torno a los ojos, unas gotas de perfume en la nuca, una cadena en torno al cuello, una túnica moldeando el cuerpo, una mano que desabotona y hurga en el interior de un pecho, un zapato que rueda suavemente por el suelo, unas medias de seda que se deslizan, un rayo de luna que ilumina una cadera... eran imágenes que contribuían a que su poesía fuera intimista, cuasi secreta, como si fuese escrita para ser recitada en un murmullo. Yo solía imaginar una pareja amándose en una noche de plenilunio, con la fragancia de la hierba impregnando sus cuerpos y la mujer recitando los versos de Laura cerca al cuello del amado... por lo que su respiración sería una parte más del poema, como si se convirtiese en una caricia más y en una metáfora del placer.

Laura dejó un buen día de escribir. Betsabé se había hundido por algún tiempo en un pozo sin fondo y a Laura se la tragó el sistema. Una vez terminada la carrera, entró al magisterio. Al principio sus clases desbordaban de entusiasmo y de vitalidad. La forma visceral con la que se expresaba al hablar de literatura no siempre fue bien entendida por las directivas del colegio. Su forma de ser, directa y arrolladora, le granjearon muchos enemigos, dentro y fuera del establecimiento educativo. Los celos de otros colegas, ni tan talentosos ni tan disciplinados como ella, comenzaron a asediarla. Un buen día sin que ella se diese cuenta ni cómo ni a qué horas, vio como le habían declarado una guerra sin cuartel. La aislaron como si se tratase de una leprosa. Le cortaron toda posibilidad de comunicación. Los profesores hacían reuniones a las que no era invitada, y en las que el único tema de discusión era como salir de ella. Todo lo que Laura hacía o decía estaba mal. Las burlas no tardaron en dejarse sentir. Sus superiores le daban tareas que cumplir y en el momento de llevarlas a cabo le quitaban todo el respaldo. Como el día en que debió organizar en la biblioteca una instalación con una artista que ellos mismos habían seleccionado. Se trataba de un montaje en el que todos los estudiantes se integrarían a la obra. Cuando llegó la hora de mandar a hacer los catálogos, le dieron la espalda; como si la idea de la exposición no hubiese sido de ellos. El día de la inauguración ni siquiera asistieron. Su computador portátil apareció un día malo. Se lo habían tirado al suelo. Otro día fue la oficina la que perdió. La convirtieron en un cuarto de San Alejo, en el que metieron los instrumentos de la banda del colegio. La persona que delegaron para reemplazarla era bastante peculiar, con un gran dominio de la cultura general, hasta el punto que un día que escuchó hablar a Laura de Picasso, le preguntó bastante seria: -¿Picando qué?. Querían que renunciara. No lo hizo. Los chismes se intensificaron y su salud mental comenzó a resentirse. Laura se daba cuenta que la hostilidad que habían tejido en torno a ella era parte de un plan maquiavélico, que buscaba aniquilarla. Pidió traslado, pero nunca volvió a ser la misma. Siguió trabajando, pero no volvió a escribir. Entró en un período de depresión que nunca pudo derrotar del todo. En ese entonces aún no se había legislado en contra del acoso laboral. El resultado habría sido otro si las leyes hubiesen estado de su parte. Laura fue presa de pensamientos encontrados, donde el pasado y el presente comenzaron a mezclarse en una batalla en la que ella se encontraba parada en la línea de fuego; como si lo único que buscaran fuera su destrucción anímica. Nunca contempló la idea del suicidio, pero dejó de escribir, lo que en ella significaba hacerse un Harakiri. Se lanzó al ojo del huracán y dejó que el viento y la lluvia la sacudieran sin merced. Por supuesto que al final tenía que haberse sentido completamente derrotada. Pasado el tiempo se encontraría con el que había sido su jefe, no contento con lo que le había hecho tiempo atrás, y aprovechando que Laura estaba sola, se dirigió a ella en forma insultante y con gestos obscenos. -Él, que decía ser el adalid de los buenos modales, de la cultura, de la diplomacia. Ese día, más que en ningún otro, puso en evidencia su proverbial tronío. Se descubrió ante mis ojos como un ser patético, hasta lástima me dio, -me contaría tiempo después Laura-. Para ese entonces yo ya sabía que la directora de disciplina y la persona encargada de los programas que yo llevaba a cabo, les había tocado pasar por momentos muy amargos. Pensé, con cierta sensación de indiferencia, que la vida es un bumerang, que todo lo que hacemos se nos devuelve con mayor fuerza -agregó-.

Por fortuna los poemas que había escrito en la universidad y en los primeros años de ejercicio profesional, habían sido publicados en varias revistas y periódicos dominicales, por lo que su producción literaria no quedó en el olvido. Luego algunos de sus poemas serían recopilados en una Antología de Mujeres Poetas. Más tarde una reconocida editorial le publicaría un libro con su obra completa.

El día del lanzamiento de la antología me la encontré. Ella se había encerrado en su caparazón desde hacía varios años, por lo que buscarla se había convertido en labor de titanes. Nunca aceptaba una invitación a mi apartamento y cuando la llamaba por teléfono, rápidamente colgaba; así que decidí que era mejor no insistir. Pensé que algún día la vida nos daría la oportunidad de reconstruir nuestra amistad, y si algo he aprendido es a ser paciente. Así que esperé. El día del lanzamiento del libro, me la encontré. No esperaba verla. Sabía que hacía mucho tiempo que había dejado de asistir a ese tipo de eventos. Seguramente se sintió comprometida con el escritor que la había incluido en la antología, por lo que aceptó asistir. Cuando la vi, daba la impresión de estar extraviada. Es como si hubiese perdido la costumbre de sentirse rodeada de gente. Ella, que años antes era el centro de atención de la inauguración de una exposición o de una tertulia literaria, ahora no sabía que hacer. Me di cuenta que iba a irse sin esperar siquiera la presentación del libro. Así que me le acerqué. No pudo disimular una sonrisa de alegría. Le propuse que nos sentásemos juntas en una mesa y para mi gran asombro me siguió. Esa noche abrió las puertas para que nuestra amistad renaciera. Fue entonces cuando supe que en las últimas vacaciones había estado de nuevo en Europa. Hace unos tres meses le recordé la cita que teníamos pendiente desde hacía veinticinco años, trató de excusarse. Yo estaba preparada para todos los argumentos con los que quisiese evadir el encuentro, así que finalmente bajó la guardia y me dijo: -Está bien, cuenta conmigo. Ya sé que no te darás por vencida. Creo que en el fondo era consciente de la necesidad de verse cara a cara con un pasado que hablaba de su loca juventud perdida.

 

Berta Lucía Estrada

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Acerca de esta publicación:El relato “Laura” hace parte de la obra “Féminas o el dulce aroma de las feromonas” de la escritora Berta Lucía Estrada. Puede consultar la obra completa en este enlace.

Fractales
Berta Lucía Estrada

Berta Lucía Estrada Estrada (Manizales). Estudios: Literatura en la Pontificia Universidad Javeriana, una Maestría y un Diploma de Estudios Profundos (DEA) en literatura, en la Universidad de la Sorbona (París- Francia), una Especialización en Docencia Universitaria en la Universidad de Caldas, un Diplomado en Historia y Crítica del arte del Siglo XX y un Diplomado en Cultura Latinoamericana. Soy librepensadora, feminista, atea y defensora de la otredad. He publicado nueve libros, entre ellos La ruta del espejo, poesía, Editions du Cygne (Francia-2012), en edición bilingüe, Náufraga Perpetua, ensayo poético, Ediciones Embalaje-Museo Rayo, 2012, ¡Cuidado! Escritoras a la vista..., ensayo literario sobre la mal llamada literatura de género; y el ensayo sobre literatura infantil y juvenil ... de ninfas, hadas, gnomos y otros seres fantásticos. Docente universitaria en las áreas de lengua francesa, literatura hispanoamericana y francófona en la Universidad de Caldas; conferencista internacional y profesora invitada en universidades de Brasil y Panamá. He dado recitales de poesía en Colombia, Brasil, Francia, Panamá, Polonia y Alemania. Soy integrante de Ia Asociación Canadiense de Hispanistas y del Registro Creativo, éste último fundado por la poeta argentino-canadiense Nela Río.

Premios literarios:

Primer Premio Nacional de Poesía 2011 Meira del Mar, realizado por el Encuentro de Mujeres Poetas de Antioquia, con el libro "Endechas del Último Funámbulo", basado en la vida y obra de Malcolm Lowry.
Premio Especial, fuera de concurso, Ediciones Embalaje del Museo Rayo-2010, con el ensayo poético "Náufraga Perpetua".
2o puesto en el Concurso Nacional de Poesía Carlos Héctor Trejos Reyes-2011.
4o lugar en el XXVII Concurso Nacional de Poesía Ediciones Embalaje-Museo Rayo 2011.

Blog El Hilo de Ariadna, en www.elespectador.com
http://blogs.elespectador.com/elhilodeariadna/
Blog personal: Voces del Silencio:
http://beluesfeminas.blogspot.com
*Correo electrónico: bertalucia@gmail.com

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