Sábado, 21 de oct de 2017
Valledupar, Colombia.

El año pasado fuimos a ver en concierto a Joan Sebastián y a mis adorados “Los tigres del Norte” que llegaron a la ciudad a ofrecer un recital para la pura gente de pueblo, no podíamos faltar.

Podría decir que el recinto se llenó de puros indocumentados, uno que otro “legal.” ¿Por qué cantantes como Joan Sebastián y los Tigres del Norte llenan estadios? Porque son reales, porque le cantan al pueblo raso, porque su poesía es de campo, de laderas,  sin afán, es pureza, ¿por qué tocan las venas de los indocumentados? Porque también lo fueron y solo quien ha vivido la indocumentación y la migración sabe lo que se siente vivir en las sombras.  

Aquella noche cantaron primero Los Tigres del Norte y lloramos sus canciones y las coreamos porque cada letra refleja la realidad de quien es sencillo y silvestre, del explotado, del campesino labrador, del urbano escarnecido, del migrante que añora, que sufre  y que lucha. Yo fui por ver a Los Tigres que son mi adoración,  y quedé sorprendida con la calidad de espectáculo que ofrece Joan Sebastián,  no soy seguidora de su música aunque algunas de sus canciones me gustan. 

Joan cantó con banda, mariachi y sinfónica, y encima encaramado en unos caballos que bailaban solos. Ni los de la banda, ni los del mariachi y tampoco los de la sinfónica hablaban español y, como se estaban equivocando en las interpretaciones, les jaló las orejas en ese inglés callejero que hablamos los indocumentados. Cualquier otro lo hubiera dejado pasar, él les explicó a los músicos que ese público que estaba ahí se había esforzado para comprar la entrada para el concierto y que la mayoría trabajaba en oficios y eran indocumentados y que merecíamos el mejor de los espectáculos. Aquel reciento tembló con los aplausos y todos nos pusimos de pie y lo ovacionamos. 

Comenzó a relatar de sus inicios como indocumentado precisamente en esta ciudad, en Chicago. Mil oficios como todos lo que venimos a este país con una mano adelante y otra atrás. Y no sé si fue la emoción, la nostalgia, el enfado con la realidad pero de la euforia pasamos al llanto, sus palabras nos desnudaron, alguien de nosotros estaba ahí como uno de los pocos artistas de pueblo que brillan con luz propia y no pierden su esencia en el camino. Un indocumentado estaba en el centro del escenario, y pudo acumular fortunas, fama y ser reconocido pero nunca se olvidó que fue indocumentado y que también sufrió humillaciones y lloró la diáspora. 

Entre el público en primera fila estaba una familia a la que él presentó, dijo que eran los hijos de un amigo suyo que conoció cuando estuvo trabajando de mil oficios cuando recién llegó a Estados Unidos, que fueron compañeros de trajines indocumentados, su amigo había muerto pero estaban ahí sus hijos y él pedía un aplauso para ellos y para su amigo. A todos se nos hizo un nudo en la garganta. Las amistades que se forjan con los pijazos de la vida son las únicas que resisten todas las tormentas.

Y cantó y cantó hasta el cansancio, se entregó a su público como pocos, tal vez porque como pocos sabe lo que cuesta a un indocumentado juntar el dinero para ir a un concierto. No solo eso sino exponerse como multitud a las redadas masivas en carretera. Lo que parece normal para cualquiera que tenga sus papeles en orden para un indocumentado es una hazaña porque lo arriesga todo, todo en busca de un poquito de alegría que le ayuda a salir de su realidad de esclavo, por lo menos por instantes.

Con la muerte de Joan muere un poco el corazón de los indocumentados, a quienes él ha representado con dignidad y excelencia. Con la muerte de Joan las flores de su pueblo se quedan sin poesía y sin el trovador que nunca olvidó las calles empolvadas que lo vieron nacer, migrar y retornar. Que lo vieron surcar los horizontes y volar lejos, y nunca perdió la esencia de los que nacen para brillar en la oscuridad.

Aquella noche mis adorados Los Tigres del Norte cantaron “Tres veces mojado”, y “La Jaula de Oro”, él cantó Juliantla y El ilegal. Es su natal Juliantla la que hoy lo arropa y lo arrulla como sueñan  los indocumentados también un día retornar al pedacito de tierra donde todo lo hermoso fue. 

Con la muerte de Joan también muere un poco el corazón de los millones de soñadores desconocidos que envían las remesas puntuales, y que lloran a escondidas  la desventura de la migración obligada. A esos millones de artistas como Joan y Los Tigres del Norte los acompañan en las extenuantes jornadas laborales, sus canciones son la fuerza y el amparo que no los deja decaer. Por eso llenan sus conciertos, porque amor con amor se paga.

Se va uno de nosotros, uno de los que voló alto y venció todas las barreras, esas con las que nos encontramos en la post frontera  los indocumentados y que no figuran en el cuento del sueño americano.

Descanse por los millones que no lograron cruzar la frontera y se quedaron en el camino, desaparecidos, exterminados, disfrute por los muertos en vida que envían remesas, disfrute su retorno y la dicha del arrullo de su natal Juliantla, que retornar al pueblo natal es privilegio de pocos.

Con la muerte de Joan los indocumentados perdemos a uno de los poetas que nos honró hasta el final. Va por Joan y por miles que no lograron cruzar la frontera, va por los   millones de indocumentados rasos que padecemos en este país la desventura de la marginación y la diáspora. Que la tierra le sea leve don Joan, gracias por tanto amor a nosotros los indocumentados.

 

Ilka Oliva Corado

Crónicas de una inquilina
Ilka Oliva Corado

Escritora y poetisa. Ilka Oliva Corado nació en Comapa, Jutiapa, Guatemala, el 8 de agosto de 1979. Hizo estudios de psicología en la Universidad de San Carlos de Guatemala, carrera interrumpida por su decisión de emigrar a Estados Unidos en 2003, travesía que realizó como indocumentada cruzando el desierto de Sonora en el estado de Arizona. Es autora de dos libros: Historia de una indocumentada travesía en el desierto Sonora-Arizona, y Post Frontera.

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