Lunes, 29 de may de 2017
Valledupar, Colombia.

Desfile del 20 de julio del 2015 en Valledupar / Archivo: PanoramaCultural.com.co

El uniforme no engaña, por lo menos durante el desfile del 20 de julio. En la avenida Simón Bolívar, a pocos metros del supermercado Éxito, y bajo un sol de 40 grados, los cuerpos policiales y militares llegan uno a uno al término de una marcha que bien podría compararse a un Vía Crucis si no fuera por los saludos y las ovaciones. El calor es lacerante, es cierto, más si se tiene en cuenta el fenómeno del Niño y el grosor del tejido que recubre las pieles de cada uno de los profesionales, pero el compromiso también es importante, y en una fecha tan simbólica como la de este día, en la que suena y resuena el himno nacional, el deber va por delante de todo.

A la llegada del cuerpo de caballería, madres y padres entusiastas se abalanzan sobre alguno de los oficiales para entregarles su hijo, pedirles que lo cojan en brazos y así quedarse con un recuerdo. Extrañamente, los padres se ven más animados por la idea de acercarse a las autoridades y tomarles una foto que los propios hijos. Se mueven con nerviosismo y alegría a la vez. Se extasían por un simple detalle o una hazaña. Evidentemente, lo de ser “fan” no es un fenómeno exclusivamente joven. Y en ese viento de pasiones no faltan las camisetas amarillas de la selección colombiana exhibidas en la última copa América y las selfies realizadas con destreza y sin errores, como si el ángulo hubiese sido ensayado durante horas antes de la toma. Luego, se alternan otras parejas y familias en busca de un recuerdo de la fiesta nacional de Colombia.

El amor y la admiración por las autoridades policiales se imponen a todo. Unos minutos más tarde llega el cuerpo de patrulla de la policía en motos y automóviles, y enseguida se forma una avalancha de enardecidos que se acerca sin contención a las autoridades, como si asistieran a la llegada de estrellas de cine o de música vallenata en la entrada de un festival. Una foto por aquí. Otra por allá. El baile de fotografías se extiende durante unos minutos antes de que los agentes traten de ponerle fin con diplomacia. “Permiso”. “Tenemos que seguir”. Las frases son siempre cortas y acompañadas de una sonrisa. No se puede ser muy duro con un fan. En medio de la algarabía, sobresale el caso de un padre excitado cargando a su niña de cinco meses en brazos, zarandeándola de un lado a otro para quedarse con un recuerdo, y el bebé, sin entender lo que ocurre, sin siquiera saber qué día es, se deja fotografiar con el policía de gafas de sol y de casco flamante. Hermoso detalle que llenaría de orgullo a cualquier patriota y más cuando se comprueban los intercambios de sonrisas, palabras amables y detalles. El 20 de julio es un día para la reconciliación.

Otra óptica revela a unos policías y un ejército complacidos. Es su día. Pueden disfrutar del calor en todos sus sentidos. En ningún otro momento se les da tanta importancia, ni tampoco se les invita a tomarse una foto de recuerdo. Son adulados como deportistas que se han ganado una medalla de oro en los últimos panamericanos y, sin embargo, la actualidad contrasta seriamente con esa imagen de plebiscito popular. Unos días atrás, la noticia de 11 policías arrestados por formar parte de una banda criminal en el departamento del Cesar, acusados de concierto para delinquir, inundaba las redes sociales con un griterío de hartazgo y escándalo. “¿Cómo se puede creer en la policía?”, preguntaba un twittero y otro le respondía “La policía es altamente traicionera”.  

Y ese disgusto también lo compartían otras personas en las redes al enterarse de que la policía se encapuchaba para organizar retenes e inmovilizar los vehículos de mototaxistas y otros ciudadanos que tratan de desplazarse a diario por la ciudad. Según ciertas fuentes, la misma oficina de tránsito estaba involucrada en una trama de financiamiento de campaña. Sospechas y acusaciones que terminan recayendo siempre en ellos: agentes de policía, la fachada de un sistema viciado, o mejor dicho: mecanismos de un sistema hermético y corrupto que deberían más bien prestarse para la armonía y una convivencia sana.

En esas mismas fechas, varios medios de comunicación locales se hicieron portavoces de un crimen que, si bien no implica a las autoridades policiales, habla mucho de su ausencia y su falta de respuestas. La muerte de un señor sentenciado por los ocupantes de una cuatrimoto a plena luz del día de un domingo soleado en la glorieta de la Pilonera Mayor, y sin motivos aparentes, se convirtió rápidamente en el titular más discutido, una fuente de indignación para quienes critican la posesión y el uso irrestricto de armas pero, sobre todo, un tema condenado al silencio poco después por las mismas autoridades. ¿Dónde está el parte de la policía sobre el progreso de la investigación? ¿Dónde están los arrestos de las personas que perpetraron los hechos?

El desfase entre la popularidad de la policía durante el 20 de julio y su imagen real es demasiado grande para pasar desapercibido. Las celebraciones de un pueblo que se inscribe en la tradición del realismo mágico superan a veces las ideas de su propio creador, Gabriel García Márquez, ya que en su obra –siempre propicia para los encuentros y giros asombrosos en una trama circular– seguramente hubiera salido un personaje, cualquiera, aunque fuera un gringo, una mujer despechada o un vendedor de zapatos, para preguntar qué es lo que está realmente ocurriendo dentro de la policía y la alcaldía. En el caso de Valledupar, el hijo del muerto sin motivos aparentes sería quien saldría a reclamar justicia por un acto de intolerancia: “¡Díganme! ¿Alguien va a responder por mi papá fallecido en la glorieta de La Pilonera Mayor?”.

Claro que la fiesta es la fiesta. Y cuando se celebra algo, se celebra hasta el final. Así son las fiestas. Por eso el cuerpo de antimotines ESMAD concluye su desfile con su vehículo negro blindado activando con insistencia una sirena que tiene como fin mantener a distancia a ciertos apasionados. Sin embargo, no se puede repeler a un fan de la misma forma que un mosquito. En el momento de una breve pausa, los padres de familia vuelven al asedio y empiezan a tomarse fotos con los hijos en brazos, buscando un lugar donde destaque la palabra “Policía”. Hay que mostrarla claramente, no vaya ser que los amigos o familiares no se lo crean. Pero, ¿dónde queda el recuerdo de esas denuncias dirigidas al Esmad unos meses antes por abusos perpetrados en el barrio La Nevada de Valledupar?  

Ahora llegamos a ese momento tan delicado y comprensible en el que un lector incómodo, un visitante inesperado, reacciona con decencia y pone el dedo sobre otra llaga. Usted, Observador de primera fila, no sea aguafiestas. Disfrute del momento y déjese de hablar mal de las autoridades en tiempos tan controvertidos. El periodismo no está por encima de los símbolos institucionales, ni tampoco de las fiestas nacionales, y lo entendemos perfectamente. La prueba es que, testigo de un momento diferente en el que las emociones brotaban con total espontaneidad, el Observador también participó en las celebraciones. Salió con su hijo –quien asistió a su primer desfile como buen colombiano y vallenato que es– y todos reunidos bajo la alegría del momento se tomaron la foto frente al carro de los… ¡bomberos! Unos héroes incorruptibles que se merecen todo el respeto. 

 

Johari Gautier Carmona

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