Sábado, 24 de jun de 2017
Valledupar, Colombia.

Vendrá la muerte y tendrá tus ojos
esta muerte que nos acompaña
desde el alba a la noche, insomne,
sorda, como un viejo remordimiento
o un absurdo defecto. Tus ojos
serán una palabra inútil,
un grito callado, un silencio.
Así los ves cada mañana
cuando sola te inclinas
ante el espejo. Oh, cara esperanza
aquel día sabremos, también
que eres la vida y eres la nada.
Para todos tiene la muerte una mirada.
Vendrá la muerte y tendrá tus ojos.
Será como dejar un vicio,
como ver en el espejo
asomar un rostro muerto,
como escuchar un labio ya cerrado.
Mudos, descenderemos al abismo.

Vendrá la muerte y tendrá tus ojos

Cesare Pavese

Otra de nuestras compañeras se llamaba Saskia, como el gran amor de Rembrandt. Sus ojos eran verdes, como las aguas del océano y su pelo rojo como el fuego. Rara vez se ponía minifalda, pero cuando lo hacía, dejaba al descubierto un par de piernas que dejaban sin aliento a cualquier hombre que pasase a su lado. Si uno le preguntaba sobre el origen de su nombre, ella respondía que su abuelo había llegado en 1915, desde Volendam, un pueblo de pescadores cerca de Amsterdam. -Eran otros tiempos. Los europeos se morían de hambre y debían migrar. Nosotros no les cerrábamos las fronteras. En cambio, mira ahora, los colombianos tenemos las puertas tapiadas en todas partes -solía responder-. Poco tiempo después de su arribo, mi abuelo vio pasar a una hermosa mujer por la calle, de inmediato quedó prendado de ella, se armó de valor y en su medio español, más que chapuceado, se presentó y de ahí en adelante la siguió esperando en el mismo lugar; había descubierto que era un lugar de pasaje diario. Mi abuela le había trastornado las hormonas para siempre. Y no era para menos, ella era una caleña descendiente de españoles criollos, pero en sus venas también corría sangre africana. Su bisabuela materna laboraba en los campos de caña de azúcar, propiedad de los padres del adolescente que la tumbó al suelo un buen día de zafra, bajo un sol canicular. Una historia común en este país, donde la violación es pan de cada día, -agregaba-.

Saskia se sentía colombiana hasta la médula. Ni siquiera había aprendido a hablar el neerlandés. No obstante, con la crisis de los años noventa decidió reclamar la nacionalidad holandesa. -Siempre es mejor tener un pasaporte de algún país de la comunidad europea, nunca se sabe -me dijo a modo de excusa-. Sin embargo no podía escapar al influjo de sus orígenes. El arte nórdico la seducía más que ningún otro. El claro-obscuro de Rembrandt, los cuadros de escenas familiares e íntimas de Vermeer de Delft o los paisajes, a veces serenos, a veces tumultuosos, de Jacob Ruysdal, la sumían en estados cuasi contemplativos. Esa pasión por el arte flamenco nunca la abandonó. El año pasado estaba deslumbrada con la lectura de La niña de la perla, de Tracy Chevalier. Así nos lo hizo saber a Eva, a Teodora, a Miranda, a Laura y a mí la última vez que nos reunimos con ella en Virginia, libros y pintura.

-El libro narra una extraña y dolorosa relación entre Vermeer y una joven sirviente. Es como si me hubiese trasladado al siglo XVII. Con la lectura del libro sentí más que nunca que ese país también forma parte de mí misma, así haya querido ignorarlo durante toda mi vida. Busqué más libros de la autora y me encontré con otra joya, La Dama y el Unicornio. ¿Se acuerdan de las clases de historia del arte? ¿Y del impacto que nos produjo la tapicería del siglo XV y XVI? Con ese libro pude penetrar en los gremios de artesanos. Me paseé por las calles de la Bruselas medieval, pero también fui a Brujas y a Amberes. Respiré el aire de los talleres, cardé la lana, hilé, y aunque a las mujeres se les prohibía el oficio de tejedoras, mis manos elaboraron una complicada trama, acariciaron la seda, separaron los hilos de oro y plata, dibujaron flores, y entendí, como si siempre lo hubiese sabido, los símbolos de cada una. Mis ojos se iluminaron con los colores de los tapices e hice bosquejos de animales míticos, como si fuese una experta en bestiario medieval. Quise saber más sobre la dama y el unicornio, descubrí muchas cosas ¿saben? Primero, que el tapiz estaba sirviendo de retazos para hacer cortinas y manteles para las casas de los campesinos que vivían cerca al castillo de Boussac, luego de haber sido rescatados por ellos mismos de su zaguán, donde habían servido de comida durante cerca de doscientos años a las ratas; ni que decir de los estragos que había causado la humedad. Fue Próspero Mérimée quien lo descubrió en 1841, cuando era inspector de Monumentos Históricos. George Sand, se unió a la causa y publicó artículos sobre el tapiz rescatado del olvido.

Luego supe que en el imaginario medieval, la dama y el unicornio representaban a María Magdalena y a su bien amado esposo, Jesús. Esa había sido la forma como el pueblo había continuado con el culto a María Magdalena, que ya por entonces el Vaticano había convertido en meretriz. En realidad no es un solo tapete, son seis. Cada uno de ellos representa uno de nuestros sentidos: el gusto, el oído, la vista, el olfato, el tacto y por último, el sentido que la tradición judeocristiana ha tratado en vano de reprimir: el deseo. Para ello el artista le había dado un título tenue, etéreo, inasible, pero contundente: Mon seul désir -mi único deseo-. Y aunque los tapices son de creación anónima, si se sabe el nombre del pintor que hizo los bosquejos, un parisiense de nombre Jean Le Viste. Son los mismos tapetes que contemplé embelesada en mi primer viaje a París, cuando visité la Abadía de Cluny, construida en el siglo XV, al lado de unas antiguas termas romanas. Pero entonces, si bien me parecieron hermosos, aún no estaba preparada intelectualmente para sentir su mágico influjo. Así como lo oyen, aunque parezca contradictorio -enfatizó-.

Con Saskia, todo era así. El más mínimo comentario abría las posibilidades de recibir una cátedra. Escucharla hablar era penetrar en un mundo plagado de conocimientos diversos. Como si uno se sumiese en un océano jamás descubierto por viajero alguno. Ella era el compendio de infinitos saberes. Así como hablaba de un tapiz o de una pintura, podía hablar del arte culinario de los países mediterráneos. Ir a su casa era siempre un placer. Podía preparar una paella con la mejor sazón española o una bouillabaisse digna del chef del restaurante Michel, de Marsella. O una tapenade, o un caviar de berenjenas o de hinojo, o una bohemiènne. Saskia era una gran conocedora de vinos. Hubiese podido ganarse la vida como sommelier en La Coupole o en algún otro restaurante tradicional de París. Le gustaban los libros de enología. De ella aprendí que los vinos blancos o rosados no pueden ser añejos, porque su aroma y su cuerpo sufren bastante. También aprendí que en el siglo XIX, los preferían afrutados, secos y con un aroma ligero, suave. También me contó que el más antiguo viñedo de Alemania, que data del siglo VI d.c., y que luego fue donado a la comunidad Benedictina en la época Carolingia, ha decidido cultivar las uvas, bajo el influjo de Mozart. -Un violinista, debe de ser descendiente del violinista en el tejado, -decía con voz soñadora- se pasea varias horas entre las plantas de vid con el fin de subyugarlas con la magia de la música, me gustaría tomar ese vino acompañado de un salmón marinado en remolacha. Para Saskia sentarse a la mesa era un ritual. Prefería una larga tertulia, acompañada de diferentes platos y de unas buenas botellas de vino, que irse de parranda a alguna discoteca. Siempre estaba atenta a los nuevos restaurantes, a los nuevos platos, pero también a la cocina tradicional; incluyendo la colombiana. Le encantaba el arroz con coco costeño, el ceviche y el ajiaco. Cada vez que los preparaba me invitaba a almorzar con ella y con Luc, su compañero.

Saskia era una gran coleccionista. De su abuela materna había heredado unas sillas vienesas, que le despertaron el amor por las antigüedades. Si bien hubiese podido ser una excelente profesora o escritora, o las dos profesiones a la vez, terminó como anticuaria; lo que le producía gran placer. Sobre todo la búsqueda de algún mueble raro, su venta no tanto. Hubiese querido guardar todo lo que compraba, pero bien sabía que eso no era posible. Y aunque vendía un poco de todo, terminó especializándose en sillas, como si así le rindiese un tributo a su abuela. Pasado el tiempo se convirtió en una verdadera experta, hasta el punto que hace dos años la televisión francesa le hizo un reportaje. No es de extrañar que formase parte de una importante asociación de anticuarios, por lo que constantemente salía del país; bien fuera para seguir un curso relacionado con el ramo, o para dar alguna conferencia o para comprar un lote importante de muebles. Le gustaban las subastas. Sé que alguna que otra vez estuvo en Christie’s, comprando algo que estuviese a su alcance; un tapete, una mesa, una silla, nada exorbitante, no hubiese podido permitírselo. Me contó que una vez había sido testigo de una cómoda que había pertenecido al Castillo de Versalles y que el gobierno francés había perdido en el último momento, ante una importante puja de un multimillonario gringo. -Ya ves, los revolucionarios habían sacado todo el mobiliario del castillo de Versalles, para venderlo en las caballerizas por unos pocos luises, y ahora el Estado francés los adquiere a precios inimaginables. Quién hubiera creído que la Revolución Francesa terminaría así. Es increíble. Uno vacía los espacios, para volverlos a poblar, como con la vida -agregó-.

Nunca quiso casarse. Consideraba que era perder la libertad que tanto amaba. Le parecía inútil tener que firmar un papel para poder amar. -Pero con César si lo habría hecho -me confesó poco antes de morir-. -Para ustedes, él era algo así como un símbolo sexual que había que tener a como diera lugar; en cambio, para mí, representó el único y verdadero amor que he sentido por un hombre. Cuando Betsabé comenzó a acosarlo por pequeñeces, o cuando repetía que quería ser Matilde Urrutia; yo pensaba que quería ser Betsabé. Me miraba en el espejo y me encontraba demasiado flaca, demasiado blanca. Anhelaba las carnes de las mujeres de los cuadros de Rubens; pensaba que a lo mejor si engordaba un poco y me teñía el pelo de negro, César se fijaría en mí. No lo hice. Sabía que era en vano. A ti te consta el amor y la pasión sin límites que profesaba por Betsabé. Cuando se separaron, me dije: -Saskia, ahora o nunca, ésta es tu oportunidad. Pero, o César se había acostumbrado a verme como una compañera más de la universidad o definitivamente mi olor de feromonas no era lo suficientemente fuerte para él. Así que me resigné a no ser su amante, pero no por eso dejé de ser su amiga. Cuando César se fue del país, en el fondo sabía muy bien que tenía que hacerlo, yo sentí como si me hubieran despedazado y luego le hubieran lanzado los pedazos de mis extremidades a una manada de lobos hambrientos. Tuve que recogerlos uno a uno y luego pegarlos, como si se tratase de un rompecabezas. Nunca más lo he vuelto a ver. Ni siquiera en Europa. Me niego a mí misma la posibilidad de buscarlo, porque en el fondo lo sigo amando. Pero también soy realista, es por eso que después de su viaje decidí que mi vida debía cambiar y que buscar una compañía finalmente no era tan malo. Fue entonces cuando conocí a Luc. Entró un día a La Brocante, buscaba una silla Empire, ya sabes, de la época de Napoleón. Aunque tenía varias, no se decidió por ninguna, me dijo que otro día vendría, que iba a reflexionar. Al día siguiente regresó. Pero tampoco compró nada. Durante un mes vino todos los días a mirar las sillas, al término del cual ya había roto el hielo y cada vez que venía nos tomábamos un café juntos. Hasta que un día me invitó a comer. Comenzó a cortejarme, como deben haberlo hecho los hombres en el siglo XIX. Todos los días me escribía una carta, llegaba con un ramo de flores o un perfume, me invitaba a los mejores restaurantes y pedía los mejores vinos. Poco a poco fue entrando en mi vida, como los tímidos rayos del sol en una mañana de invierno. El invierno era yo, por supuesto. Su insistencia trocó el invierno en primavera; entonces supo que yo estaba preparada para recibir los rayos del sol, sin que me hiciesen daño. Programó un viaje a Francia y una vez allí, me llevó al bosque de Brocéliande. Fue allí que nos casamos, sin testigos, sin curas, sin alcaldes ni notarios. Nos casamos bajo la tutela de un roble más que milenario, emulando un rito druídico; al menos así nos pareció a nosotros. Estoy segura que el mago Merlín asistió recostado en algún roble vecino al ritual y que con su vara mágica y su sonrisa bonachona, nos deseó la mejor de las venturas. A lo mejor por allí habían pasado la reina Ginebra y Lancelot, el caballero fiel, en esa loca, fugaz y vana carrera de amor y pasión que emprendieron cuando huyeron de la corte del Rey Arturo. Luego hicimos el amor. Supongo que Merlín nos dio la espalda y que se alejó discretamente, con un ligero rictus de complicidad en la boca. Gracias a Luc he conocido una ternura que antes no había imaginado. Ese día me pregunté: ¿Cómo no amar a un hombre así? Horas más tarde le escribí un poema, quiero que lo leas y que lo conserves, será mi manera de estar siempre contigo. Por otra parte yo sé muy bien que tú eres nuestra memoria. Toma y léelo en voz alta, necesito escucharlo una vez más.

Mis manos y mi voz estaban temblorosas, era la mayor prueba de amistad que me hubiesen hecho en la vida. Así que desdoblé la hoja de papel y lo leí con una gran emoción, como cuando leo algo que me llega a lo más profundo de mi ser, decía así:

Tiempo de renacuajos

 

y vendrá el tiempo de los trigales,

de los renacuajos,

de la florescencia.

 

Juntos recorreremos

las montañas,

atravesaremos

los ríos.

 

Nos bañaremos

en aguaceros milenarios,

apocalípticos.

 

Luego descenderemos

a las explanadas

iluminados por el arco iris.

Fue la primera y última vez que escuché a Saskia hablar de su vida privada. A lo mejor porque ya sabía que se iba a morir y no quería que su historia quedara en el olvido. Hacía poco le habían detectado un cáncer de las vías digestivas; cuando lo hicieron, ya había hecho metástasis. No había nada que hacer. Hace cuatro meses se fue como había vivido, en silencio, sin hacer ruido. Me pregunto si en el fondo rechazaba la idea de encontrarse hoy con César. Al entierro asistimos Eva, Teodora, Miranda, Laura, la empleada de Saskia, Luc y yo. Nadie más. Saskia era una solitaria de tiempo completo y sin familia directa. Había sido hija única y los pocos primos que tenía estaban, o bien desperdigados por el mundo,-en esa diáspora colombiana que ha sido la migración forzosa en los últimos diez años- o los que vivían en Bogotá no tenían ningún contacto con ella. Pero aunque el cortejo era minúsculo, estoy segura que esa era la despedida que ella deseaba. Sin lágrimas, sin gritos, pero con una pena profunda por la amiga que perdíamos. A Luc se le notaba la aflicción; no obstante me dijo que prefería que Saskia se hubiese muerto; de esa forma, ella no tenía que seguir soportando los dolores que antecedieron a su muerte. Antes que la cremaran le leyó su última carta de amor. Esa no la transcribo porque sería violar su intimidad. De todas formas sé que ella estará hoy con nosotros, mirándonos con sus ojos verde mar. Vamos a extrañarla.

 

Berta Lucía Estrada

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Acerca de esta publicación:El relato “Saskia” representa el séptimo capítulo de la obra “Féminas o el dulce aroma de las feromonas” de la escritora y columnista Berta Lucía Estrada.

Fractales
Berta Lucía Estrada

Berta Lucía Estrada Estrada (Manizales). Estudios: Literatura en la Pontificia Universidad Javeriana, una Maestría y un Diploma de Estudios Profundos (DEA) en literatura, en la Universidad de la Sorbona (París- Francia), una Especialización en Docencia Universitaria en la Universidad de Caldas, un Diplomado en Historia y Crítica del arte del Siglo XX y un Diplomado en Cultura Latinoamericana. Soy librepensadora, feminista, atea y defensora de la otredad. He publicado nueve libros, entre ellos La ruta del espejo, poesía, Editions du Cygne (Francia-2012), en edición bilingüe, Náufraga Perpetua, ensayo poético, Ediciones Embalaje-Museo Rayo, 2012, ¡Cuidado! Escritoras a la vista..., ensayo literario sobre la mal llamada literatura de género; y el ensayo sobre literatura infantil y juvenil ... de ninfas, hadas, gnomos y otros seres fantásticos. Docente universitaria en las áreas de lengua francesa, literatura hispanoamericana y francófona en la Universidad de Caldas; conferencista internacional y profesora invitada en universidades de Brasil y Panamá. He dado recitales de poesía en Colombia, Brasil, Francia, Panamá, Polonia y Alemania. Soy integrante de Ia Asociación Canadiense de Hispanistas y del Registro Creativo, éste último fundado por la poeta argentino-canadiense Nela Río.

Premios literarios:

Primer Premio Nacional de Poesía 2011 Meira del Mar, realizado por el Encuentro de Mujeres Poetas de Antioquia, con el libro "Endechas del Último Funámbulo", basado en la vida y obra de Malcolm Lowry.
Premio Especial, fuera de concurso, Ediciones Embalaje del Museo Rayo-2010, con el ensayo poético "Náufraga Perpetua".
2o puesto en el Concurso Nacional de Poesía Carlos Héctor Trejos Reyes-2011.
4o lugar en el XXVII Concurso Nacional de Poesía Ediciones Embalaje-Museo Rayo 2011.

Blog El Hilo de Ariadna, en www.elespectador.com
http://blogs.elespectador.com/elhilodeariadna/
Blog personal: Voces del Silencio:
http://beluesfeminas.blogspot.com
*Correo electrónico: bertalucia@gmail.com

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