Sábado, 21 de oct de 2017
Valledupar, Colombia.

Río Guatapuri

Nadie avizora la edad ni las circunstancias en que puede ser víctima de un fatal accidente; pero esto no  exime de actuar con sensatez y  prevención para  evitar eventuales situaciones de riesgos.  El río, el mar y la selva son lugares para la contemplación,  pero para el disfrute  de sus encantos debemos  proceder con respeto, y no precipitarnos a desafiar sus misterios.    

El río, belleza liquida de la naturaleza, hay que protegerlo y respetarlo.  El río Guatapurí, paisaje refrescante en mansedumbre, catarsis del cuerpo y del espíritu,  ritual de magia y de leyenda, musa de cantores,  venerado por todos los vallenatos; pero cambia de apariencia en invierno, justo cuando el cielo derrama sus aguas y las lagunas de la Nevada vierten el perfume derretido de granizos; su creciente cruje y los árboles de las riberas se estremecen de  miedo; arriba del puente, el sitio más profundo del río,  hay  remolinos que sorprenden a  incautos bañistas que no saben nadar o  a los intrépidos que se lanzan desafiando la creciente y pueden terminar atrapados por estas fuerzas desenfrenadas.   

El Guatapurí es encantador, afirma el experto nadador Carlos Martínez Pérez,  pero nadie debe desafiarlo porque su tranquilidad a veces es traicionera. Dios sabe perdonar, pero la naturaleza es indómita, no atiende suplicas ni  ruegos, y de manera inesperada desata  fuerzas que mutan en terremotos, vendavales o tsunamis.   Un río en invierno es una fiera indomable, y  hay  que ser prudente.

Decían  viejos pescadores: “Nuestro río está encantado, de noche fluye en sus aguas la melodía de la sirena”. Hoy,  como testimonio de la leyenda, se observa  en el balneario Hurtado el monumento a la sirena; pero en la mitad del río, arriba del puente, hay  una gigante roca donde, se dice, reposaba la sirena, y muy cerca un túnel de  agua conduce a una cueva adonde son arrastrados los que atrapa el remolino.

Según la mitología de los indígenas arhuacos,  la zona del puente hacia arriba es sitio de  pagamentos, que ellos siempre han reclamado. Por fuerza de tradición, es un ámbito sagrado que se les debería reconocer a los indígenas, nuestros hermanos mayores, para que sigan haciendo sus rituales. Y nosotros,  los hermanitos menores, disfrutemos del puente hacia abajo.

Esta sugerencia pedagógica debería refrendarse  con normas legales que establezcan límites de prohibición a los bañistas, con las respectivas señalizaciones visibles, que incluya, por ejemplo, no tirarse del puente. Los padres de familia, los colegios y las autoridades a  través de campañas en los medios de comunicación,  podrían inculcar  en los jóvenes  la responsabilidad y la sensatez, a fin de  que su fogosidad e  intemperancia no sean siempre la  luz verde que los induce a actuar sin prevención, desafiando  el peligro. La vida es sagrada,  y hay que respetar las leyes de la madre naturaleza (Yuluka, dicen los indígenas Koguis).  

 

José Atuesta Mindiola

El tinajero
José Atuesta Mindiola

José Atuesta Mindiola (Mariangola, Cesar). Poeta y profesor de biología. Ganó en el año 2003 el Premio Nacional Casa de Poesía Silva y es autor de libros como “Dulce arena del musengue” (1991), “Estación de los cuerpos” (1996), “Décimas Vallenatas” (2006), “La décima es como el río” (2008) y “Sonetos Vallenatos” (2011).

Su columna “El Tinajero” aborda los capítulos más variados de la actualidad y la cultura del Cesar.

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